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Culturadomingo, 29 de marzo de 2026

La exhumación de Laura

Tras recibir mensajes de su esposo fallecido una viuda descubre su propio cadáver en el cementerio y queda atrapada en un bucle de horror que reinicia su oscuro destino

Alberto Serrato

La ubicación de Laura

La luna resplandecía a través de su ventana. Los sueños para ella en ese momento eran una realidad donde el vuelo humano y los unicornios eran posibles en un mundo de color neón. El teléfono sonó a las 2:13 de la madrugada.

Por un momento pensó dejarlo sonar y volcarse al mundo donde tenía ocho patas en vez de dos piernas, pero algo en la insistencia de la llamada la inquietó y se vio obligada a contestar.

Contestó con la voz espesa y llena de flema.

—¿Bueno?

Al otro lado no hubo saludo. Solo fue una respiración ruidosa. Después, prosiguió una voz masculina, quebrada, lejana, deformada por la mala señal de la comunicación y un encierro sofocado como el del interior de un ataúd.

—No abras.

Laura se incorporó de golpe como si hubiese recordado que era el día de un examen final en sus tiempos de estudiante.

—¿Quién habla?

La única respuesta fue un crujido; luego, un golpe sordo como el de tierra cayendo sobre madera. Después la voz masculina volvió a escupir palabras arrastradas…

—Morirás por culpa de una pala en la cabeza.

11 segundos que parecieron eternos.

Durante más de una hora no pudo conciliar el sueño y, cuando estaba a punto de caer rendida sobre su almohada, llegó el primer mensaje de WhatsApp.

NO ME VAYAS A SACAR, AQUÍ ME ENCUENTRO MÁS SEGURO.

Laura sintió un frío seco detrás de la nuca. En el mensaje no había foto de perfil, tampoco un autor del extraño texto, pero cada letra le recordaba la esencia de alguien muy cercano a ella.

Respondió con dedos temblorosos:

¿Quién eres?

El doble visto apareció de inmediato. Luego, durante casi un minuto, el aviso de “escribiendo...” se encendió y apagó varias veces. Finalmente, entró otro mensaje.

YA ES TARDE PARA HABLAR… DESCANSA AMOR.

Laura apagó el celular y lo arrojó sobre la cama, tratando de anular toda lógica errónea que confundiera su cerebro.

Cuando despertó, trató de convencerse de que todo había sido una broma de mal gusto potenciada por el duelo que aún no terminaba de digerir.

Al anochecer bloqueó el número bromista. Aun así, a las 2:13 volvió a sonar. Esta vez no era llamada. Era videollamada del mismo número.

Laura dejó caer el teléfono y sintió que se quedaba sin aire. Aquella noche soñó con Héctor.

—No dejes que abran.

Esa misma noche recibió otro mensaje.

LAS PESADILLAS SON MOMENTOS QUE AÚN NO ENTIENDES… NO ME VAYAS A SACAR O LA PALA TE VAN A ESTRELLAR.

Laura dejó de conciliar el sueño y comenzó a deteriorarse.

Cada noche llegaba algo al centro de notificaciones. A veces una llamada con tierra cayendo. A veces una nota de voz donde alguien respiraba con dificultad y esa noche llegó algo distinto:

Era una ubicación compartida en tiempo real.

Pasó la noche casi en un estado de locura y al amanecer fue a la administración del cementerio.

—¿Por qué quiere desenterrarlo? —preguntó el funcionario, fastidiado, ya pasado el medio año de su muerte.

—Porque mi esposo me está hablando desde ahí abajo —dijo, y se escuchó loca incluso a sí misma—. Estoy segura de algo… está vivo.

La exhumación se programó una semana después y las advertencias al teléfono empeoraron.

La primera noche, un mensaje:

SI ABRES, LO DE LA PALA PASARÁ.

La segunda, una nota de voz. Ya no era la voz deformada. Era la voz de Héctor. Clarísima. Agotada. Como si hablara con la boca llena de sangre o tierra.

—Laura... no lo hagas... por favor... no lo abras...

Ella lloró al escuchar el audio. Lloró con rabia, con alivio, con culpa. Lloró porque no podía ser él y, sin embargo, no podía ser otra persona.

La tercera noche llegó una foto de su propia cama tomada desde la esquina del cuarto.

La imagen era reciente. Ella aparecía dormida, de perfil, abrazando una almohada. El texto debajo decía:

NO NECESITAS IR POR MÍ, AQUÍ ESTOY CONTIGO…

Salió corriendo de la casa, sin chamarra, sin cerrar bien la puerta, y pasó el resto de la madrugada en un hotel barato del centro. No pegó el ojo porque sintió que ahora Héctor era un demonio que la perseguía.

Llegó el día de la exhumación.

Asistió al cementerio con dos funcionarios, el administrador, un policía municipal y un sepulturero viejo de mandíbula salida y ojos hundidos, al que todos llamaban don Lupe. Era el encargado de echarle prisa a las exhumaciones.

Don Lupe se quitó la gorra, escupió a un lado y clavó la pala en la tierra húmeda. Al primer golpe, el celular de Laura vibró.

Lo miró:

ÚLTIMA ADVERTENCIA

—Señora, si quiere todavía podemos suspender esto —dijo uno de los funcionarios.

Laura negó y pidió proseguir con la lejana esperanza de ver a Héctor abrir la tumba, sacudirse la tierra, ayudarlo a levantarse e irse juntos mientras los presentes se quedaban atónitamente sorprendidos.

Su mente tuvo un cortocircuito; de pronto no sabía ya si quería encontrar a Héctor, demostrar una profanación o simplemente ponerle un final a aquello. Necesitaba abrir esa herida para saber si esa ubicación y los mensajes eran una realidad.

La caja apareció después de casi una hora de que el viejo sacó toda la tierra.

Don Lupe colocó la pala a un lado y empezó a forzar los seguros. El celular vibró otra vez.

Laura no quería ver, pero vio.

BIENVENIDA A LA CORRUPCIÓN DEL TIEMPO

Se quedó inmóvil. Sintió un entumecimiento subirle desde los talones, como si la sangre hubiera dejado de circular.

—Ábranlo —susurró.

Nadie respondió. Don Lupe levantó la tapa. Lo que había dentro no fue una impresión ni una confusión momentánea. Fue un reconocimiento inmediato, brutal, animal.

Laura se vio a sí misma metida en el ataúd perteneciente a su esposo.

Llevaba la misma blusa que Laura tenía puesta en ese instante.

—No... no... no... —balbuceó.

Volvió a la realidad; estaba de pie junto al ataúd. Don Lupe estaba a su lado. Tenía la pala en las manos. Su expresión no era de rabia ni de locura. Era peor: era la serenidad de alguien que cumple una tarea repetida demasiadas veces.

—¿Qué es esto? —alcanzó a decir Laura, retrocediendo—. ¿Qué me hicieron?

El anciano la miró casi con cariño o lástima.

—No te hicimos nada, hija —murmuró—. Tú no hiciste caso.

El teléfono vibró una última vez. Laura, temblando, bajó la vista.

AHORA HAS QUEDADO ATRAPADA EN LOS ÚLTIMOS DÍAS DE TU VIDA

Levantó la cabeza. Vio venir la pala a su cabeza.

El golpe le partió la conciencia antes que el hueso. Sintió una explosión y luego la certeza horrible de estar cayendo no al suelo, sino al mismo punto desde donde todo había empezado.

El teléfono sonó a las 2:13 de la madrugada. No vibró antes. No anunció nada. Laura abrió los ojos con la sensación de haber caído desde muy alto. La pantalla iluminaba el buró.

Ella contestó.

—¿Bueno?

La voz llegó desde muy lejos, enterrada, podrida, desesperada.

—No abras.

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