Escribió el analista historiador Mario Gill, lo siguiente: “ No faltan por supuesto los que creen que lo mejor que pudiera ocurrirle a México sería el ser conquistado por los EE.UU. Entonces, argumentan, habría orden, prosperidad, bienestar para todos. México podría disfrutar entonces de un alto nivel de vida. Nuestra riqueza potencial que muchos siguen considerando extraordinaria, explotada con los recursos económicos y la técnica de nuestros vecinos, transformaría a México en un paraíso. México sería otro. Y en esto tienen razón quienes tal piensan. México sería otro porque ya no sería México”. En efecto, existen suficientes estudios sobre las relaciones entre México y los EE.UU. Y desde antes de la patriótica lucha por la independencia de nuestra patria, ya existían en el gobierno de la recién creada de las Trece Colonias -la república-, miradas de codicia, negocios y, sobre todo de territorios. En el año de 1804 Napoleón Bonaparte le vendió a la joven república el extenso territorio de La Louisiana, que acercó a los ambiciosos EE.UU al territorio del Imperio Español. Luego, los EE.UU en el año 1819 compraron las dos Floridas. México nació a la vida independiente con la espada de Damocles, que significaba el perverso objetivo anexionista. Cuales viles cuatreros se fueron sobre nuestro territorio tejano. Su superficie era de 689 836 Kilómetros Cuadrados. Muy dados los EE.UU a decirse atacados, nuestra querida patria, también fue víctima de infames calumnias. En 1845 asumió el poder James Knox Polk, quien en su campaña que uno de sus principales propósitos era la anexión de California. Pero para lograr tal objetivo requería la aprobación del Congreso, penetraron a nuestro territorio por el rumbo de Matamoros y provocaron a soldados mexicanos, que abrieron fuego y murió el jefe de la partida invasora. El pretexto para el congreso estaba listo, la invasión de nuestro suelo patrio se inició de inmediato y nos arrebataron más de la mitad de nuestro territorio. A fines del siglo XIX, el acorazado “MAINE” de EE.UU, atracó en el puerto de la Habana, bajaron todos los oficiales y dejaron a bordo a 400 marineros. Misteriosamente en la madrugada el buque explotó y, claro, EE.UU declaró la guerra a España, que derrotada, perdió: Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico y las Islas Filipinas. Continuaremos en próximas colaboraciones.