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El reciente estreno de Las Muertas en Netflix, dirigida por Luis Estrada, ha devuelto a la superficie un territorio incómodo de la cultura mexicana: ese donde la violencia convive con el humor, donde lo grotesco se transforma en espejo, y donde la risa no es simple evasión sino un ejercicio crítico.
La adaptación televisiva ha puesto en el centro nuevamente a Jorge Ibargüengoitia, un escritor que desde hace décadas convirtió la solemnidad en farsa y los mitos en parodia, para recordarnos que detrás de la épica nacional se esconde un escenario humano lleno de contradicciones.
Ibargüengoitia se abrió paso en la literatura mexicana como un intruso irreverente en un salón de estatuas. Mientras los discursos oficiales repetían los nombres de los héroes con reverencia, él se atrevió a despojarlos del bronce para devolverles la piel, el sudor y la torpeza. Su narrativa, cargada de ironía, farsa y humor negro, fue como un ácido que corroe la pátina de los monumentos. De esa corrosión emergió un retrato distinto: no el de los semidioses de la historia, sino el de hombres y mujeres sometidos a sus ambiciones, mezquindades y delirios. Lo que parecía intocable —la Independencia, la Revolución, los padres de la patria— se volvió en sus páginas un territorio de contradicciones humanas. Ana Rosa Domenella lo señaló con agudeza: Ibargüengoitia fue uno de los primeros en desmitificar los contenidos de la historia mexicana, en arrancarles la máscara solemne a los héroes y presentarlos como criaturas vulnerables, muchas veces ridículas, siempre humanas.
Ese gesto, más que irreverencia, fue un acto de democratización de la memoria: mostrar que la historia no está hecha de figuras inmaculadas, sino de sujetos atravesados por pasiones, intereses y errores. La suya era una pedagogía de lo grotesco, una forma de humanizar lo sagrado para devolverlo al debate público. Allí donde la retórica oficial construía mitos, Ibargüengoitia levantaba farsas; donde se buscaba perpetuar la gloria, él exhibía la vanidad; donde se esperaba veneración, él regalaba carcajadas incómodas. Con ello abrió un espacio nuevo en la literatura mexicana, en el que la sátira dejó de ser un género menor para convertirse en una herramienta crítica capaz de desnudar tanto la grandeza como las miserias de la nación.
Su trilogía más conocida, que recorre desde la Independencia hasta la vida provinciana del siglo XX, es una cartografía de ese desmontaje. En esas páginas, la historia oficial aparece desnuda, incapaz de sostener su retórica heroica. Ibargüengoitia se sirvió de la nota roja como materia literaria: lo que para la prensa era escándalo sangriento, para él era diagnóstico cultural. La tragedia de las Poquianchis, convertida en ficción en Las Muertas, revelaba no solo el horror de un crimen, sino la ceguera de una sociedad entera que prefería mirar hacia otro lado.
Su arte consistía en convertir el espanto en risa amarga. No era una burla ligera, sino una risa que duele, como la de quien se descubre en un espejo deformante. Esa capacidad para exhibir lo ridículo en lo solemne y lo grotesco en lo cotidiano lo convierte en un escritor fundamental de nuestra tradición. Al transformar el horror en sátira, abría una grieta para que el lector se reconociera en medio de sus propias contradicciones. En esa grieta se asomaban también la sexualidad y el poder, dos fuerzas íntimamente ligadas en la historia mexicana. Ibargüengoitia comprendió que detrás de las grandes gestas políticas o de las instituciones moralizantes se escondía una sensualidad reprimida, un deseo convertido en transacción, en dominio, en violencia. La prostitución, la trata de mujeres, los enredos eróticos de sus personajes no eran meros adornos narrativos, sino un retrato de cómo la sensualidad nacional había sido secuestrada por las lógicas del control y la corrupción. Su literatura mostró que el poder en México no solo se expresa en discursos, uniformes o decretos, sino también en los cuerpos: cuerpos disciplinados, explotados, gozados o negados. Esa manera de entrelazar la risa con el erotismo, el miedo con el deseo, revelaba un país donde lo íntimo y lo político se confunden, donde la sexualidad es al mismo tiempo terreno de placer y de sometimiento, y donde la sátira se convierte en un modo de liberar lo reprimido, aunque sea por un instante, en la carcajada amarga del lector.
Luis Estrada, décadas después, ha retomado esa herencia y la ha trasladado al lenguaje audiovisual. Sus películas, desde La ley de Herodes hasta Viva México pasando por El Infierno, son un catálogo de la miseria política mexicana, narrada con carcajadas que en realidad son puñaladas. Estrada ha sabido que el humor no es solo entretenimiento: es un espejo oscuro donde el espectador se enfrenta a lo que intenta negar. Las Muertas, en su versión televisiva, prolonga ese gesto. Con actuaciones sólidas y una ambientación magistral que oscila entre el realismo y el esperpento, la serie nos obliga a reconocer que las heridas de los años sesenta siguen abiertas, que el patriarcado y la explotación no son un recuerdo, sino un presente.
Lo grotesco, tanto en la pluma de Ibargüengoitia como en la cámara de Estrada, funciona como un prisma que deforma para revelar. Al exagerar, muestran lo intolerable. Al ridiculizar, desarman las certezas. La risa que provocan no es alivio, sino incomodidad. Es la risa que acompaña al reconocimiento: nos reímos porque lo que vemos es demasiado cercano, demasiado real, demasiado doloroso. Así, el humor se convierte en un acto de resistencia frente a la solemnidad del poder, frente a los discursos que buscan silenciar la crítica con la máscara de la gloria.
La nota roja, tantas veces despreciada como simple espectáculo de sangre, se convierte en este horizonte en un archivo de la moral social. Allí se registran los excesos, las miserias y los silencios cómplices. Ibargüengoitia la transformó en literatura; Estrada la convierte en serie. En ambos casos, el morbo se desplaza hacia la reflexión: lo que parecía trivial se revela como síntoma profundo de una cultura que convive con la violencia como parte de su cotidianidad.
La coincidencia entre escritor y cineasta revela una tradición que atraviesa nuestra historia cultural: la de aquellos que, en lugar de sumarse a la solemnidad, se atreven a desmontarla con humor corrosivo. No se trata de banalizar, sino de devolver lo humano a lo que había sido sacralizado. Reírse de los héroes no es destruirlos, sino rescatarlos del mármol y llenarlos de vida. Convertir en farsa los discursos oficiales no es negar la historia, sino impedir que se vuelva dogma.
EnLas muertas, Arcelia Ramírez se posiciona con fuerza como una voz esencial del cine nacional, encarnando con maestría a Arcángela Baladro, un personaje complejo que expone las heridas profundas de una sociedad patriarcal. Su interpretación no solo es técnicamente impecable, sino también emocionalmente demoledora: ella da cuerpo y alma a un personaje que exige ser escuchado. Ramírez, ya reconocida por papeles intensos y comprometidos, se convierte aquí en la representación viva del eco femenino que resuena en la historia, mostrando que el cine puede ser trinchera, espejo y denuncia. A su lado, Paulina Gaitán ofrece una actuación igualmente vigorosa, logrando una química inquietante que enriquece el retrato de estas mujeres marcadas por la tragedia y el poder. El elenco se redondea con actores como Alfonso Herrera y Joaquín Cosío, quienes aportan fuerza narrativa a través de personajes claves en la caída de las Baladro, en una historia que jamás pierde tensión.
Luis Estrada, por su parte, finalmente concreta una obsesión artística que lo ha acompañado desde la adolescencia. Para él, adaptar la novela de Ibargüengoitia no es solo un logro profesional, sino la culminación de un deseo personal arraigado en el amor por la sátira literaria y el humor negro. Más allá de una simple adaptación, Las muertas representa el cruce de caminos entre una historia brutal y una mirada cinematográfica afilada que busca despertar conciencia a través de la ironía. Que haya elegido poner en el centro a dos mujeres tan complejas y contradictorias habla de una evolución dentro de su filmografía y de un giro que merece ser aplaudido, sobre todo en un cine nacional que pocas veces concede protagonismo femenino de esta magnitud y profundidad.
En tiempos en que se vuelve a pensar sobre el lugar del poder sus rituales y sus narrativas solemnes, la voz de Ibargüengoitia adquiere una vigencia renovada. Y Estrada, con su serie, nos recuerda que la sátira no es un juego frívolo, sino una pedagogía política y cultural. La risa, entendida así, es un martillo que rompe vitrinas, un bisturí que corta las capas de solemnidad para mostrar la carne viva de un país.
Las Muertas no es solo una ficción ni una adaptación televisiva: es una invitación a volver a la obra de Ibargüengoitia y a reconocer que el humor ácido, cuando es profundo, se convierte en un modo de confrontar la realidad. Tal vez sea necesario reírnos de nuestros fantasmas para empezar a exorcizarlos. Tal vez, en el fondo, la farsa sea la forma más honesta de narrar nuestra historia.