Una vez, un hombre llamó a Dios, siguiendo la tradición masónica, “el gran Arquitecto” en presencia de un grupo de amigos, y al instante uno de éstos le dijo así:
-No llames a Dios el gran Arquitecto. Ese nombre no le conviene en modo alguno.
-¡Claro que le conviene! –respondió aquél-. ¿Que no hizo Él todas las cosas? ¿No construyó el edificio del mundo?
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‘Mira –dijo Moisés al Altísimo-, yo iré a los israelitas y les diré: el Dios de sus padres me ha enviado a ustedes. Pero si ellos me preguntan cómo se llama, ¿qué les respondo?’. Dios dijo a Moisés: Yo soy el que soy. Esto dirás a los israelitas: ‘Yo soy’ me envía a ustedes” (Éxodo 3, 13-14).
He aquí uno de los textos más importantes no sólo del Antiguo Testamento, sino de la Escritura entera: Dios revela su nombre y, a partir de entonces, con este nombre deberá ser invocado. Pero, ¿por qué hizo Moisés esta pregunta?, ¿por qué se empeñó en conocer el nombre de Dios? ¿Es que acaso Dios no es, como han dicho los filósofos de todos los tiempos y culturas, el Incomprensible e Indecible, el Inaccesible e Inefable? La pregunta de este hombre puede parecernos indiscreta, si no es que hasta ingenua; y, sin embargo, en dicha pregunta hay mucho más que mera curiosidad: hay el deseo de entrar en relación con este Dios al que se puede escuchar, sí, pero también hablar. ¿O es que no estaba en ese mismo instante conversando con Él?
Los pensadores han dado a Dios, en el curso del tiempo, todos los nombres posibles: Baruch Spinoza (1632-1677), el filósofo de Ámsterdam, lo llamó “la sustancia universal”; Hegel (1770-1831), “el espíritu absoluto”; Hocking (1873-1966), “el Todo cósmico”; Schleiermacher (1768-1834), por su parte, creyó haber encontrado la fórmula perfecta llamándolo simplemente, “el Universo”; y, a su vez, hay quien lo ha llamado “la suprema energía”, “el Todo”, “el gran Arquitecto”, etcétera: nombres éstos que, por lo demás, Dios nunca se dio a sí mismo.
-Sí –respondió el amigo-. Pero un arquitecto, una vez que ha concluido las obras de construcción, sencillamente se retira. ¿O has visto tú que un arquitecto, al ver lo bonita que le ha quedado una casa, se quede a vivir en ella? Si eso hiciera con la tuya, por ejemplo, con todo derecho deberías entablar con él un proceso judicial. De un arquitecto queremos dos cosas: que construya y se vaya. Pero Dios, aunque ha construido, como dices, ni se ha ido del mundo ni se irá.
Dios no dijo de sí mismo que era un arquitecto y ni siquiera un relojero; tampoco le dijo a Moisés que era el espíritu absoluto, sino que se limitó a decirle: “Yo soy el que soy”. Y añadió: “Esto dirás a los israelitas: el Dios de sus padres, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a ustedes. Éste es mi nombre para siempre; así me llamarán de generación en generación” (Éxodo 3, 15). Pero, ¿qué tienen que ver, por lo menos aquí, Abraham, Isaac y Jacob? ¿Por qué Dios se define a sí mismo como el Dios de ellos? Por una sencilla razón: porque Dios no es el Inaccesible del que muchos hablan, sino el Dios del diálogo y las relaciones: Alguien, como ya hemos dicho, al que se le puede dirigir la palabra y que responde a su vez: un Dios de los hombres cuya esencia consiste en comunicarse.
Una amiga mía me regaló hace poco un libro titulado El secreto. Lo hojeé con calma y cuando vi que la autora se dirigía a Dios llamándolo –como Schleirmaher- “el Universo”, corrí a la cocina y lo puse cuidadosamente en el bote de la basura. “¡Háblale al Universo!”, leí en la primera página. Pues bien, como no soy tan loco como para hacer una cosa semejante, decidí que ya no era posible, ni tampoco necesario, seguir adelante. ¿Hablarle al Universo? Eso es algo tan absurdo como ponerme a hablar con la energía, es decir, con el foco de mi cocina. El Principito, cuando llegó a la tierra, habló una vez con el universo, pero lo único que obtuvo como respuesta fue el eco de su propia voz.
A comienzo de la década de los años 60, un joven teólogo llamado Joseph Ratzinger –y que llegaría a ser, más tarde, el Papa Benedicto XVI- escribió un opúsculo al que puso el título de El Dios de la fe y el Dios de los filósofos; en él dijo lo siguiente: “¿Qué significa, pues, este hecho del nombre de Dios? El nombre no es expresión del conocimiento de la esencia, sino que hace de un ser que éste sea apelable… De la apelabilidad se sigue la relación de la existencia con el ser a nombrar. Si Dios se da un nombre entre los hombres, no expresa con ellos propiamente su ser, sino que, más bien, establece la apelabilidad, se hace accesible al hombre, entra en la relación de la coexistencia con él, o sea, admite a los hombres a la coexistencia consigo”. Y prosigue: “En este hecho de revelar su nombre queda manifiesta una importante contraposición en relación con el Dios de la filosofía griega: en la filosofía es el hombre el que desde sí mismo busca a Dios; en la fe bíblica es Dios mismo, y sólo Dios, el que establece en libertad creadora la relación Dios-hombre. Así, la contraposición entre el nombre de Dios y el concepto de Dios se hace ya más clara y determinada: El Dios de los filósofos es el Dios al cual no se le reza; con el que hay unidad –esto es, la unidad que piensa el pensamiento como la más profunda verdad-, pero ninguna comunidad que esté fundada por Dios mismo”.
Los que hablan de Dios, siempre estarán en la tentación de llamarlo como les dé la gana; pero Dios, al revelar su nombre, no ha querido que los hombres se limiten a hablar de Él, sino, sobre todo, que hablen con Él. Al Dios de la Biblia es posible llamarlo, invocarlo y rezarle: un Dios, para seguir con ejemplos tomados de El principito, que se revela no para que discutamos acerca de su naturaleza o de su esencia, sino para que creemos con Él todo tipo de lazos.
Pd. queridos amigos: Les hago la cordial invitación a asistir a la presentación de mi libro recién salido de los talleres de la editorial buena prensa: elogio de la inteligencia cristiana. un paseo por la obra de orígenes y clemente de alejandría. el próximo miércoles 2 de mayo, a las 5 pm, en el auditorio del seminario mayor (carretera a México, eje 114) con motivo de la 2ª edición de la feria del libro católico. (tels. 8-24-50-19 y 8-24-50-98). Muchas gracias. Su amigo, Juan Jesús Priego.