¡Las calaveras me pelan los dientes!
Es muy probable que no haya pueblo en el mundo, como el mexicano, tan afín a la muerte. En nuestro país la muerte es respeto, temor pero también celebración, fiesta y ofrenda espiritual en una amalgama de sentimientos encontrados.
“La vida no vale nada”, hace constar la canción de José Alfredo, quizá para esconder en el subconsciente lo único que tenemos de valor: la vida misma.
Y así nos vamos los mexicanos, en el exorcismo jubiloso, de frontera a frontera, para alejar a la muerte de nuestros sueños y de una realidad frustrante y neblinosa.
No hay macho mexicano que se respete -como Jorge Negrete, por ejemplo-, que no se sienta ahijado de la muerte. Por eso desprecia la vida, la ofrece en un volado en la palabra que ofende, en la conducta retadora de todos los días, en la inconsciencia del último trago, que al fin y al cabo ¡la vida no me merece qué caray!
Pintores y poetas han recreado esta visión multifacética del sentimiento popular de México. Dos de nuestros grandes poetas han escrito:
-¡Vida, nada te debo; vida, estamos en paz!
-¡Quiero morir cuando decline el día, en alta mar y con la cara al cielo!
Parecen versos escritos especialmente para adornar los murales de Diego Rivera o los cuadros de Frida Kahlo o los grabados de José Guadalupe Posada, o como los murmullos salidos de las páginas de Pedro Páramo, que tan magistralmente percibiera Juan Rulfo.
La muerte -drama, sufrimiento, liberación- está ligada al destino de los mexicanos de manera indisoluble. Sus lazos tienen que ver con un antiguo lenguaje con el cual nuestros antepasados se comunicaban y soñaban con sus dioses propicios.
Rojo y negro de la mentalidad mexicana: Vida y Muerte, celebración y sacrificio respetuoso, fiesta y responso, color y niebla, todo en una calaverita de dulce que desaparece en un instante, porque a mí las calaveras…me pelan los dientes.
pacofonn@yahoo.com.mx
















