“¿Y ahora qué hacemos?”, dijo Sergio. Pedro no contestó, solo afiló el cuchillo, como tantas veces lo había hecho con sus productos, pero esta vez no era un cerdo el que estaba en la mesa, sino el enano con una cara llena de horror.
Pedro fue arrestado y Sergio fue un testigo protegido. El juicio fue lento. Las pruebas, circunstanciales como la carne y la gente que dijo haber probado la carne humana, fueron determinantes para cerrar el caso.
Hoy, si pasas por el paseo de las Alamedas, quizá escuches un lamento al caer la tarde y luego una voz chillona que dice: “yo solo quería ayudar a cerrar la carnicería”.
Nacido en Santander, dejó un legado artístico entre España, México y Estados Unidos a través de su pintura que capturaba lo esencial más allá de la apariencia
La filosofía del kintsugi está influenciado principalmente por el budismo zen, cuyo pensamiento se centra en la apreciación de la belleza en las imperfecciones
Desde París hasta el Estadio Azteca, colectivos, artistas y activistas han convertido el arte urbano, las intervenciones simbólicas y los actos públicos en una forma de crítica contra los costos sociales, ambientales y territoriales que dejan los Mundiales
El jueves y viernes Santo forman parte de los días más importantes de la Semana Mayor al conmemorar los últimos momentos de Jesucristo y dando origen a diversas tradiciones
El escritor desmenuza en su nuevo libro las hazañas de los mundiales, los sobornos, los negocios ilícitos y la violencia deportiva, sin dejar de lado el crecimiento del futbol femenil, en el contexto de un mundial marcado por tensiones políticas y sociales
La Iglesia Católica indica que las personas de 14 a 59 años no deben comer carne, excepto quienes están enfermas; la tradición se puede intercambiar por otras abstinencias
Hoy, si pasas por el paseo de las Alamedas, quizá escuches un lamento al caer la tarde / Foto: Alberto Serrato
Durango guarda secretos en sus callejones polvorientos y sus cantinas desveladas. Hay historias que el viento arrastra entre los cerros y que los ancianos cuentan solo cuando el alcohol ha hecho su trabajo. Esta es una de esas, contada por un viejo que suele vagar en las alamedas y constata el horror que vivió el protagonista del relato pasado en el que vio la silueta de un enano advirtiéndole de los males que se causaba al fumar vapeadores de dudosa procedencia.
En la antigua alameda, había una carnicería modesta con paredes enrojecidas por años de sangre y grasa: Carnes Finas Pedro. Detrás del mostrador, siempre con mandil sucio y mirada desconfiada, estaba Pedro, el dueño, un hombre seco, de pocas palabras y, sobre todo, muchas deudas con su conciencia. Le ayudaban dos hombres: Sergio, un muchacho larguirucho y desgarbado que olía a cerveza desde las nueve de la mañana, y Fermín, el enano, un buen chico que lo único que buscaba era cuidar a su vieja abuela.
Fermín medía apenas un metro y treinta; su cabeza era tan grande como una calabaza, su cuerpo pequeño, sus manos callosas y siempre tenía una mirada triste, como si desde niño hubiera visto más de lo que debía. Era el que abría, el que limpiaba, el que hacía reír a los clientes con su voz chillona y su aspecto de payaso de circo. Muchos lo conocían y le tenían cariño. Decían que era noble, que cuidaba a su abuela ciega con más devoción que cualquier hijo a su madre. Él no pedía nada y el día que lo hizo ocurrió la desgracia. Su abuela había enfermado y un vecino corrió para avisarle. Pedro accedió con una mueca, no por bondad, sino porque le convenía tener a alguien que trabajara por menos de lo justo. Aquel jueves, Fermín salió antes de las cinco, con la promesa de regresar si todo iba bien. La abuela se había desmayado y solo fue una baja de presión, así que, aligerado por la noticia, decidió volver a la carnicería a cerrar, como siempre.
Pedro dijo que Fermín no regresó, que quizá se había ido con algún familiar. Sergio no decía nada. Solo bajaba la mirada y se encogía de hombros. Pero lo extraño fue que, después de esa tarde, hubo una promoción inusual en la carnicería: Costilla especial, precio de locura. Molida de primera, fresca y barata.
Algunos notaron que la carne tenía una textura rara, un olor distinto. Una señora juró que uno de los huesos que compró parecía un fémur humano, pero nadie le creyó. Ya estaba vieja, decían. Veía fantasmas en los árboles y no es raro que viera huesos humanos en la comida.
Lo que nadie sabía —lo que Pedro y Sergio guardaban entre la sangre y el hielo—: Fermín había vuelto esa tarde y los había encontrado. La puerta estaba entreabierta y, aunque él era de confianza, se sintió ajeno a su trabajo. Se asomó y vio la escena como si fuera una película de horror barata: Pedro sobre una mujer rubia de vestido ajustado, jadeando como animal herido. Era la esposa de un ganadero conocido, don Leandro, al que todos temían por tener amigos en el gobierno y pistolas dentro de su casa. Fermín no dijo nada. Cerró la puerta de golpe y corrió hacia la calle, pero Pedro fue más rápido y, con un cuchillo de deshuese en la mano y los ojos desorbitados, lo alcanzó en la banqueta. Sergio, borracho y tembloroso, ayudó a meter a Fermín al cuarto frío.
Pedro carcajeó y luego se dedicó a descuartizarlo, lo empaquetó y los huesos que no pudieron disfrazar, junto con la cabeza, los metieron en un costal, esperaron la oscuridad de la madrugada y juntos caminaron hasta la acequia grande, allá por el canal viejo, y los arrojaron al agua puerca; se confundieron entre lodo, ramas, pero no en el crimen cometido.
Pasaron los meses. Nadie preguntó más por Fermín. Su abuela murió días después, sola, sin saber la verdad. Pedro seguía vendiendo carne, Sergio seguía bebiendo. El secreto se pudría como los huesos de Fermín en el canal, hasta que los federales llegaron y no por Fermín, sino por otro asunto: un robo de ganado que afectaba a un rancho del norte. Revisaban carnicerías, inspeccionaban inventarios, buscaban huellas. Pedro les dio el recorrido, confiado. Pero Sergio no estaba bien. El crimen y el alcoholismo lo tenían vuelto loco; había engordado y hablaba dormido acerca del crimen. Por supuesto, el peso del secreto lo estaba triturando por dentro. En el cuarto de refrigeración, uno de los oficiales hizo una broma sobre “las partes humanas” que a veces se encontraban en el sur de México. Sergio se puso pálido. Miró a Pedro y este fulminó con la mirada para que no fuera a abrir la boca, pero algo en su interior se rompió. Tal vez fue la culpa, o el miedo, o el rostro de Fermín que veía cada vez que cerraba los ojos para intentar dormir.
“Yo no maté al enano”, dijo de pronto, con la voz quebrada. “Fue mi jefe. Yo solo… yo solo ayudé a empacar.” El silencio fue absoluto. Pedro intentó reír, como si fuera una broma. Pero el oficial lo miró, serio. “¿Qué enano?”, preguntó. Y entonces la historia salió como una hemorragia y Sergio la despepitó a gritos.
Los policías no sabían qué hacer. No había cuerpo. No había denuncia, pero fueron al canal, al punto exacto que Sergio señaló. Encontraron restos, sí, un cráneo y más huesos, todos pequeños. El análisis forense confirmó lo impensable: humano, masculino, entre 20 y 30 años. La dentadura coincidía con la ficha médica de Fermín.