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Análisissábado, 15 de junio de 2024

Opinión | El éxito de los malvados

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¿Por qué triunfan los malos? ¿Por qué a los buenos, a menudo, les va mal? En todas las páginas de la Biblia, o en casi todas, aparece esta pregunta, formulada en los tonos más diversos.

Y hay que reconocer que se trata, por decirlo así, de un problema teológico verdaderamente serio. No siempre a los buenos les va bien, y no siempre a los malos les va mal. En realidad, uno esperaría que… Y, sin embargo…

Para responder a esta pregunta eterna, que a veces adquiere visos de verdadera desconfianza hacia la providencia divina, me valdré de una sugestiva meditación de San Roberto Belarmino (1542-1621) que, pese a haber sido escrita en pleno siglo XVI, no ha perdido nada de actualidad.

Tómese esto como un mero preámbulo. ¡Lo que sigue es lo bueno! Atención, pues:

Pero si yo expresara mis angustias a San Roberto Belarmino, él me diría al instante: “¡Espera! ¡Ten paciencia! Tú juzgas la representación únicamente por el primer acto. Aguarda el final y verás. Un día el telón caerá y entonces…”.

Y si yo siguiera protestando que no es justo que a los malos les vaya tan bien y le preguntara por qué Dios permite semejante injusticia, él me respondería con las mismas palabras que dejó escritas en su Elevación sobre los misterios, la obra que hemos citado más arriba:

“Por otra parte –seguiría diciéndome San Roberto-, Dios permite que los justos sean afligidos con pobreza, baldones y pruebas varias, ya para purgar en esta vida sus leves pecados, ya para coronar más gloriosa y espléndidamente su paciencia, humildad y demás méritos en la vida eterna”.

Si San Roberto, ante mi angustia por la prosperidad de los malos, me hablara así, yo ya no tendría nada que objetar. Sólo exclamaría: “¡Ah!”, como hacen los que han comprendido, por fin, un insoportable misterio. Y, acto seguido, me pondría a alabar a la providencia divina, que nunca se equivoca y es infinitamente justa.

Cundo Jesús contó la parábola de Lázaro y el rico insensato, puso en boca del bienaventurado Abraham estas palabras, dirigidas al rico que gemía de dolor en el infierno:

“-Recuerda, hijo, que ya recibiste tus bienes durante la vida y Lázaro, en cambio, males. Ahora él está aquí consolado, mientras que tú estás atormentado” (Lucas 16, 25).

Al escribir su Elevación, ¿pensaba San Roberto en estas palabras de Jesús puestas en boca del patriarca? Es muy probable. En todo caso, si la impunidad policíaca nos pone siempre los pelos de punta, ¿cómo nos los pondría la impunidad divina?

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión

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