Opinión | El éxito de los malvados
¿Por qué triunfan los malos? ¿Por qué a los buenos, a menudo, les va mal? En todas las páginas de la Biblia, o en casi todas, aparece esta pregunta, formulada en los tonos más diversos.
Y hay que reconocer que se trata, por decirlo así, de un problema teológico verdaderamente serio. No siempre a los buenos les va bien, y no siempre a los malos les va mal. En realidad, uno esperaría que… Y, sin embargo…
Tómese esto como un mero preámbulo. ¡Lo que sigue es lo bueno! Atención, pues:
Pero si yo expresara mis angustias a San Roberto Belarmino, él me diría al instante: “¡Espera! ¡Ten paciencia! Tú juzgas la representación únicamente por el primer acto. Aguarda el final y verás. Un día el telón caerá y entonces…”.
Cundo Jesús contó la parábola de Lázaro y el rico insensato, puso en boca del bienaventurado Abraham estas palabras, dirigidas al rico que gemía de dolor en el infierno:
“-Recuerda, hijo, que ya recibiste tus bienes durante la vida y Lázaro, en cambio, males. Ahora él está aquí consolado, mientras que tú estás atormentado” (Lucas 16, 25).
Al escribir su Elevación, ¿pensaba San Roberto en estas palabras de Jesús puestas en boca del patriarca? Es muy probable. En todo caso, si la impunidad policíaca nos pone siempre los pelos de punta, ¿cómo nos los pondría la impunidad divina?
















