Cuando el barro daba el sabor | El Rincón de Zalacaín
Mole de Olla, Pipián o Mole Poblano sólo eran dignos de comerse si habían sido cocinados en una buena olla de barro
Jesús Manuel Hernández
Una de las tradiciones culinarias con más apego a las formas de cocinar está prácticamente en extinción. Cocer, freír, conservar, sazonar, guisar en barro, es algo sólo posible en las fotografías antiguas o en los pueblos más alejados de las zonas urbanas.
La transformación de la tierra mezclada con agua, pisada, trabajada, cocida al fuego, constituyó una de las formas de presentar la evolución de la cocina, sin despreciar, claro está, el hierro.
En eso pensaba Zalacaín al limpiar las viejas ollas de la familia cuidadas con esmero, heredadas de varias generaciones, algunas despostilladas, otras sin asas, quizá alguna tronada ya por algún golpe o simplemente por el paso del tiempo.
Alexander von Humboldt registró durante su recorrido por México al menos 46 locerías en Puebla, muchas de las llamadas de “loza corriente” en El Alto.
Esta fabricación de artefactos de cocina estuvo unida a la tradición culinaria angelopolitana desde siempre, desde 1531.
Mole de Olla, Pipián o Mole Poblano sólo eran dignos de comerse si habían sido cocinados en una buena olla de barro.
Y las heredaban de generación en generación, lo mismo sucedía con los metates y los molcajetes pues estaban perfectamente bien curados.
Después se dejaba enfriar y se vaciaba el agua. A veces, le untaba aceite de oliva y la volteaban por toda una noche, al día siguiente le frotaban jabón amarillo disuelto en agua hirviendo y la ponía, de cabeza, en la azota para “que le diera el sol”, decían.
Al tercer día se dejaba cocer algo dentro del recipiente, casi siempre eran frijoles, pero no se consumían, se los daban al perro o los tiraban, era hasta la siguiente cocción cuando la olla o la cazuela podían usarse.
Además, seleccionaban las ollas para los alimentos, la de los frijoles, sólo se usaba para eso, la del agua, sólo para hervir y voltear el agua, había otras donde se freía, alguna más se reservaba exclusivamente para el Mole Poblano.
Y ¡cuidado… nunca se prestaba una cazuela o una olla!
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