No fui a checarme a un doctor, ni tuve intenciones de sentirme mejor y lo único que hice para minimizar dolores, fue dejar de ir al trabajo y fumar hierba todo el tiempo.
No tengo tantas esperanzas de sobrevivir porque estoy seguro de que ese maldito ya me invadió de cáncer, pero si alguien sabe cómo romper esos pactos con el diablo, por favor apiádese de mí y regréseme un poco de vida.
Nacido en Santander, dejó un legado artístico entre España, México y Estados Unidos a través de su pintura que capturaba lo esencial más allá de la apariencia
La filosofía del kintsugi está influenciado principalmente por el budismo zen, cuyo pensamiento se centra en la apreciación de la belleza en las imperfecciones
Desde París hasta el Estadio Azteca, colectivos, artistas y activistas han convertido el arte urbano, las intervenciones simbólicas y los actos públicos en una forma de crítica contra los costos sociales, ambientales y territoriales que dejan los Mundiales
El jueves y viernes Santo forman parte de los días más importantes de la Semana Mayor al conmemorar los últimos momentos de Jesucristo y dando origen a diversas tradiciones
El escritor desmenuza en su nuevo libro las hazañas de los mundiales, los sobornos, los negocios ilícitos y la violencia deportiva, sin dejar de lado el crecimiento del futbol femenil, en el contexto de un mundial marcado por tensiones políticas y sociales
La casa estaba desaseada, olía a amoniaco, tenía en las paredes amuletos de oscuridad / Archivo / El Sol de Durango
Los pactos con el diablo existen y en este relato entenderán por qué. No me caben las palabras para expresar el miedo que siento desde que vi los horrores que me llevan a esa conclusión y es que ese miedo no nace de lo que vi, sino de la cercanía de ese hombre, si es que puedo llamarlo así porque es un monstruo que ahora me arrastra a la muerte.
Este lugar ahora es más frío y desolado. Mi salud es una mierda. De 90 kilos que pesaba ahora apenas llego a 50 y más allá del dolor en mí intestino, el miedo se penetra en las paredes de mi casa, porque no solo me han dañado en vida, sino que están a punto de arrastrarme al infierno. Vivo en la colonia santa fe, me llamo Javier, tengo 45 años y la razón de este relato están a punto de conocerla.
En meses pasados perdí a un gato mestizo de nombre “bigotes”. Lo adopté en Facebook porque ya eran tres años de abrupta soledad después de que el cáncer de garganta se había llevado a mi esposa, fue un duelo muy duro hasta que decidí buscar compañía, aunque fuese animal. El gato apenas llevaba cinco meses conmigo y su desaparición me generó frustración, pues no deseaba estar solo de nuevo y es que perderlo me hizo remontar tres años atrás, cuando la enfermedad se llevó a mi compañera de vida tal como el viento se lleva a las hojas en días de otoño.
Eran días llenos de color, vivíamos como cualquier pareja de recién casados. No había hijos en la familia, pero teníamos un gato, era de la raza “angora” y antes de que ella descubriera bultos en su garganta, el desapareció de forma similar a “Bigotes”. Duramos buscándolo día tras día, durante un mes y fue en vano porque el gato nunca volvió. Quizá por eso, la desaparición de este nuevo gato de nombre “Bigotes”, me generó esas conexiones a recuerdos tristes y embargos de soledad.
Ahora regreso al presente y en estas líneas les confieso que la pérdida de este nuevo gato fue y será el segundo peor hecho de toda mi vida, porque me refrescó la muerte de mi mujer y me llevó a conocer la verdadera razón de su partida y la de mi muerte próxima a consumarse.
Arrebatado por todas las malas sensaciones y la tristeza, salí de casa y busqué en toda la colonia. Toqué casa por casa, imprimí carteles, los coloqué en todas las esquinas, postes de luz, tiendas, negocios, misceláneas y nadie me ayudó. Así pasaron algunas semanas, de calle en calle, deambulando por las noches, buscando al desafortunado animal. La angustia se fue convirtiendo en algo parecido a la aceptación, pues no había rastro alguno del felino, ni de una posible esperanza de compañía ante mi soledad. Fueron días cansados y de completa derrota, seguro el gato estaría muerto, arrollado en algún boulevard, en un nuevo hogar o que sabría yo. Las opciones de búsqueda se acabaron, el gato se fue, igual que mi esposa tres años atrás, junto con aquel hermoso gato de angora y a cambio, llegó un malestar horrible en mi estómago, era punzante, cada vez más frecuente, venía acompañado de fuertes fiebres, vómitos, heces negras y una constante sensación de mareo.
La noche en que descubrí el desalmado pacto, era despejada, no había nube, tampoco bullicio en las calles y el viento no anunciaba el horror que estaba a punto de experimentar. Me encontraba sentado en el patio trasero de la casa, fumaba hierba como un adolescente, veía como el humo blanco salía de mi boca en forma de densos fantasmas que se disipaban al llegar a la barda contigua a la casa del maldito de Don Gregorio. Sin razón, llegó a mi mente la idea absurda de encontrar al “Bigotes”, Si… los gatos trepan, a lo mejor se había bajado a la casa de ese maldito viejo tuerto que ya me había negado haber visto al gato de angora tres años atrás y ahora lo negaba con el “Bigotes”.
El efecto enervante de la droga me hizo trepar por una de las ventanas de la puerta trasera y de un salto quedé parado sobre el cuarto de lavado de mi casa y solo necesitaba caminar unos tres pasos para estar en la azotea de ese anciano ruin. Caminé por la barda, me escondí detrás de un tinaco viejo de asbesto y ahí me quedé unos instantes con el equilibrio a medias. Lo que estaba por ver, es el horror que ahora me tiene atrapado en los caminos hacia la muerte. Bajé hasta el patio del maldito Gregorio, no me interesó que me sorprendiera en su casa, porque de así ser, algún pretexto le inventaría, al fin al cabo teníamos más de doce años siendo vecinos y algo de confianza existía.
La puerta trasera de su casa estaba abierta y entré sin reparo ni precaución. Adentro no había nadie, quizá el hombre estaba de compras o en sus reuniones esotéricas de fin de semana. La casa estaba desaseada, olía a amoniaco, tenía en las paredes amuletos de oscuridad, sobre los muebles y repisas, había demonios, machos cabríos en distintos tamaños y deidades hechas de cerámica, todas en posiciones morbosas y obscenas. En una mesita de madera junto a unas veladoras e inciensos de color negro, había un extraño altar forrado en pelo de algún animal. Lo miré y me acerqué hasta configurar una visión más clara de los elementos y con lágrimas de horror y una debilidad inmensa en mis dedos, ahora puedo relatar el hecho desalmado y sin nombre. En el centro de ese altar estaba una fotografía de mi esposa tomada desde la azotea mientras ella tendía ropa. La fotografía estaba enmarcada dentro de un pentagrama metálico y sobre la punta superior de éste, se alzaba una oreja disecada que no necesité examinar a fondo para saber que se trataba de la oreja de aquel gato de angora que se nos había perdido antes de que ella muriera.
Al lado de la fotografía de mi difunta mujer, estaba una forma craneal ovalada, velluda, disecada y con la boca abierta. Era una forma que no tuvo ninguna semejanza con otra cosa que no fuera la cabeza de mi gato el “Bigotes” y encima de su lengua, había una fotografía mía tomada desde una ventana mientras yo intentaba reparar una bicicleta en la calle. La tomé y al voltearla tenía un texto inscrito con sangre ya seca que decía, “te los entrego, ahora dame más vida, al fin y al cabo, mi alma es tuya”.
Tomé ambas fotografías y salí corriendo de esa casa con la esperanza de que a la mañana siguiente cuando ya no tuviese los efectos de la droga en mi cerebro, todo se tradujera a una horrible alucinación, pero nada de eso sucedió. Aquí las tengo en mis manos y siguen siendo igual de horribles y reales, aún están inscritas con letras de sangre en la parte trasera.