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Análisisdomingo, 26 de enero de 2025

Opinión / El juicio final

“Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento.

Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela.

Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana.

No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.

Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!” (Marcos 13, 33-37).

Hay gente, en efecto, que no se entera de nada. “Oye, ¿supiste que murió Jaime?”. “Jaime, ¿nuestro amigo Jaime?”. “Sí, él”. “¡No me digas! ¿Cómo, cuándo, dónde, por qué?”. “La semana pasada”. “¡Dios mío, no sabía!”.

Pero, ¿de veras vendrá el Señor? Después de todo, ha tardado tanto… ¡Pero claro que vendrá! Mas de una manera distinta de cómo vino la primera vez. En una de sus Catequesis (15, 1-3) explicaba así este pasaje del evangelio San Cirilo de Jerusalén (315-386):

No era mala nuestra interpretación. Todos son todos. Los amigos y los enemigos, los discípulos tanto como los que no lo son, serán –seremos- llamados a juicio. Estemos, pues, alerta. Y si vemos que nuestras manos están vacías…

Nosotros no nos quejemos. Quizá nuestras manos están vacías; quizá nuestra vida no sea más que un inmenso desierto. Pero, a Dios gracias, todavía tenemos tiempo para dar fruto, para dejar de ser una pobre tierra baldía. ¡Apresurémonos! Sobre todo, no nos durmamos.

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