Análisisdomingo, 9 de noviembre de 2025
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En tiempo de Cristo era convicción común que Dios había puesto su morada entre nosotros en el templo de Jerusalén («la morada de su gloria») de un modo tan exclusivo que no se podían ofrecer sacrificios y celebrar fiestas fuera de él. De ahí, las peregrinaciones obligatorias durante la Pascua y otras fiestas y las periódicas «subidas al templo» para orar. Jesús, con aquellas palabras, quiere romper esta especie de cerco estrecho en tomo a Dios, que terminaba con casi secuestrarlo para el resto del mundo. Salomón mismo, por lo demás, en el acto de dedicar el primer templo, había declarado: «¿Es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el cielo y en lo más alto del cielo, ¡cuánto menos en este templo que te he construido!».
Jesús enseña que el templo de Dios es primordialmente el corazón del hombre, que ha acogido su palabra. Hablando de sí y del Padre dice: «Vendremos a él, y haremos morada en él» (Juan 14, 23). Pero lugar de la presencia de Dios y de Cristo es, asimismo, allí «donde dos o tres se reúnen en su nombre» (Mateo 18,20).
Entonces, ¿por razón de qué, nosotros, los cristianos, damos tanta importancia a la iglesia, si cada uno de nosotros puede adorar al Padre en espíritu y verdad en el propio corazón o en su casa? ¿Por qué esta obligación de acercarse cada domingo a la iglesia? La respuesta es que Jesucristo no nos salva separadamente a los unos de los otros; él ha venido a formarse un pueblo, una comunidad de personas, en comunión con él y entre sí. Vale, también, sobre la presencia de Dios en la tierra aquello que Juan dice de la Jerusalén celeste: «Ésta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios» (Ap 21,3).
Ahora bien, un medio y un lugar en el que debiera ser posible hacer experiencia de lo sagrado es precisamente la iglesia, entendida como edificio sagrado. Lo que está dentro de su recinto es sagrado. ¡Cuántas personas en el pasado han encontrado a Dios escuetamente entrando en una iglesia! Una de ellas ha sido el poeta Paul Claudel, que volvió a encontrar la fe entrando un día en la catedral de Nôtre Dame de París. «Toda la fe de la Iglesia, dijo más tarde, entró en aquel momento dentro de mí».
Por esto, es necesario preservar o restituirles a nuestras iglesias el clima de silencio, de respeto y de compostura que se conecta con ello. Lo que Jesús decía del templo de Jerusalén vale, todavía, para los templos cristianos: «Mi casa será casa de oración» (Lucas 19, 14). Es necesario estar atentos a no «profanar» la iglesia, a no hacerla algo banal.