El mundo iluminado / De lo conocido a lo incognoscible
elmundoiluminado.com (REDES)
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónLas fronteras de nuestra mente serán tan amplias o estrechas como la extensión de nuestro lenguaje. Si nuestro lenguaje es vasto, el mundo en el que vivimos también lo será, pero si nuestro lenguaje es pobre, así también lo será la realidad en que existimos; incluso, si nuestro lenguaje es escueto, también lo será la percepción que tenemos de nosotros mismos, y esto es porque el mundo que conocemos está vinculado directamente con aquello que podemos nombrar. La palabra es el cimiento de la realidad, es como si cada una de ellas fuera un ladrillo que permite el levantamiento del edificio que es el mundo, por lo que si son cuantiosas las palabras que conocemos para nombrar a las cosas, a los seres y a los conceptos, también serán numerosas las cosas, los seres y los conceptos en los que existiremos.
Lo conocido es aquello que hemos experimentado, percibido por la vía de los sentidos. Lo conocido nos entra por los ojos, por las orejas, por la nariz, por la boca y por la piel. Lo conocido siempre se manifiesta por la vía empírica, o al menos eso suponemos, pues es que no todo lo que nuestros sentidos captan es como parece ser. A veces los sentidos se equivocan, o sencillamente tienen algún defecto que les permite funcionar adecuadamente, el ejemplo más evidente lo tenemos en los ojos, ya sea porque necesitemos anteojos o porque caigamos en las trampas de las ilusiones ópticas, mismas que son evidencia de que engañar a los sentidos es posible. Los defectos de la vista son notorios, pero eso no significa que el resto de nuestros sentidos no estén desajustados; seguramente, si midiéramos las capacidades de nuestros sentidos descubriríamos que no funcionan como lo imaginamos y que, por lo tanto, la percepción que tenemos de aquello que llamamos lo real es parcial. Lo conocido, en última instancia, es ilusorio.
Lo desconocido es todo aquello que no hemos experimentado directamente, pero que sabemos que existe, pues alguien más que sí lo ha experimentado nos lo ha confesado. Lo desconocido nos es ajeno, pero al mismo tiempo nos da la oportunidad de que lo conozcamos, aunque sea medianamente, pero quedará grabado en nuestra experiencia. Lo desconocido, cuando empezamos a conocerlo, puede ser asombroso, como también podría ser perturbador, de ahí que popularmente se diga que más vale malo conocido, que bueno por conocer. Lo desconocido aterroriza porque es algo que no controlamos y si bien lo desconocido podría jugar a nuestro favor, muchos son los que prefieren, por miedo, permanecer en la ignorancia.
Lo incognoscible es el tercer grado de conocimiento y se diferencia de los primeros dos en que en este nivel la razón y los sentidos, si bien participan en algo, son inútiles. Lo incognoscible es lo que no conocemos y que tampoco podemos conocer a pesar de que sí existe. Lo incognoscible es todo aquello perteneciente al ámbito de la consciencia, de la metafísica, de lo espiritual y de lo sagrado. Lo incognoscible no se conoce, ni se comprende, pero irónicamente sí se vive. Lo incognoscible es semejante, mas no idéntico, a lo que algunos llaman “fe”, o a lo que otros han abordado como “éxtasis” o “revelación”. Lo incognoscible, a diferencia de lo conocido y de lo desconocido, no está sujeto al tiempo, sino que es en la dimensión de lo eterno. Lo incognoscible nunca inició y nunca terminará, pero siempre ha estado.
¿Dónde termina nuestro conocimiento y comienza nuestra ignorancia? Podríamos imaginar esta pregunta como ese límite difuso en el que el agua del mar y la arena de la playa se unen desapareciendo juntas. Los linderos de nuestro saber son como los de la costa en donde lo líquido y lo duro, lo húmedo y lo seco, se mezclan y funden haciéndose uno sólo. Tener consciencia de los límites de nuestro conocimiento nos da la ventaja de poder ampliarlos infinitamente, sin embargo, la vida nunca nos alcanzará para que los límites de nuestra mente sean lo suficientemente extensos como para conocerlo todo, pues ello pertenece más al ámbito de lo incognoscible y, por ende, de lo que no es humano.
De los límites, el escritor John Roger, en su obra El guerrero espiritual, se expresa así: «La realidad de lo Sagrado no se puede adquirir a través del estudio, la única manera es a través de la experiencia directa dentro de uno mismo. Lo Sagrado no puede conocerse de la misma forma en que pueden entenderse los pensamientos o hechos, porque lo Sagrado está en lo incognoscible. Hay tres categorías de conocimiento: primero, lo que sabes, que es lo conocido; segundo, lo que no conoces, pero puedes llegar a conocer, que es lo desconocido; y tercero, lo que no podrás conocer jamás, que es lo incognoscible. Muchos tienen la ilusión de que lo Sagrado es una cualidad conocida, a consecuencia de esto, la gente deja de buscar adentro, pues constantemente confundimos lo que sabemos, o lo que pensamos que sabemos, con la verdad. No podemos acercarnos a lo incognoscible en términos de la mente porque la mente se detiene en el límite de la mente; las emociones se detienen en el límite de las emociones; la imaginación se detiene en el límite de la imaginación; a pesar de ello son muchos los que suponen que pueden usar sus emociones para resolver problemas mentales, y que pueden usar sus mentes para encontrar a lo Sagrado.»
¿Cómo conocer lo sagrado? Nadie lo sabe. Se ha sugerido que las técnicas meditativas e introspectivas son la respuesta, pero de esto no hay constancia, aunque sí es verdad que al hacerlos encontramos cierta paz. Nuestra mente, así como nuestras emociones e imaginación son como una jaula y nosotros somos el ave encerrada en ella. A veces expandir más la jaula es imposible y lo único que nos resta es salir de ella para desarrollarnos de otra manera, sin embargo, aunque la puerta de la celda esté abierta, pocos son los que tendrán el valor de salir de ella, pues lo desconocido estremece. Nacemos en estado puro y es cuando adquirimos una lengua cuando los límites aparecen siendo la única liberación el paso de lo conocido a lo incognoscible.