¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
¡Dibujas tu impreciso perfil en la tarde airosa!... con precisión; desconozco tu camino, solo se que vienes de los mares, que haya en las profundidades y lejos de la costa alzaste tus vapores que sumados en las aglutinaciones “algodonosas” -a veces blancas, a veces grises y muchas veces oscuras-, abandonaste las sales de los mares y limpia pura te elevaste.
Los vientos que llegan de lejanos océanos, te trajeron por las playas, los montes, los valles, los ríos y las montañas. Hasta llegar a lo mas alto de los macizos continentales, en donde presumes galanura, frondosidad. En la parte de tu algodonoso cuerpo, el sol de la mañana del medio día y de la tarde te broncea y te tatema y entonces resulta que en el momento preciso te deslizas en torrentes o despacio hacia la madre tierra en donde riegas a las cumbres, y garantizas que en sus caminos subterráneos, surtan a manantiales, ríos y valles del agua que es la vida en el planeta.
Eres la nube que en los inclementes días del verano ardiente nos regala el bienestar de su sombra -oasis de recuperación para el caminante y el sediento— tu presencia garantiza en los campos y los cultivos, los sembradíos y los bosques la humedad indispensable para que el de verde vista. ¡Increíble!... cuántas tonalidades de verde existen, oscuros y claros, brillantes y tenues. Infinitos, tantos que la paleta de colores del pintor más extraordinario, no ha podido capturarlos; de la naturaleza, toma su inspiración quienes le copian y dibujan.
Las caprichosas formas de los cielos y de sus nubes “embarazadas de agua”, intentan dibujantes y pintores, calcar lo que no pueden porque los cielos nubosos son tan diversos, y cambian con tanta celeridad, que en tanto los fotografían, estos ya mudaron sus formas y colores. Las nubes llevan y traen, empujadas por el viento, la existencia que el planeta necesita y que a nuestro México generoso y diverso, le acarrea tantas bondades.
No importa cuántas veces lo han saqueado en sus riquezas naturales siempre seguirán produciendo -mientras la vida regalada por las generosas nubes exista- sus mares y sus campos de cultivo, sus frutas tropicales y sus maizales enormes de Nativitas, Tetlatlahuaca, Zacatelco, Teolocholco, Calpulalpan, Huamantla y Altzayanca. Y demás campos agrícolas donde por estas fechas ya levanta el sembradío, ya promete la cosecha; ya esperamos los elotes, los cuitlacoches y tenemos como cierta la presencia de las florecitas calabaceras.
Bien poco levantamos la mirada al horizonte que se cuaja de nubes. En las ciudades nos quejamos de las tardes interminables con su lluvia, de las calles y de sus casas inundadas, pero poco reflexionamos acerca de que esa es la vida nuestra, y acerca de que si el clima se ha transformado en extremoso, es culpa de nosotros.
Se dice que urbanizamos cuando ponemos plazas de cemento sobre la tierra. Se dice que dejamos de ser campesinos cuando hemos entregado a la incultura a tantos campos y terrenos. Se dice que no queremos ser campesinos y en cambio pululamos por las ciudades, limpiando parabrisas, apoderándonos de los ajeno o viviendo a expensas de los extraños.
Nuestros ríos y barrancas, vertederos de mugres y de desperdicios. Pero qué hermoso es observar que entre Zacatelco y Nativitas las barranquillas están limpias y no es la mugre si no el verde que campea. Porque tenemos de todo. Quienes somos consientes de la riqueza que es el campo y quienes comemos de él, pero parásitos somos de lo ajeno, pero los ríos se forman gota a gota de lo que la nube escurre, de lo que las algodonosas altitudes lloran, de lo que moja y humedece pero llena la garantiza la existencia.
México tiene lo que muchos europeos no, los mares y las costas, los esteros y manglares lagunas y ríos. Hay lugares como Chiapas o la Chontalpa, Tabasco, que se ahogan en agua. Nos falta mantenerla limpia. La cultura de la pureza. Algún día en el pasado cercano se dijo que las enfermedades intestinales se debían a la insalubridad del agua y presto el capitalista se convirtió en embotellador para vender lo que es nuestro. Para enriquecerse con la necesidad humana. Para lucrar con lo necesario y lo indispensable. Las nubes son el milagro de la naturaleza que nos trae el agua. Ahora por estos días nos toca vivir encerrados entre los grises claros y los no tanto.