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La nueva “hazaña” política de la semana no vino de una reforma, un debate o una decisión de Estado, sino de la compra masiva de libros del expresidente López Obrador, “Grandeza”, por parte del senador Adán Augusto López Hernández, quien, en un acto que huele más a homenaje obligado que a lectura genuina; adquirió más de 17 mil ejemplares por un monto cercano a 7 millones de pesos. Nadie, absolutamente nadie en su sano juicio puede creer que el exsecretario de Gobernación pagó esa cantidad de su bolsillo, y menos en un país donde los políticos rara vez gastan en algo que no les genere poder, de hecho lo más probable, e indignante, es que el dinero haya salido del Senado, es decir, de nuestros impuestos, disfrazado de compra institucional o de cualquier otro artificio contable; y todo para inflar el ego del tabasqueño y anotarse puntos en la fila de la “sumisión”. Morena juró que no mentía, no robaba y no traicionaba, pero evidentemente este episodio demuestra exactamente lo contrario.
Lo que Adán Augusto hizo no fue un acto cultural, es un “tributo político” cargado de “lambisconería”, pues repartir miles de libros entre los 67 senadores de Morena y sus aliados no busca fomentar la lectura, sino reforzar la devoción hacia el expresidente. El gesto entra en la categoría más vieja de la política mexicana, el regalo obligado al líder para no quedar mal en la foto; el mensaje interno es clarísimo, “quítense el sombrero ante el jefe”. Y lo preocupante es que se normaliza el uso de recursos públicos para halagar a figuras que ya no ejercen un cargo, pero que siguen imponiendo agenda, caprichos y culto personal; si el senador Adán Augusto López quiere quedar bien con López Obrador, que le compre un libro, pero con su tarjeta, no con la nuestra.
Cuando se desmenuza la cifra, duele más; siete millones de pesos podrían financiar becas para estudiantes de escasos recursos, equipar centros de salud, comprar medicamentos, reparar caminos rurales o fortalecer refugios para mujeres; pero no, el dinero terminó convertido en cajas repletas de “autocomplacencia” literaria, y mientras el país enfrenta hospitales saturados, escuelas sin agua, productores abandonados y municipios sin presupuesto, la prioridad de los que dicen gobernar “para el pueblo” fue inflar la venta de un libro que ni siquiera será leído por la mayoría de quienes lo recibieron. Es un espejo del país, siempre hay dinero para los caprichos del poder, nunca para las necesidades reales de la población en general.
Tras la compra masiva, surgió otra narrativa sospechosamente coordinada, el libro del expresidente Andrés Manuel López Obrador, aparece entre “los más vendidos” del país. ¿Cómo no lo sería si un solo político acaparó miles de ejemplares en un solo movimiento? Técnicamente puede entrar en un ranking, pero moralmente es un fraude, pues no refleja el interés ciudadano, sino manipulación contable a beneficio del escritor de la obra. Si mañana algún gobernador compra 50 mil ejemplares, AMLO será “campeón mundial de ventas”, y si pasado mañana otro político quiere quedar bien, el libro seguirá subiendo; vaya, es el mismo método de siempre, simular respaldo popular mediante compras institucionales, un éxito editorial inflado no deja de ser un engaño, así como los eventos donde se “acarrea” a supuestos seguidores para llenar plazas públicas.
La narrativa fundacional de Morena queda pulverizada frente a episodios como este, mentir, al decir que fue una compra “personal”, robar, al usar recursos públicos para fines partidistas, traicionar, al darle la espalda al país para complacer al líder de siempre. El caso de los libros no es un simple exceso, es un símbolo de cómo se administra hoy el poder, de cómo quienes prometieron regenerar la vida pública están repitiendo, y en ocasiones perfeccionando, las mismas viejas mañas. Siete millones de pesos en libros inútiles son la mejor prueba de que, cuando se trata de culto, Morena no escatima, pero cuando se trata del pueblo, siempre falta presupuesto.