Dice la narrativa bíblica que el primer ser humano fue moldeado del barro y que un soplo divino le dio vida y conciencia, y que gracias eso, desde entonces, deambula por las veredas de la creación.
Desde siempre, una de las más grandes hazañas culturales es el aprovechamiento del barro cocido, para cocinar. Ese material, de la tierra, nos da habitación. Porque aglutinado en bloque -adobes-, cocido o secados al sol se usa para construir las casas.
De la tierra provenimos, ella nos abriga y nos consciente, nos da estancia y hábitat, y dispone para nosotros -también- la última morada.
“Terramicina” llamaron los alemanes al medicamento extraído de la tierra, de cualidades descubiertas a partir de que era capaz de sanear los contagios y enfermedades habidos y por haber.
Han sido millones de años en que los esfuerzos inventivos del hombre han producido a partir de la tierra. Pero la imaginación se desborda en resultados cuando se trata de crear con barro.
Tlaxcala -tierra del pan de maíz- que, sobre comales de barro encalados, ha cocido sus alimentos y es ahí donde logra las “verdaderas tortillas” que merecen ese nombre, y que son una delicia nada más con sal de grano y salsa molcajeteada, esa es la mejor muestra. Un té de yerbabuena o un café de olla -con canela y anís- no saben igual en taza de peltre que en un jarrito goloso y panzoncito.
Así es que de cazuelas, ollas y comales se distingue la alfarería de nuestra tierra. Tenexyecac hace maravillas con el barro, desde hace mucho tiempo sus gentes son alfareras. Ellos alcanzan con la tierra todo.
Medicamentos les da las plantas, el agua de sus ríos, los alimentos de los cultivos y los minerales de su entraña. Pero lo máximo del barro son los trastes de cocina -la gente de La Trinidad los elabora de todo tipo-, con ellos, nuestras amas de casa logran la sazón y el sabor característico de un mole de olla, por ejemplo.
Para las ferias tradicionales, si el mole es de metate y luego se guisa en cazuelas de barro, meneado con enormes cucharas de palo de madera y el fuego de leña, que durante horas acaricia la baja curva de los “lebrillos”, eso es garantía de que será un banquete y más, si lo saboreamos con tamalitos de masa de manteca y sal -¿de ombligo y con ayocotes?.
Las culturas prehispánicas guisaban en trastes de barro, pero también moldeaban figuras, deidades e ídolos, que ahora exhibimos en los museos. Esta es la tierra nuestra que nos obsequia todo y que, por desgracia, ya convertimos en mercancía.
Para el alfarero de Tenexyecac sucede lo que con muchos artesanos producen a un costo eso que llamamos “lebrillo” y que es una enorme cazuela, gruesa, resistente y hermosa, donde los ingredientes del mole nadan, junto a los guajolotes y pollos, para cien invitados o más.
Esas cazuelas, el productor las vende en 600 pesos y el intermediario las traslada a mercados distantes y revende en mil 500. Son los comerciantes, quienes se llevan la “tarascada del tiburón”. Por fortuna, también existen entidades como la Escuela Nacional de Cerámica, que apoya a los productores con diseños y les diseña y construye enormes hornos especializados de uso colectivo, para que incrementen su producción y reduzcan riesgos de exposición al plomo.
Esos son los artífices del moldeado, el horneado y el barnizado, y vaya que sí son maestros en el arte porque saben triturar y mezclar materiales para alcanzar consistencias; saben hornear y ahora en colectivo deciden donde se construyen esos hornos.
Son nuestros paisanos, expertos en la alfarería del barro que moldean y secan antes de hornear, ellos conocen los tipos de barro y por eso afirman que, la tierra de hoy ya no es como antes, que esta tierra ya se va cansando como nosotros y que ya no tiene la misma fuerza.
En una primera horneada le aplican la pintura de plomo, con la que logran los tonos obscuros -que parece mole poblano que escurre por las paredes-, y en la segunda horneada, logran el grado máximo de la “quema”.
No debe pasar de una temperatura exacta, ni atizarle leña en exceso porque la pieza se vuelve quebradiza. Estos tlaxcaltecas saben su oficio, ellos igual que nosotros sabemos que fuimos moldeados a imagen y semejanza de nuestra tierra morena -mezcla de erupciones volcánicas y materiales celestes-, producto de los siglos y de las tempestades, que tiene el color de nuestra piel -o nosotros el de ella.
Esta tradición no morirá porque por ella somos lo que comemos, así como somos lo que pisamos. Porque del barro obtenemos el sustento y bienestar, y con él nuestras mujeres cocinan manjares… ¿Una quesadilla de huitlacoche, con sus rajas de chile loco, epazote y sus granitos tiernos de elote, sabe igual en comal metálico que en uno de barro?, ¿usted qué opina?... ¡Verdad que no! Usted es de los nuestros. ¿O tu qué opinas Alex?