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Todos cometemos errores, nadie esta exento, pero no todos se reponen de las faltas que cometen, pues hay quienes cargan con la culpa el resto de sus vidas. Algunos errores son graves, profundamente graves y difíciles de afrontar, pero la mayoría de nuestras equivocaciones son esencialmente superficiales e insignificantes, sin embargo, nos pesan en lo profundo de nuestra alma, impidiéndonos, por tanto, disfrutar de nuestra existencia.
Cometemos errores por diversos motivos. En ocasiones es por despiste; en otros casos se debe a la falta de experiencia; también podría ser que erremos debido a nuestra debilidad mental, física o espiritual; o la falta podría ser por ignorancia, sin que por ello se justifique. Equivocarse es necesario para aprender, de lo contrario, sería imposible reconocer, o al menos vislumbrar, la virtud, incluso si la tuviéramos frente a nosotros. Sin embargo, aunque comprendamos que todo progreso está cimentado en nuestras equivocaciones, no dejaremos de sentir remordimiento.
La culpa no se ve, pero se siente. La culpa es tan pesada que cuando se lleva a cuestas es difícil andar por la vida sin arrastrarse. Pero además, la culpa ocupa tanto espacio sobre nosotros que no deja espacio a la felicidad y por ello es que quien vive con remordimiento refleja un semblante gris. Pero la culpa nadie nos la adjudica, nadie nos la pone con un lazo al cuello ni tampoco nos la amarra en la espalda, sino que más bien es una carga que cada quien decide llevar. La culpa es consecuencia de un cargo de consciencia, es decir, de reconocer que hemos traspasado la frontera del bien para pasar al territorio del mal, de lo reprobable, de lo censurable; pero es importante que así como tenemos la capacidad de reconocer el desacierto que hemos cometido, debemos de tener la entereza de superarlo, so pena de refugiarnos en la depresión.
Cometer un error no es un acto insignificante, sino una mancha que nos acompañará por el resto de nuestra vida; irónicamente, nadie podría decir que ha llegado al final de su existencia en una condición inmaculada, es decir, si bien nadie se quiere manchar con el color del error, no hay otra manera de atravesar esta existencia que no sea tropezando. De lo anterior podemos deducir que lo grave no es tanto la caída, sino la incapacidad de levantarse.
Podríamos comparar la culpa con el fuego, pero para que haya combustión es necesario un comburente y éste lo encontramos en nuestros pensamientos. Cuando nos equivocamos no serán las personas quienes nos juzguen con mayor severidad, sino que serán nuestros propios pensamientos los más duros de confrontar. Cuando sentimos culpa solemos caer en el error de convertirnos tanto en nuestros peores jueces como en nuestros más crueles verdugos. Cuando nos equivocamos, adoptamos la mala práctica de reprendernos despiadadamente a la vez que proferimos contra nuestra persona numerosos insultos; tampoco es factible pensar que los errores deben ser minimizados o incluso anulados del examen de consciencia, pues de hacerlo seríamos incapaces de aprender y, por tanto, de progresar en nuestro desarrollo personal; de lo que se trata es de encontrar el punto medio, el justo equilibrio, en el que el dolor de la culpa nos ayude a fortalecernos para evitar que en el futuro volvamos a tropezar con la misma piedra.
Si bien sentir culpa es parte del examen de conciencia, o al menos del reconocimiento del error en que hemos caído, a la vez se trata de un acto infructuoso, pues la culpa no nos lleva a nada, al contrario, nos ata al pasado negándonos la posibilidad de vivir en el instante presente, en el aquí y el ahora. Quien vive con culpa, vive en una ilusión, en un momento en el que el tropiezo se convirtió en una caída infinita en la que nunca se alcanza el suelo, y puesto que nunca se toca el piso, no hay ninguna posibilidad de levantarse para seguir adelante. La culpa es parte prescindible de la tragedia que estamos viviendo, pues, aunque no nos lo parezca, no es obligatorio tenerla por compañera. La psiquiatra Marian Rojas Estapé, en su obra Cómo hacer que te pasen cosas buenas, lo explica con estas palabras:
«La culpa es una emoción que, cuando se instala en nuestra mente, puede volverse una prisión invisible. Nos juzga, nos castiga y nos impide avanzar. Y, sin embargo, muchas veces esa voz que nos acusa no es justa. El equilibrio es la clave. No se trata de ser indulgente al punto de justificar todo, ni de flagelarte por cada error cometido. La verdadera sabiduría está en encontrar un punto medio: reconocer la falta, aprender de ella y, después, soltarla. Porque la culpa no construye, no alivia el dolor, no devuelve lo perdido. Las personas que permanecen ancladas en la culpa pierden de vista sus fortalezas y talentos. Se definen por sus fallos, no por sus virtudes. Y cuando eso ocurre, todo su sistema de valores se tambalea. Vale la pena detenerse y cuestionar: ¿soy tan duro conmigo por convicciones propias, o por exigencias ajenas que he ido cargando sin darme cuenta? Aceptar el error no significa rendirse ante él. Significa reconocerlo como un maestro, no como un verdugo. Procesa la culpa, desármala y déjala ir. No se trata de olvidar lo vivido, sino de aprender de ello sin permitir que te robe el presente. Solo entonces, las voces interiores dejarán de gritar para convertirse en un diálogo que te impulse a crecer.»
La culpa es una cárcel, o mejor dicho, la culpa es uno de los barrotes que nos aprisionan y la cárcel es la mente, aquella entidad que nunca deja de enjuiciar. La mente no sabe guardar silencio y aunque quisiéramos obligarla es incapaz de ello, pues su naturaleza es conceptual, lo cual quiere decir que la mente no dejará de ponerle palabras a todo lo que le rodea y a todo lo que le pasa. La mente es una virtud viciosa que al mismo tiempo que nos levanta cuando está de nuestro lado, se esmera por hundirnos y enterrarnos en las fosas más profundas de la consciencia. Vivir en plenitud no consiste en dejar de cometer errores, sino en evitar que la mente tome el control, nos contamine con la culpa y después nos atormente con las voces interiores.