Septiembre es el mes de la Biblia por muchas razones, una de ellas es que el mes se corona con la celebración del doctor de la Iglesia san Jerónimo, quien dedicó su vida al servicio a la Palabra y a la traducción de la misma. Por supuesto que se trata de un mes de fiesta en el que se insiste en la centralidad de la Palabra de Dios, ella es el alma de la teología y de toda actividad cristiana, ella es la fuente de la que emanan las acciones pastorales. Sin ella iluminándolo todo, se está fuera de la jugada.
Fundamentalmente este septiembre, tiene un sabor especial, pues se encuentra en un doble marco, por un lado, el año de la esperanza, por el jubileo 2025. Y por el otro, en el año de la catequesis y la evangelización. Un entorno perfecto que sirve para la madurez en la vida de fe de todos. La Palabra de Dios escrita en donde encontramos una pauta para el camino, la luz que ilumina nuestros pasos por la vida. Ella nos ayuda para que podamos alcanzar la altura a la que estamos llamados y para conseguir la felicidad y realización en la vocación a la santidad a la que todos estamos llamados.
En este mes de la Biblia se recuerda la importancia que tiene la Palabra de Dios, la única que es una espada de dos filos y que siempre inquieta y transforma. Cada vez que cae su semilla en el campo de la vida, no regresa a Él sin dejar una huella en cada uno. Viene y nos denuncia, nos refresca, nos motiva, nos hace fecundos y fértiles, nos permite confrontarnos con los valores del Reino.
Lo propio del discípulo es que escucha a su maestro, y el Maestro es el Señor. El único maestro que habla con autoridad, el único que tiene palabras que dan la Vida. El discípulo es el que siempre elige la mejor parte, el que elige estar a los pies del Señor escuchándole y aprendiendo de Él. Por esta razón, no puede haber un auténtico discipulado que no haga la experiencia de vivir de la Palabra de Dios. Pues esta Palabra ilumina todos los acontecimientos de la vida y, a partir de ella es posible dar una respuesta de fe. Ese es el asunto que está de fondo, permitirle que nos ilumine en lo concreto y vital de cada día.
A nivel nacional hay muchas propuestas centradas en las grandes figuras de la historia de la salvación, que han hecho la experiencia de saber que la esperanza no defrauda. Y a nivel diocesano la hermosa propuesta de “repara tu corazón”. Elementos sublimes que permiten a todos ser mejores discípulos misioneros de Jesucristo.