Somos lo que comemos. El cuerpo antecede a la mente y lo que los une son los alimentos. Podría ser que la comida chatarra nos “ahorre” tiempo o dinero, pero a la larga el cuerpo y la mente nos pasarán la factura, sobre todo si fueron expuestos a una mala nutrición.
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Ignoramos lo que comemos. Nuestros alimentos están lejos de ser lo que aparentan. Un buen trozo de carne, una rebanada de pan, una ensalada de vegetales y frutos, y hasta algún postre para acabar con el antojo esconden una oscura verdad que la industria de los alimentos busca esconder a cualquier precio: que aquello que comemos, más que ser comida, es una mezcla de toxinas, pesticidas, antibióticos y hormonas que más que nutrirnos, terminan enfermándonos.
La sobreexplotación de los recursos naturales está matando a la tierra. Los imparables procesos industriales han agotado los nutrientes del suelo y por ello es que todo lo que crece en el mismo es incapaz de prodigar una vida saludable, en otras palabras, nuestras frutas, verduras y animales se están alimentando de una fuente que se agotó hace mucho y por ello es que más que nutrirnos, nos enferman.
Seguramente la mayoría de nosotros supone que las repercusiones de consumir alimentos crecidos en una tierra pobre únicamente podrían afectar al cuerpo físico, esto es, a nuestros huesos y músculos, pero no es así, estudios científicos han demostrado las consecuencias adversas generadas en nuestra mente debido al consumo de alimentos de baja calidad, es decir, que incluso nuestros pensamientos, aunque sean intangibles, dependen de lo que comemos.
Lo más grave de la degeneración física y mental relacionada con el consumo de una dieta industrializada, artificial y procesada es que sus repercusiones se heredan a las generaciones venideras, es decir, el daño no es sólo para uno mismo, sino, además, para quienes podrían llegar en el futuro. Basta con observar a los niños y jóvenes de hoy para darnos cuenta de los efectos negativos producidos por la mala alimentación de sus progenitores. Cada vez es más frecuente ver a personas jóvenes de baja estatura; con poca fuerza física; raquíticos u obesos, pero difícilmente de complexión equilibrada. Estas generaciones nuevas y enfermas son el resultado de años de mala alimentación por parte de quienes las antecedieron y el problema parece que se seguirá agravando, pues la industrialización de los alimentos se acelera más y más.
Los trastornos que hemos heredado por parte de quienes han llevado una mala nutrición se vislumbran en la intolerancia a la lactosa, en el aumento de las enfermedades crónico–degenerativas, en las afecciones cardiacas, en la artritis, en las alergias, en el cáncer, entre muchas más enfermedades, pero puesto que una mala alimentación afecta también a la mente, los daños colaterales de los alimentos procesados y creados a partir de una tierra prácticamente muerta los encontramos en el aumento de los índices de delincuencia, de adicciones a las drogas y de trastornos propios de la psique como la depresión y la ansiedad.
La violencia social y el sinsentido existencial con el que muchas personas cargan, en parte está relacionado con el consumo de una dieta desequilibrada y principalmente industrializada. Refrescos, pizzas, hamburguesas, alimentos fritos, botanas, dulces y un largo etcétera son tenidos como deseables debido a la facilidad con que se consiguen, así como por el placer que su sabor produce, mismo que por ser tan intenso vence fácilmente cualquier intento de fomentar una alimentación con consciencia.
Generalmente quien sufre de depresión, de ansiedad y de angustia tiene la idea de que estas sensaciones, sentimientos y pensamientos se deben principalmente a las personas con las que convive, por ejemplo, lo padres, la familia, compañeros escolares o laborales, o alguien más, y si bien el medio incide en lo que somos y pensamos, también lo hace lo que consumimos para alimentarnos, o mejor dicho, para terminar con la sensación de hambre. No faltará quien asegure que una buena alimentación implica un mayor gasto económico y que por ello mismo la sociedad prefiere la comida chatarra, pero esto no es más que un pretexto, pues quien se haya tomado el tiempo de comprar alimentos industrializados sabe que el gasto económico es siempre elevado.
Pretextos para priorizar una mala alimentación por sobre una favorable nunca sobrarán. En parte es cierto que una buena alimentación exige un mayor compromiso, tanto con uno mismo como con los demás, pero esto es siempre así en cualquier ámbito de la vida que implique la virtud de la disciplina; lo que cuesta trabajo generalmente es más beneficioso que lo que se obtiene inmediatamente. En última instancia, si la mala alimentación triunfa, se debe a que el ser humano es perezoso y fiel seguidor de las excusas. El médico Gabriel Cousens, en su obra Alimentación consciente, nos habla en estos términos:
«La cultura moderna ha creado una dieta de alimentos sintéticos, desnaturalizados, rápidos, congelados, cocinados y con pesticidas, altos en carbohidratos refinados y ácidos grasos trans y bajos en fibras. Muchas verduras, frutas y granos han crecido en suelos deficientes. Ésta es una dieta que impacta negativamente en la salud física y mental de nuestra sociedad. Una de las consecuencias más dramáticas es la degeneración mental y física. La degeneración física y mental de las generaciones subsiguientes debido a una mala dieta es una realidad difícil de asimilar. Muchas de las personas que hoy tienen trastornos psiquiátricos, los adictos, el alto grado de violencia, el tremendo número de depresiones y estados de tensión, y el gran número de degeneraciones físicas son las manifestaciones modernas de esta degradación continua.»