Análisisviernes, 11 de julio de 2025
Todavía no se me va de la cabeza aquella imagen ya relatada. Es una tarde de domingo en un buen restaurante de la ciudad de Oaxaca. Una gran mesa está dispuesta para una magna reunión. Poco a poco van llegando a ella familiares: hermanos, madres, tíos, sobrinos, primos… Todos ocupan un lugar. De pronto llega una mujer anciana acompañada de una asistente para ayudarla a caminar.
Le habían reservado la cabecera de la mesa porque es el lugar privilegiado. Era su cumpleaños y acudieron para felicitarla y celebrar. Eran algo así como quince personas vestidas de domingo.
Los meseros se aproximan y entregan a cada uno las cartas con los alimentos ofrecidos ahí. Todos bromean de forma discreta y hasta alegre. Al poco rato se acercan de nueva cuenta los meseros para tomar la orden de cada uno. La abuela primero. Y así todos. Ahora la espera.
Uno a uno saca de su bolsa su teléfono celular y comienzan a escribir mensajes en él. Ahora todos tienen la cabeza gacha y la vista en la pantalla del celular que tienen en las manos y con el que se comunican con alguien lejano. Ya nadie platica. Ya todos guardan silencio. Están atentos a los mensajes que reciben. Algunos escriben, otros leen y sonríen… Están en otro mundo.
Los meseros traen los platillos. Pocos miran el alimento pero siguen con su celular… Comienza la comida, pero no comen. El teléfono celular es primero, aunque se enfríen los alimentos. La abuela los mira desde su lugar privilegiado y comienza a comer. Los demás ajenos a todo. La celebrada sigue comiendo, en silencio… Todos fuera de este mundo, en su mundo cibernético, en su mundo lejano de amigos o conocidos lejanos…
Luego de un gran rato, la abuela pide la cuenta. Uno de los hijos se apresura a recibirla. Dividen la cuenta entre los mayores. Pagan. Terminan. Mucha comida quedó ahí. Se levantan, se abrazan, besan y apapachan a la abuela por su cumpleaños. Se van retirando. Al final la abuela cenó sola.
O como aquella recriminación del gran poeta romano Horacio en el año 60 aC., a un amigo suyo:
Me invitas a tu festín con tus amigos y me dejas solo. Ninguno habló conmigo a pesar de mis esfuerzos. Gracias con afecto, pero me fui… es que ¿sabes? No me gusta comer solo
Hace apenas unos días en una mesa de amigos-colegas, recordábamos aquellos tiempos de nuestros inicios en la tarea del periodismo. Nuestras gestas. Nuestros esfuerzos. Nuestros sueños. Y ese mundo tan lejano y tan cercano a todos nosotros.
Aquella llegada primera a la redacción de un periódico impreso o medio electrónico (radio o televisión). Aquella grandiosa melodía del ruido de máquinas de escribir manuales (Olympia, Olivetti o Remington). Aquellas carreras por salir a cubrir la información asignada o de acuerdo con la fuente que se les había fijado a algunos.
Y la llegada por la tarde para escribir la nota. Esmerados en que fuera la “nota de Ocho”, como se llama a la nota principal en la primera plana del periódico, lo que era un triunfo profesional.
Los gruñidos del director general porque “te faltó esto… y esto… y esto…” O los reclamos del jefe de información y los rezongos del jefe de redacción, de los correctores… De todo ese mundo que participaba en forma sinfónica para hacer un periódico -entonces-. Luego en salas de redacción de medios electrónicos. Todo era vertiginoso. Apasionante. Amoroso.
Luego del día difícil de reporteo y de la entrega oportuna de la nota del día, podíamos reunirnos en algún lugar al que habíamos designado como nuestro espacio de convivencia, para platicar, para dirimir diferencias, para abrazarnos, para reír, para relatar anécdotas del día, para desahogar los entripados, para confiar unos a otros lo que se traía en el buche y hasta para la creación...
Como ocurrió en 1934, que en una de esas chorchas de cantina, entre pájaros de oficio periodistas, al fragor de las carcajadas y los retos, don Renato Leduc escribió en una servilleta el soneto “Tiempo”, esa obra por la reflexión y la valoración de la vida. Fue el tabasqueño Adán Santana quien retó al viejo maestro escritor y periodista a escribir el soneto con el pie de verso “hay que darle tiempo al tiempo”, sabiendo las dificultades de rimar la palabra “tiempo”. Y nació la joya:
Sabia virtud de conocer el tiempo; a tiempo amar y desatarse a tiempo; como dice el refrán dar tiempo al tiempo, que de amor y dolor, alivia el tiempo…
Pero sobre todo eran momentos que extendían el día a día; cuando juntos y cada uno por su lado estábamos en la brega periodística. En la redacción convivíamos pero eran encuentros fugaces porque había que estar listo para entregar y defender nuestra información.
Por eso era bueno reunirnos en chorcha sabrosa luego de la labor cumplida, o incumplida, depende. Salíamos de aquellos lugares nutridos por la sociabilidad y el diálogo felices. Nos veíamos. Nos conocíamos. Conocíamos los alcances de cada uno. El estilo de trabajo de cada cual. Y a veces hasta los problemas familiares. Muchos nos hicimos grandes amigos y permanecemos así al paso del tiempo.
Pero sobre todo había comunicación cara a cara. Había la mirada en otras miradas que nos decían felicidad o tristeza, enojo o satisfacción, furia contenida o exaltación. Éramos seres humanos frente a otros seres humanos.
Esto estaba en el ánimo de quienes dieron nombre a aquel periódico inolvidable “UnomásUno”, aquel de la calle Miguel Ángel en Mixcoac, a finales de los setenta. “UnomásUno”, es uno con otro, uno frente a otro, uno y otro: el diálogo, el ciclo de la comunicación, lo humano: uno más uno es dos que se comunican, que dialoga, que acuerdan…
Sin pensarlo llegaron las nuevas tecnologías de comunicación. Aquellos aparatejos que de pronto aparecieron en las redacciones: primero fue el sorprendente Fax. Luego los “Bip” para localización y mensajes; de pronto las computadoras infernales que sustituirían a nuestras amadas máquinas de escribir manuales “con original, papel carbón y tres copias” …
Esas computadoras serían la solución a muchas horas de trabajo, a distancias insospechadas, a redactar con la confianza de poder corregir al momento, a la entrega en línea a las diferentes oficinas encargadas de la edición. Y sobre todo que, cuando salieron, podíamos cargar con las famosas “lap top” por todos lados. Cada reportero podía enviar su nota desde recónditos lugares si se tiene señal de internet…
Y por supuesto surgió el teléfono celular. Al principio como un privilegio reservado a unos cuantos.
Ese mismo teléfono que día a día fue reinventándose y agregando nuevas funciones. Mayores facilidades de uso y de comunicación a distancia: mensajes, respuestas, distancias eliminadas.
Y las redes sociales. Las que dan paso abierto a todo mundo. Lo más democrático en tecnología de la comunicación. Todos pueden estar ahí, enviar mensajes, recibirlos, contestar, decir, distribuir imágenes, ideas, reacciones; proponer, repudiar; dialogar frente a una imagen que está, pero que no está aquí; estar-estar-estar en redes es lo nuestro de cada día.
Una avalancha de posibilidades antes inexistentes pero ya en nuestra vida y en nuestro mundo. Un pasado que terminó y otro que llega impetuoso, avasallante, dominante, gracioso, de gran ayuda, sí, de mucha ayuda; pero también de enorme riesgo y aislamiento y soledad: depende de su uso y de quién les dé, para qué y por qué, cómo, cuando y con quién.
Pero al mismo tiempo que son de enorme utilidad y que todos, niños, jóvenes, viejos, debemos estar dispuestos a estas novedades minuto a minuto, a los cambios tecnológicos y científicos, al mismo tiempo da la impresión de que la comunicación humana se restringe.
Sí, convivimos con otros, con muchos, el día a día es estar con otras personas: pero: deveras nos conocemos, deveras nos miramos, deveras nos sentimos; deveras establecemos ese caluroso afecto que se da en la casa, en la oficina en la calle, en el “buenos días” de cada día…
En el “¿Cómo estás? En el abrazo fraterno. En el estrechar de manos. En el mirarse a los ojos. En el decir “te quiero” con la mirada y la sonrisa inolvidable. Eso es. No todo tiempo pasado fue mejor, como tampoco todo lo presente es mejor: pero es lo que nos toca vivir y hay que vivirlo en tono optimista. Porque el tiempo pasa para todos, jóvenes y no jóvenes…
“Sabia virtud, de conocer el tiempo: a tiempo amar, y desatarse a tiempo; como dice el refrán, dar tiempo al tiempo…”.