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Mientras millones de mexicanos seguimos pagando una gasolina cara y dependiente del exterior, el Gobierno Federal mantiene la decisión de enviar petróleo a Cuba, bajo el argumento de una relación histórica de solidaridad, cuando en realidad es una “política” pública que beneficia a esa nación, a costa de lo que esté ocurriendo aquí, y es que el problema no es la diplomacia ni la hermandad entre pueblos, sino la lógica de priorizar recursos estratégicos cuando en casa existe una necesidad evidente. Resulta difícil explicar por qué el crudo mexicano cruza el mar Caribe cuando aquí seguimos importando combustibles que bien podrían refinarse con ese mismo petróleo, fortaleciendo la autosuficiencia energética que tanto se presume en el discurso oficial, y ello implicaría bajar los costos de los combustibles, necesarios para que haya un fortalecimiento económico en distintos rubros, como el campo.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha reiterado que la relación con Cuba ha sido constante a lo largo de distintos gobiernos, más allá del partido que ha gobernado esta nación, y confirmó que se trata de un tema de cooperación, sin embargo, una cosa es mantener vínculos diplomáticos y otra muy distinta es sostenerlos a costa de sacrificar intereses nacionales. México enfrenta una demanda creciente de combustibles, y aunque se han hecho esfuerzos por rehabilitar refinerías, la realidad es que seguimos comprando gasolina en el extranjero; en ese contexto, enviar petróleo fuera del país no parece una decisión solidaria, sino contradictoria, máxime si consideramos que somos un país que necesita resolver sus propios problemas en cuanto al consumo interno, porque no estamos en la época de López Portillo, cuando tuvimos crudo en cantidades importantes.
El argumento energético es claro, si ese crudo se refinara en territorio nacional, en la “magna” obra de López Obrador, la refinería de Dos Bocas, como se ha presumido por los gobiernos cuatroteístas, ayudaría a reducir importaciones, costos y dependencia, ya que no se trata de cerrar fronteras ni de abandonar compromisos internacionales, sino de entender que el petróleo es un recurso estratégico, finito y necesario para naciones como la nuestra, su extracción y uso fija el rumbo económico para millones de familias, regalarlo o enviarlo sin un beneficio claro para México deja la sensación de que el discurso de “soberanía energética” se queda corto frente a decisiones que no la fortalecen, sino que la debilitan en los hechos.
Curiosamente, el propio Gobierno Federal ha sido enfático en el tema del agua que debe entregarse a Estados Unidos conforme al tratado de 1944, pues la Presidenta, Claudia Sheinbaum, ha señalado que se cumplirá el acuerdo, pero sin poner en riesgo el consumo nacional, una postura que se escucha lógica y también muy responsable. La pregunta obligada es ¿por qué ese mismo criterio no se aplica al petróleo?, de pensar en “apoyar” a Cuba hasta después de garantizar la cobertura suficiente en México. Si en el caso del agua se prioriza lo que necesita México, ¿por qué con el crudo se actúa de manera distinta, enviándolo al extranjero aun cuando aquí también hay urgencias? Todo termina siendo contradictorio, máxime cuando ambos recursos son finitos.
La relación con Cuba puede y debe mantenerse en el terreno diplomático, cultural y político, pero no a costa de los bienes estratégicos que México necesita para su desarrollo. No es mezquindad, es sentido común. Primero atender la casa, luego ayudar al vecino; mientras no se entienda esa diferencia, decisiones como el envío de petróleo seguirán generando críticas fundadas y una percepción clara: la solidaridad mal entendida termina convirtiéndose en un lujo que nuestra nación, hoy, simplemente no puede darse, a pesar del discurso desde Palacio Nacional, es algo que no puede seguir ocurriendo.