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Cada época tiene sus ritos, sus templos y sus sacrificios. La nuestra, a pesar de su envoltura digital y la promesa de modernidad, no escapa a esa lógica ancestral. Lo que en otros siglos ocurría en las plazas públicas o en las arenas del coliseo romano, hoy acontece en las pantallas y foros digitales, donde la cultura se ha convertido en escenario de linchamientos simbólicos, escándalos ritualizados y consumo masivo de dolor ajeno.
La cultura contemporánea, moldeada por la obsesión con la visibilidad y la imagen pública, ha transformado viejas dinámicas sociales —como el castigo público o el descrédito— en espectáculos cotidianos. La estructura antropológica del chivo expiatorio, ampliamente estudiada por René Girard, sigue vigente. Según él, las sociedades tienden a canalizar sus tensiones internas hacia una víctima común, cuya eliminación simbólica o real restaura un equilibrio momentáneo. En el presente, esta víctima es con frecuencia un personaje público: una figura política, un artista, un influencer que, tras un error o una acusación, es sometido a una caída vertiginosa transmitida en tiempo real.
Las redes sociales han exacerbado esta dinámica. El nuevo coliseo no necesita piedras ni gradas: se sostiene con comentarios, memes y publicaciones virales. Ya no arrojamos cuerpos a las fieras, sino reputaciones al juicio colectivo. Lo inquietante es que la audiencia no es pasiva; participa, exige, condena, muchas veces sin contexto ni prueba. La inmediatez digital ha borrado las fronteras entre lo privado y lo público, entre la información y la difamación.
Esta lógica se nutre de un lenguaje agresivo y deshumanizante. Michel Foucault, en su análisis del poder disciplinario, ya advertía que el lenguaje puede ser instrumento de control. Hoy, más que nunca, las palabras funcionan como cuchillos: despojan de matices, clasifican, condenan. La figura del “enemigo” social se construye con rapidez a través de etiquetas: “mentiroso”, “corrupto”, “manipulador”. No se debate: se sentencia. En lugar de fomentar el pensamiento crítico, se impone la narrativa reduccionista, alimentada por algoritmos y prejuicios.
Pero este fenómeno no puede entenderse sin considerar el componente emocional que lo sostiene: el morbo. ¿Por qué el sufrimiento ajeno atrae tantas miradas? Zygmunt Bauman, en su análisis sobre la modernidad líquida, señalaba que la sociedad contemporánea ha reemplazado los vínculos duraderos por experiencias instantáneas. En este contexto, el escándalo cumple una función emocional: nos conmueve, nos excita, nos distrae. Del espectáculo sangriento de los gladiadores hemos pasado a la exposición íntima de las desgracias personales. La diferencia está en el formato, no en la estructura profunda.
Esta cultura del espectáculo, sin embargo, revela una dimensión aún más preocupante: el vacío. El narcisismo colectivo ha desplazado el sentido de comunidad. Todos queremos ser vistos, pero pocos quieren ser comprendidos. Nos mostramos constantemente, pero lo hacemos desde la máscara, no desde la verdad. El culto al “yo” ha borrado la idea del “nosotros”, y con ello hemos perdido el relato común que nos daba identidad como sociedad. Ya no compartimos una historia, solo compartimos imágenes.
Frente a este panorama, la historia y la narrativa emergen no como salvavidas nostálgicos, sino como herramientas de reconstrucción cultural. Recuperar el sentido histórico implica recordar que no somos los primeros en vivir bajo estructuras de exclusión, castigo y control simbólico. Pero también nos permite imaginar nuevas formas de relato, más humanas, más empáticas. Contar lo que nos pasa, con rigor y con profundidad, es quizás el primer paso para dejar de arrojar nombres al coliseo.
La cultura, en su mejor versión, no debería servir para escarmentar, sino para comprender. Este principio debería estar en el corazón de toda propuesta educativa. Sin embargo, muchas veces, el sistema educativo replica lógicas punitivas similares a las del linchamiento simbólico: el error es penalizado, la diferencia es silenciada y el pensamiento crítico es reemplazado por la repetición de discursos oficiales. En lugar de formar ciudadanos capaces de dialogar, comprender contextos y construir narrativas compartidas, muchas instituciones terminan reproduciendo estructuras verticales que legitiman el juicio sin escucha. Para transformar esto, es urgente una pedagogía de la empatía, que enseñe no solo a pensar, sino a pensar con y para otros.
Desde la historia, podemos advertir cómo las sociedades han oscilado entre la compasión y la exclusión, entre el diálogo y el castigo ejemplar. La Inquisición, los espectáculos públicos de ajusticiamiento, los escraches y purgas políticas de diferentes regímenes nos muestran que el uso de la vergüenza colectiva como herramienta de orden no es nuevo. Sin embargo, también la historia nos enseña que estas prácticas no conducen a un bienestar social duradero, sino a ciclos de resentimiento, miedo y represión. Recuperar una conciencia histórica crítica puede ayudarnos a identificar patrones que aún persisten bajo formas actualizadas —como el linchamiento digital— y construir así una cultura que priorice la justicia restaurativa por encima del castigo público.
La antropología aporta una mirada profunda sobre cómo cada sociedad construye sus mecanismos de inclusión y exclusión. Las culturas tradicionales contaban con rituales que permitían reinsertar a quienes habían cometido errores, mientras que otras optaban por la marginación o la muerte simbólica. En el presente, se ha globalizado una forma de castigo sin ritual de reparación: el sujeto cancelado, escarnecido públicamente, rara vez encuentra un camino de retorno. Esto genera no solo una cultura del miedo, sino también una sociedad menos capaz de integrar la contradicción, el cambio y el crecimiento. El bienestar colectivo no se logra a través de la exclusión, sino mediante estructuras culturales que comprendan la fragilidad humana como parte del tejido social.
Pensar en una cultura del bienestar implica entonces superar la lógica de la sanción permanente. Implica promover entornos donde el desacuerdo no sea sinónimo de guerra simbólica, y donde la vulnerabilidad no sea usada como arma. Solo a través de una educación centrada en la ética del cuidado, una lectura crítica de la historia y una comprensión antropológica de nuestras prácticas podemos aspirar a una cultura verdaderamente humana. De lo contrario, corremos el riesgo de seguir alimentando un coliseo sin salida, donde la justicia se confunde con la humillación y la cultura con la condena.