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Análisislunes, 22 de diciembre de 2025

Operativos fracasados 

A más de 15 meses de que estalló la guerra al seno del Cártel de Sinaloa entre las facciones de Los Chapitos y Los Mayos, el gobierno federal sigue sin lograr un golpe contundente que dé un cambio en el tema de seguridad.

Hasta la fecha no ha caído ninguno de los líderes que están en disputa desde hace más de un año, y parece que entre más pasa el tiempo, menos se concretan los planes por desarticular las organizaciones criminales.

El 14 de diciembre pasado la Marina montó un operativo en la zona de influencia de Aureliano Guzmán Loera, El Guano, en la comunidad de El Durazno, Durango, donde ya hace más de un año y medio capturaron a uno de sus jefes de seguridad, alias El R8.

Operativos van y vienen en contra del hermano mayor del Chapo Guzmán y él continúa siendo tan elusivo como sus sobrinos que están al frente de la guerra en Culiacán y Navolato, con estallidos recientes en Mazatlán y Escuinapa. Es la guerra de nunca acabar.

Y agravado porque parece que la apuesta del gobierno federal y estatal es hacer como que hacer algo mientras los crímenes se siguen multiplicando lo mismo que los delitos de alta incidencia como el robo de vehículo. 

Mientras no haya contundencia los sinaloenses seguiremos atrapados en el fuego cruzado que también cobra víctimas inocentes, mujeres, niños y ancianos.

Playas depredadas

La depredación de las playas mazatlecas responde a una realidad donde el que cree poder salirse con la suya, lo hace y luego averigua si hay consecuencias contra él.

Históricamente las palapas en la franja costera del malecón han sido sitios que nacieron en su tiempo al margen de leyes ambientales, que, incluso, aún no se creaban.

Con las modificaciones estructurales al malecón, las más recientes ya en este siglo, las autoridades locales justificaron que como la zona ya era un sitio impactado, no se requería de la Manifestación de Impacto Ambiental.

Con esto muchos restauranteros de peso aprovecharon para instalar o ampliar sus negocios en la arena, primero con techos de palma y estructuras de madera, luego tupirlas de concreto.

En este escenario la naturaleza hizo lo suyo: mostrar su rostro siniestro.

El huracán Priscilla dejó en claro que su embate era imparable y provocó la destrucción de 22 palapas en la franja costera, muchas de ellas con base de concreto.

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