Se llama Basílica de Letrán porque en esos terrenos estaba el antiguo palacio de los Laterani. Era la residencia de Fausta, la segunda esposa de Constantino, quien el 2 de julio del año 312, la entregó al papa san Melquiades. Después de su victoria en el puente Milvio. Según los datos de la historia, con esa entrega san Melquiades puso ahí su residencia y un templo. Con el pasar del tiempo, el papa Silvestre la dedicó al Salvador. Una fiesta del Señor, razón por la que “predomina en domingo”. De tal modo que este imponente sitio goza de varios nombres: la “Basílica de Letrán”, “la catedral del Papa”, “la Basílica del Salvador” y “la Basílica de san Juan de Letrán”, todos los nombres hacen referencia al mismo sitio.
Fue un siglo después cuando el papa Hilario, dedicó su bellísimo bautisterio a Juan el Bautista. Por eso, la Basílica del Salvador, también se conoce como san Juan de Letrán. Se trata de la primera de las Basílicas romanas, su primacía estriba en ser la Catedral del Papa, y por ser tal, se le considera “la madre de todas las iglesias de la Urbe (Roma), y del orbe (mundo). Tiene, por tanto, una maternidad universal. Por eso es que la celebración de su dedicación alcanza a toda la Iglesia en su extensión.
Proponerla como una celebración universal (para toda la Iglesia), tiene varios sentidos, por un lado, señalar que el culto a Dios se hace en el Señor, desde el Salvador. Por otro, ofrecer un sitio visible en que se observe la comunión de todas las Iglesias, y que esta comunión que nace de Jesús, se realiza a través del vicario de Cristo, el Papa, quien sirve a todos guiando a la Iglesia. Es un signo evidente de comunión de toda la Iglesia celebrar su Dedicación, es, a su vez, una ocasión para encomendar la labor y el magisterio del Papa, pues su servicio delicado impacta en toda la comunidad eclesial.
Es una fiesta que tiene varias consecuencias para la vida práctica de los cristianos, por un lado, el llamado a la comunión como bautizados, bajo el pastoreo del Papa, por otro, el compromiso por purificar el culto de todo lo que lo daña y comercializa. Y, también, reconocer que la Palabra de Jesús a Pedro sigue vigente y actual, ningún poder del infierno puede prevalecer sobre la Iglesia. Jesús siempre fue perseguido, sus seguidores lo fueron y el estado natural de la Iglesia es sufrir la persecución por el anuncio del mensaje de salvación.