Gasolina cara, soluciones baratas
La grilla del pájaro
Desconexión.
Responsabilidad.
Antecedentes.
Mensaje.
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEn política, las palabras importan tanto como las decisiones, porque marcan el rumbo del debate público y, sobre todo, evidencian la distancia entre el poder y la realidad. La reciente postura de la Presidenta, Claudia Sheinbaum, al sugerir que si la gasolina premium está cara simplemente se utilice la magna, no solo resulta simplista, sino que refleja una preocupante desconexión con millones de mexicanos que dependen de su vehículo no como lujo, sino como herramienta de trabajo; porque el planteamiento puede sonar lógico en el corto plazo, ahorrar algunos pesos hoy, pero omite deliberadamente un factor clave, el costo a largo plazo, ya que no todos los motores están diseñados para operar con combustibles de menor octanaje, y forzarlos puede derivar en fallas mecánicas que, irónicamente, terminan siendo mucho más caras que el supuesto ahorro inicial; pero más allá del aspecto técnico, lo verdaderamente alarmante es el mensaje político en este tipo de declaraciones.
El primer problema de este tipo de discursos es la evidente desconexión con la realidad cotidiana, para quien toma decisiones desde Palacio Nacional, cambiar de gasolina puede parecer un ajuste menor, casi trivial, sin embargo, para el ciudadano promedio representa un dilema económico y funcional, pues muchos vehículos, casi desde los modelos 2000 a la fecha requieren gasolina premium para operar de manera óptima. El segundo punto tiene que ver con el costo real de las decisiones mal informadas, ahorrar algunos pesos por litro puede parecer una “estrategia” viable en el corto plazo, pero el desgaste prematuro del motor, la pérdida de eficiencia y las posibles reparaciones elevan considerablemente el gasto a mediano y largo plazo. Es una lógica básica de economía doméstica, lo barato sale caro.
Aquí es donde entra el fondo del asunto, la responsabilidad política, ya que gobernar no es sugerir soluciones improvisadas, sino diseñar estrategias que amortigüen los efectos de factores externos; es cierto, el precio de los combustibles no depende exclusivamente del Gobierno de México, pero sí existen mecanismos fiscales, regulatorios y de política pública que pueden aplicarse para reducir su impacto. El problema es que optar por recomendaciones simplistas evita entrar en ese terreno más complejo, donde se requieren decisiones técnicas, coordinación institucional y, sobre todo, voluntad política, además decirle a la gente que cambie de gasolina es más fácil que explicar por qué no se están implementando otras medidas que solucionen el fondo el problema, no solo de forma.
Este tipo de posturas no son nuevas, y es aquí donde cabe recordar que durante la administración de Andrés Manuel López Obrador, en momentos críticos de violencia, se llegó a sugerir a la población que simplemente no saliera de sus casas; una recomendación que, al igual que la actual, trasladaba la responsabilidad del problema a los ciudadanos, y hoy vemos una narrativa similar, ante el encarecimiento de la gasolina, la solución no es atacar las causas o mitigar los efectos, sino ajustar el comportamiento de la gente. Es una lógica que raya en la irresponsabilidad, porque normaliza la idea de que los problemas estructurales deben ser resueltos por quienes los padecen, no por quienes tienen la obligación de atenderlos.
Al final, lo más preocupante no es la recomendación en sí, sino el mensaje que envía, cuando desde el poder se minimizan las consecuencias de decisiones técnicas o económicas, se debilita la confianza en las instituciones, porque el ciudadano espera respuestas serias, no consejos que ignoran la complejidad del problema. La política no puede reducirse a soluciones fáciles para problemas difíciles, mucho menos cuando esas soluciones terminan afectando a quienes se supone deben proteger; gobernar implica asumir costos, no evitarlos; implica dar respuestas, no trasladar responsabilidades, y en ese sentido, decirle a la gente que use gasolina magna no solo es una mala recomendación, es un síntoma de una visión de gobierno que prefiere la comodidad del discurso antes que la responsabilidad de la acción.