“El enano de la acequia”
En Durango, los callejones guardan secretos y las alamedas susurran historias que pocos se atreven a contar
Alberto Serrato
Nadie lo volvió a ver con vida
“¿Y ahora qué hacemos?”, dijo Sergio. Pedro no contestó, solo afiló el cuchillo, como tantas veces lo había hecho con sus productos, pero esta vez no era un cerdo el que estaba en la mesa, sino el enano con una cara llena de horror.
Pedro fue arrestado y Sergio fue un testigo protegido. El juicio fue lento. Las pruebas, circunstanciales como la carne y la gente que dijo haber probado la carne humana, fueron determinantes para cerrar el caso.
Hoy, si pasas por el paseo de las Alamedas, quizá escuches un lamento al caer la tarde y luego una voz chillona que dice: “yo solo quería ayudar a cerrar la carnicería”.



























