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Comenzaba el 2021 cuando el candidato republicano al senado por Oregon, J.D. Vance, expresó de manera clara y contundente en un foro de conservadores nacionalistas que si aspiraban a que su visión de país se concretara debían atacar honesta y agresivamente a sus universidades. Cuatro años después, el ahora vicepresidente Vance se ha erigido como el campeón del desmantelamiento del sistema universitario de Estados Unidos con Harvard como el objetivo prioritario.
Vale la pena puntualizar que, a diferencia de México donde la columna vertebral de la educación universitaria recae en el sistema público, en Estados Unidos son las universidades privadas quienes no solamente sostienen la formación universitaria sino que también conforman el núcleo más importante de investigación científica del mundo, seguido de cerca solamente por la Unión Europea y China.
Harvard está localizada en Boston, Massachussets, y fue la primera universidad de Estados Unidos fundada en 1636 y desde entonces una de las más ricas e influyentes. Tanto que ocho de los firmantes de la declaración de Independencia de ese país fueron egresados suyos.
El 45 por ciento del financiamiento de Harvard proviene de donaciones altruistas, 21 por ciento de colegiaturas y otros servicios educativos, 16 por ciento del recursos públicos, federales y no federales, y el 18 por ciento de fuentes varias. Su presupuesto anual es de 6.5 billones de dólares, el doble de lo que recibe la Universidad Nacional Autónoma de México, con la diferencia que la matrícula de la UNAM es de 300 mil estudiantes y la de Harvard de solamente 25 mil.
La historia de Harvard ha sido fluctuante desde su creación hasta la fecha pasando por periodos de crisis económica y política. Sin embargo, desde hace más de 200 años y gracias al patrocinio de sus egresados, muchos de ellos pertenecientes a los sectores más ricos del mundo, su situación había encontrado una estabilidad duradera. Hasta ahora.
Los problemas comenzaron a finales del 2023 cuando un grupo de estudiantes firmó una carta condenando a Israel por la violencia en la franja de Gaza. La postura de este grupo despertó primero una polarización interna que se expandió hasta afectar su red de benefactores con un riesgo inminente de colapso financiero.
La polarización provocó violencia hacia personas de origen judío o nacionalidad israelí dentro del campus universitario. Claudine Gay, entonces presidenta de Harvard, fue llamada a una audiencia en el Congreso y posteriormente condenada por la Casa Blanca lo que orilló a su renuncia y sustitución por Alan Garber, su actual presidente.
En enero de este año, el presidente Trump emitió un decreto exigiendo que Harvard, junto con el resto de las universidades del país, cancelaran sus políticas de igualdad, diversidad e inclusión. Harvard fue la primera universidad en negarse bajo el principio de libertades académicas consagrado en la Constitución de ese país.
Para el mes de abril, la secretaria de Seguridad Interior primero notificó a Harvard la cancelación de dos proyectos del gobierno por 2.7 millones de dólares y en una segunda carta fechada el 30 de abril solicitó los registros de cualquier actividad ilegal o violenta perpetrada por estudiantes extranjeros inscritos a esa universidad. Versiones emitidas por la universidad refieren que se le hicieron dos entregas de documentos al gobierno.
En un giro inesperado, hace apenas unos días la secretaria de Seguridad Interior negó haber recibido la información y comunicó a Harvard la decisión del gobierno de revocarle su certificación para recibir estudiantes y profesores extranjeros con visas F o J por lo que las 6 mil 793 personas en esa situación deberán desplazarse a otra instituciones inmediatamente si quieren seguir dentro del territorio estadounidense.
La agenda conservadora nacionalista sigue imparable su consolidación y aunque Harvard ha logrado una suspensión provisional de parte de un juez, el conflicto persiste con un riesgo real de que la principal y más antigua universidad de ese país desaparezca.