Opinión | El nuevo ateísmo
Les explico a mis alumnos que el ateísmo ha ido cambiando de rostro con el pasar de los siglos; que siempre ha existido, pero cada vez se ha expresado de distinta manera.
Ya sé –les digo- que hay quien asegura que no hubo ateos en el mundo antiguo, pero yo sostengo contra quien sea que siempre los hubo, los ha habido y los habrá.
Hoy el ateísmo –digo- no tiene otras razones que el egoísmo y la pereza. Se trata del egoísmo del que no puede permitir que nadie se inmiscuya en sus asuntos y de la pereza de aquel joven que un domingo fue despertado por sus padres para ir a Misa.
-¿A Misa? –respondió el muchacho arrebujándose entre las sábanas-. ¡Pero si yo no creo en Dios!
Hoy el ateísmo no presenta un rostro crispado –como el de Nietzsche-, ni un rostro atormentado –como el de Camus-; hoy presenta, por el contrario, un rostro sonriente, relajado: como el de quien ha lanzado un bostezo que no podía reprimir por más tiempo.
Pero ya no pude seguir diciendo más cosas sobre este asunto, porque sonó el timbre y hube de callarme, so pena de que mis alumnos se quejasen a la dirección por abusar de su precioso tiempo.













