¡Cumple la ciudad de Tlaxcala quinientos años de existencia!... esto es lo que la historia documenta, pero con seguridad habría que agregar lo que no registra, lo prehistórico -que debe ser bastante-. Con ese motivo habrá festejos.
Con una inversión conjunta de 3.5 millones de pesos, el Gobierno del Estado y el Ayuntamiento rehabilitaron el panteón municipal mediante el programa Peso a Peso, para beneficio de más de cuatro mil habitantes
Iván Chávez y José Carlos Ramírez obtuvieron el primer lugar en el certamen Paella del Año 2026 y representarán a Tlaxcala en la competencia nacional que se realizará en Querétaro
La quinta edición del festival gastronómico organizado por ISIMA Universidad reunirá concursos, talleres, un mercadito y degustaciones para conmemorar el Día de la Cocina Tlaxcalteca
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Deberíamos preguntarnos ¿qué es el tiempo en la vida de una ciudad y de un estado y cómo advertimos las huellas que deja su tránsito? El tiempo es una invención humana. Existe porque nosotros existimos y tenemos necesidad de registrar su paso. Somos nosotros a quienes resulta útil la idea de ese fenómeno. Pero hay huellas materiales que el paso de los años deja, en donde verdaderamente se registra la historia de los pueblos, esos son los rasgos de lo humano. Tlaxcala, en sí, es la capital de una entidad cargada de historia, de tradiciones, de cultura, y asiento de un pueblo aguerrido cuyas raíces son profundas. Se trata de medio mileno.
No alcanzamos a imaginar cómo era el Tlaxcala de aquel tiempo. Los historiadores han indagado y nos aportan materia descriptiva. Porque fotografías tenemos hasta los ochentas del siglo XIX, pero nada más. Con certeza, la vida comunitaria tlaxcalteca es hoy bastante diferente de lo que fue hace cinco siglos. Lo actual, nada que ver con aquella sociedad guerrera, de quehaceres belicosos, con los que acunó los origines del México actual. En ese lapso, muchísima agua del Zahuapan ha escurrido hacia el Pacífico y también, como pueblo, hemos asimilado a nuestro ser diferentes agregados raciales y culturales.
Tlaxcala, ciudad y estado, guarda costumbres de tradiciones que han mutado, pero que siguen presentes en el diario existir. Cada región de este mosaico existencial vive, celebra, come, viste a su manera. Sin que lo neoliberal lo haya borrado por completo. Late presuroso en el alma presente de la vida. Por fortuna, la idiosincrasia permanece por encima de lo novedoso. ¿Qué es lo que somos después de quinientos años? Somos lo que asoma por la bocamanga del larguísimo túnel de los siglos, aunque, por supuesto, decantados. Evolucionamos de la mano del tiempo.
Vivimos los años y el tiempo nos moldea. Hoy, nuestras juventudes son universitarias y técnicas. En ellas, el tiempo y la circunstancia realizan su trabajo. Como toda sociedad, viajamos en el vértigo de lo que se transforma, lo cual, por fortuna, no borra los rasgos de lo que somos. Los tlaxcaltecas conservamos nuestras formas al festejar –procesiones, vestuarios, cohetes, comelitones, música-, en bodas y compromisos somos generosos y, aunque se nos critica, ¡es muy, pero muy nuestro gusto!; el Día de Muertos, el carnaval y la fiesta del pueblo. Somos alegres, convidadores y abundantes.
Así nos festejamos, y con bastedad recibimos a los que ya se fueron. Nuestra comida no es la del mar o de la selva. En el altiplano tlaxcalteca sobresale la cocina de la milpa, del amaranto y sus verduras, pero sobre todo del maíz, el frijol, la calabaza. Nuestra montaña, recostada en el horizonte, sueña y nos hace soñar con sus lindos bosques, su nieve ocasional, sus escurrimientos acuosos.
Ese majestuoso edificio nos acompaña permanente y nos ampara. El viento, que silva entre las ramas de sus árboles, canta para nosotros a cada momento el himno de la persistencia. Somos historia viva que se escribe y lee en cada día. Somos costumbre que, al repetirse, se afianza. Somos artesanía que viaja, pan de fiesta que alimenta a la nación, artesanía textil que sobrevive. Somos andariegos por naturaleza.
Con esto y más, delatamos lo que somos. Somos vida que, en este espacio, no alcanzo a describir. Pero ahora, como ciudad, Tlaxcala cumple quinientos años de historia prolífica y aleccionante. Capital de un pueblo vencedor que emergió victorioso en la conquista. De vocación colonizadora por ser aliado de confianza. Columna central para poblar las bastedades desérticas del norte, allá donde los principios y los fines son fantasmas.
Poblamos lo que después fue arrebatado a la nación. Pero en esas latitudes queda constancia viva de nuestra estancia y asiento, son poblados que “huelen y saben” a Tlaxcala. Abundan apellidos nuestros, lo mismo las costumbres. El virreinato, para nosotros, fue de trato preferente, pero en el México independiente nos “cayó la voladora”. Ya que injustamente hemos sido tachados de traidores.
Cómo serlo, si la alianza con el invasor nos permitió sobrevivir y, más aún, salir triunfantes. Pero ni modo, es el infundio de los ignorantes y de la mala sangre. Afirmaciones muy hijas de la ignorancia que olvidan que todo pueblo tiene derecho al triunfo y a la vida, y estos son valores superiores. Pero Tlaxcala ciudad cumple por estos días quinientos años, estamos de manteles largos. Estas líneas resultan escasas para un amplio relato merecido, que sea la exaltación del acontecimiento.
Ciudad muy noble y leal, de autogobierno. Ciudad de personalidad propia, capital de un estado orgullo de la nación, no obstante los maledicentes y falsarios –le pese a quien le pese-. Son quinientos años de existencia a la vera del Zahuapan, de acomodar su vida en el quieto vallecito que guarda y abriga. Estos son motivos suficientes para festejar. Así que celebremos, porque cinco siglos no son pocos.