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Análisissábado, 28 de septiembre de 2024

Opinión | El nuevo ateísmo

Les explico a mis alumnos que el ateísmo ha ido cambiando de rostro con el pasar de los siglos; que siempre ha existido, pero cada vez se ha expresado de distinta manera.

Ya sé –les digo- que hay quien asegura que no hubo ateos en el mundo antiguo, pero yo sostengo contra quien sea que siempre los hubo, los ha habido y los habrá.

Hoy el ateísmo –digo- no tiene otras razones que el egoísmo y la pereza. Se trata del egoísmo del que no puede permitir que nadie se inmiscuya en sus asuntos y de la pereza de aquel joven que un domingo fue despertado por sus padres para ir a Misa.

-¿A Misa? –respondió el muchacho arrebujándose entre las sábanas-. ¡Pero si yo no creo en Dios!

Hoy el ateísmo no presenta un rostro crispado –como el de Nietzsche-, ni un rostro atormentado –como el de Camus-; hoy presenta, por el contrario, un rostro sonriente, relajado: como el de quien ha lanzado un bostezo que no podía reprimir por más tiempo.

Pero ya no pude seguir diciendo más cosas sobre este asunto, porque sonó el timbre y hube de callarme, so pena de que mis alumnos se quejasen a la dirección por abusar de su precioso tiempo.

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión

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