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Culturasábado, 6 de julio de 2024

Nunca es tarde para sonreír

Nunca es tarde para sonreír

Alberto Serrato

Se detuvo en el aire, bajó la guardia y solo estrelló el látigo suavemente contra su mano izquierda. El lobo americano, quien fungía como el depredador, huyó en medio de chillidos y se perdió en la penumbra de la escena.

Estimados lectores, para ir al grano, así fue cómo el pequeño Aytor terminó en manos del miserable Maiden, luego de haber sido arrojado por su madre en aquel escabroso camino por sufrir malformaciones y enanismo severo.

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