La Maldición del Ciempiés
“-¡Ay! –se lamentó el sapo para que el ciempiés lo oyera-. Yo no brillo ni reluzco. Solo tengo cuatro patas –solo cuatro patas- y no cien como tú, ¡oh venerable!”.
Al ciempiés le cayó muy bien el comentario: tanto que hasta aminoró el ritmo de su marcha.
“Y el ciempiés quedó inmóvil, clavado en el suelo, y desde aquel momento no pudo ya mover ningún miembro. Había olvidado cuál de los pies debía levantar primero, y mientras más pensaba en ello, menos podía recordarlo”…
Este cuento de Gustav Meyrink se titula La maldición del sapo y es, para mí, uno de los más bellos de la literatura universal.
En efecto, hay en este mundo cosas que no debemos saber y por las que no debemos preguntarnos, pues de otro modo lo echamos todo a perder.
A la joven le dio mucho gusto escuchar estas palabras y estaba la pobre que no se lo creía. ¿Era verdad lo que estaba oyendo? Preguntó por el nombre de la revista y, al escucharlo, se alegró todavía más.
Que el ciempiés escuche al sapo y siga adelante. Su gracia consiste en no saber. Como muchas otras gracias de las que no hablaremos aquí por falta de espacio.

















