La represión del Bienestar
Decía Aristóteles que “quien es más severo que las leyes es un tirano” y ese es el caso de Claudia Sheinbaum.
Vicecoordinador de los diputados del PAN
Decía Aristóteles que “quien es más severo que las leyes es un tirano” y ese es el caso de Claudia Sheinbaum.
Vicecoordinador de los diputados del PAN
La misma que se ufana de su incursión estudiantil en los movimientos sociales, la misma que se jacta de haber sido impulsora de la transición democrática desde su juventud, la misma de la anécdota poética de la guerra de Vietnam a los 12 años, la misma que sólo se ha dedicado a demoler nuestra frágil democracia, estado de derecho e instituciones.
Bien lo señalamos desde que la Presidenta intentó la censura de las redes sociales y plataformas digitales en el difunto art. 109 de la Ley de Telecomunicaciones, que Sheinbaum nos quería arrebatar la libertad de expresión, la de prensa y el derecho a la información, no pudo en esa ocasión por la masiva respuesta de los mexicanos en contra de su censura.
Después lo volvimos a advertir con las leyes del bien espiar, que iban a invadir nuestra privacidad y a utilizar las herramientas del estado para combatir al crimen organizado, para invadir nuestra intimidad, datos biométricos y violar nuestra privacidad con fines de espionaje político.
Una y otra vez Morena mintió y dijo que era una exageración, que esas herramientas sólo las usarían en contra de los delincuentes, y muy pronto cayó el mentiroso hablador ante la marcha del 15 de noviembre. En gran ironía, el reclamo ciudadano de un grito de paz y seguridad detonado por el abandono del gobierno federal que le costó la vida a Carlos Manzo traducido en una marcha ciudadana detonó en el estreno de las herramientas tecnológicas del bien espiar.
En vez de espiar a tiempo a la célula que le arrebató la vida al exalcalde Uruapan y a Bernardo Bravo, la Presidenta optó por espiar a los jóvenes de la Generación Z que habían lanzado originalmente la convocatoria ciudadana. Sheinbaum los espió, los estigmatizó, los señaló y vulneró ante la opinión pública con dolo político para intimidarlos y desacreditarlos ante toda la nación desde el púlpito de la calumnia.
Cómo el espionaje no inhibió ni amedrentó a nadie, sino por el contrario más voces se sumaron como los médicos del sector público, recurrieron al viejo manual de la tiranía y decidieron reprimir violentamente a la Díaz Ordaz al pueblo sabio. Hicieron de sus aliados y representantes de casilla del Bloque Negro, su caja china distractora como bien lo describió Antonio Capella “el sábado no fue desorden espontáneo, fue ingeniería política para controlar la narrativa”.
Decidieron golpearlos con sus granaderos por el crimen de levantar la voz y sostener su bandera, decidieron hacer de su dolor una lección de escarmiento y represión castrense, decidieron colocarse del lado de los narcos sus aliados electorales y todo ello para tratar de ocultar el grito de los mexicanos libres que exigimos y no callaremos luchando por un país libre, con familias segura y una patria sin violencia.
Aquella mujer que motivada por el sufrimiento evitable de una guerra en los años 70 levantó la voz desde las trincheras estudiantiles en la UNAM y años después en Berkeley, se ha traicionado de cuerpo entero a sí misma, a su ideología y a su trascendencia mostrando al mundo entero que con el techo de cristal roto una mujer es capaz de reprimir y de golpear a los jóvenes para intentar callarlos y arrebatarles sus sueños con la misma violencia institucional amoral y brutalmente descarnada, con la que Díaz Ordaz hizo de Tlatelolco, el epicentro del renacer ciudadano después de la página más negra de la historia de México.