El filósofo italiano, Giovanni Reale, en su obra La sabiduría antigua: Terapia para los males del hombre contemporáneo, lo explica de la siguiente manera:
La autoridad consideró que la norma puede constituir un efecto amedrentador en las personas e inhibir el ejercicio de su derecho a la libertad de expresión
El próximo 15 de abril se discutirá en sesión de Cabildo la aprobación de la solicitud; el monto deberá liquidarse en siete meses, de enero al 14 de julio del próximo año
El territorio de Tlaxcalancingo, en San Andrés Cholula, que abarca desde Lomas de Angelópolis hasta la Ibero, alberga fábricas, centros comerciales, universidades y hospitales importantes
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Miremos a nuestro alrededor, ¿cuántas de esas cosas nos pertenecen? Ahora observemos cómo estamos vestidos y preguntémonos, ¿cuántas cosas llevamos encima, considerando la vestimenta, los accesorios y los productos de higiene? ¿Y en nuestra casa, vivimos con lo esencial, tenemos un poco más de lo esencial o es nuestro espacio un homenaje al exceso? Nos llenamos de cosas, de personas, de actividades y aún así es posible que sintamos un enorme vacío y que todo lo que hemos conseguido, comprado y acumulado nos parezca insignificante. ¿Entonces, para qué tenemos tanto?
Indudablemente, el ser humano siempre ha perseguido la felicidad y esto es porque sencillamente siente que no la tiene, que no es feliz. En algún momento, la felicidad estuvo en la religión, es decir, en lo sagrado; después la felicidad se desplazó al poder que podemos ejercer sobre los demás; más adelante, la felicidad fue sinónimo de conocimiento y al final la felicidad adquirió la forma del dinero. En este trance la constante es el sentimiento de que la felicidad nos falta y por eso es que siempre la estamos buscando, tanto fuera como dentro de nosotros mismos.
La felicidad, cuando se busca afuera, se interpreta como el bienestar que nos dan las cosas materiales, teniendo entonces que la felicidad ya no es una condición espiritual, sino física. Es decir, se es feliz en relación con lo que se tiene, por lo que a priori parecería que los ricos, por tener mucho, son más felices que los pobres, por tener poco, sin embargo, ni uno ni otro podría decir que vive realmente feliz, pues ambos comparten el sentimiento de la ausencia.
Nuestra sociedad confunde el disfrute con la felicidad. El disfrute es el placer que nos producen actividades como el consumismo, por ejemplo, en el que vamos de tienda en tienda buscando la felicidad al dos por uno, a meses sin intereses, o en rebaja de temporada, pero no es así, y lo único que verdaderamente se obtiene con esto es una deuda económica cada vez mayor, la cual, por tornarse impagable, termina esclavizándonos a un empleo insatisfactorio. En el disfrute, lo único cierto, es que después del placer viene siempre el sufrimiento.
Revisando cómo vivían las clases populares en el pasado, notamos que tenemos muchos más bienes materiales que nuestros ancestros, sin embargo, a pesar de que prácticamente nada esencial nos falta, nos sentimos vacíos. El vacío es el sentimiento más generalizado en la sociedad actual, por el vacío es que nos llenamos de mercancías, por el vacío es que acumulamos cosas, por el vacío es que vamos de creencia en creencia, y por el vacío es también que nos exhibimos para que todos nos vean y otorguen su aprobación. Cierto es que sin el otro, no existimos, pero la necesidad de ser validado por un otro igual de vacío que nosotros no es más que una idea absurda que, lejos de acercarnos a la felicidad, nos deprime.
La abundancia nos ha vaciado, pero por qué. Quizás porque Dios, lo Sagrado, no representa en nuestros tiempos más que una oportunidad para demostrar una falsa caridad; o quizás porque el culto al minimalismo ha matado la magia de los detalles; o tal vez nos hemos vaciado porque para nosotros no significan nada la belleza, la justicia, el bien ni la sabiduría. El individuo contemporáneo es tan escéptico a las ideas trascendentes que se ha quedado sin nada, pero no es porque se lo hayan quitado, sino porque sencillamente y por voluntad propia renunció a todo. Tenemos mucho, sí, pero nada de lo que tenemos durará más allá de nosotros mismos.
El desarrollo tecnológico es un factor determinante en el vacío que sentimos. La tecnología nos ha acercado con otras culturas y nos ha permitido conocer con mayor felicidad los arcanos del mundo, pero al mismo tiempo la tecnología nos ha aislado, al tiempo que nos ha puesto debajo de un ojo vigilante que no se pierde ninguno de nuestros movimientos. Por la tecnología es que estamos hoy interconectados, pero no tanto por una noble causa, como sería el apoyo mutuo, sino para practicar el culto al ego y a la vanidad de una sociedad narcisista.
«Uno de los males que afligen al hombre de hoy es la búsqueda ilimitada del bienestar material como sustituto de la felicidad espiritual. La que antes era llamada “felicidad” del plano espiritual queda rebajada al plano material y físico. La ecuación “felicidad igual a bienestar material” está lejos de poder darse por descontado, pues las personas de hoy no quieren renunciar al bienestar. Tenemos a nuestra disposición una cantidad y una variedad de bienes materiales que la humanidad no imaginó que podría obtener, y, con todo, nos sentimos más que nunca insatisfechos. La ciudad de las mil luces, que ofrece variedad y libertad, se convierte, además, en ciudad tentacular, cuyos vínculos —como la rutina cama/oficina/autobús— sofocan la existencia, y en la que el estrés acumulado agota los nervios. La nuestra ya no puede ser considerada como una civilización que haya alcanzado un umbral de estabilidad. Después de haber liberado increíbles fuerzas creativas y de haber desencadenado increíbles fuerzas destructivas, ¿se encamina nuestra civilización hacia su autodestrucción o hacia su metamorfosis?»
Estamos sofocados por la rutina, todos los días vamos de la cama al trabajo y de aquí de vuelta a la cama. El trabajo, lejos de ser un fin para vivir, se ha convertido ahora en la finalidad de la vida. Los consumidores estamos en función del producto y no al revés, es decir, la cosa nos forma a nosotros. Entre tanta degradación, es difícil rastrear la raíz del mal de nuestra civilización y, por ende, el recinto secreto de la felicidad. ¿Cómo hallar la estabilidad cuando debido a nuestra pereza nos conformamos con el bienestar material, relegando a la felicidad?