AMLO: el gran prestidigitador
El lopezobradorismo no venció a la pobreza. la administró estadísticamente, la negó en el discurso y la convirtió en propaganda, mientras permanece intacta en la vida cotidiana.
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEn ocasiones, uno quisiera creer en las afirmaciones del gobierno, tan rotundas y seguras de sí mismas, incluso, cuando abiertamente contradicen a la realidad. No por ingenuidad, sino por el elemental deseo de que el poder no se haya disociado por completo de la experiencia común. Pero cuando las declaraciones son abiertos desafíos a la inteligencia y a un mínimo de decencia pública, creer sin cuestionar deja de ser un acto de buena fe o generosidad y pasa a ser, un acto de envilecimiento voluntario.
Desde el inicio del sexenio de López Obrador quedó claro que la prestidigitación sustituiría a la teoría política como método de gobierno. El truco reemplazó al diagnóstico; la ilusión, a la realidad. Es lo que hemos visto desplegarse a lo largo de los años de la Cuarta Transformación: un ejercicio sistemático de distracción donde la narrativa importa más que los hechos y la repetición más que la verdad.
Y no, no me refiero aquí a la retórica hueca de las mañaneras, ni a la supuesta “transformación de la vida pública” —desmentida por la persistencia de rancios e incorregibles cuadros del régimen que se decía combatir—. Me refiero a una afirmación mucho más grave y ominosa: que durante el sexenio de López Obrador México habría “sacado” a 13 millones de personas de la pobreza.
De todos los trucos del lopezobradorismo, éste es quizá el más insidioso. No porque las cifras sobre los homicidios sean más confiables, por ejemplo, sino porque el supuesto logro, al descansar en un artificio estadístico más que en una transformación social verificable, releva al Estado de su responsabilidad moral frente a millones de mexicanos que palpitan la pobreza.
El conejo dentro del sombrero es una forma específica de medir, clasificar y administrar la vida social mediante indicadores, umbrales y métricas que reducen la complejidad humana a cifras políticamente útiles. Bajo esta lógica, lo decisivo no es mejorar las condiciones materiales de existencia, sino redefinir los criterios con los que se las evalúa. La pobreza deja de ser una experiencia vivida para convertirse en una categoría administrativa flexible, moldeable según las necesidades del poder.
Es aquí donde se inserta el truco mayor. Con los mismos datos oficiales que se utilizan para celebrar la salida de 13 millones de personas de la pobreza, se observa un deterioro evidente de las condiciones de vida. Durante el sexenio, la población con carencia de acceso a servicios de salud aumentó en más de 24 millones de personas para llegar a 40 millones; la población vulnerable por carencias sociales creció en alrededor de 9 millones; y el número de personas con tres o más carencias simultáneas también se incrementó. Lejos de disminuir, las carencias promedio aumentaron tanto en la pobreza moderada como en la extrema.
¿Cómo se explica entonces el milagro del “humanismo mexicano”? No eliminando la pobreza, sino reclasificándola. Las carencias no desaparecen; se redistribuyen estadísticamente. Así, una persona puede dejar de ser pobre en el papel mientras pierde acceso a salud, educación, vivienda digna o seguridad social.
No hace muchos días la presidenta Sheinbaum recurrió a los datos del Banco Mundial para sostener que durante el sexenio de López Obrador hubo una reducción de la pobreza. Sí, el Banco Mundial: la misma institución que, junto con el Fondo Monetario Internacional, diseñó durante décadas las políticas neoliberales contra las que la izquierda mexicana arremetió con vehemencia.
Desde las páginas de La Jornada, medio afín a la izquierda, economistas como Julio Boltvinik impulsaron durante años la crítica a la pobreza medida sólo por ingreso y defendieron la necesidad de una medición multidimensional. De ese debate surgió el CONEVAL, concebido como una alternativa más honesta frente a indicadores que ya entonces se denunciaban como insuficientes y engañosos.
Los datos duros están ahí y no provienen del Banco Mundial. En México, alrededor del 55% de la población ocupada trabaja en la informalidad. Ese 55% genera apenas el 25% del PIB, mientras que el 45% del empleo formal produce el 75%. Ésa es la verdadera radiografía del país: uno donde más de la mitad de los trabajadores vive sin seguridad social, sin pensión y sin protección ante una enfermedad o una crisis económica.
Por eso resulta, cuando menos, discutible hablar de una expansión histórica de la clase media. La clase media no se define sólo por ingreso, sino por estabilidad laboral, patrones de consumo, acceso a crédito, capacidad de ahorro y un determinado estilo de vida. Y esta “nueva clase media” de la Cuarta Transformación —tan celebrada en el discurso— vive al día, resiste y se ajusta permanentemente, con la incertidumbre como única y fiel compañera y el temor constante de que cualquier imprevisto —un accidente vial o una enfermedad— la devuelva a la pobreza.
Ahí está el truco final: Mientras se celebra que millones “salieron de la pobreza”, se oculta que el país sigue atrapado en una estructura económica informal, desigual y sin motores reales de crecimiento. La Cuarta Transformación confundió bienestar con estancamiento y prosperidad con codicia.
Nota metodológica. Las cifras citadas provienen de la medición oficial de pobreza multidimensional del INEGI (ENIGH 2016–2024). La reducción del número de personas en pobreza obedece en buena medida a reclasificaciones estadísticas y variaciones en el ingreso, mientras que los mismos datos muestran un aumento en carencias sociales, particularmente en acceso a servicios de salud y vulnerabilidad.