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Con el ataque que se realizó ayer, bajo la operación Lanza del Sur, EU suma un saldo de al menos seis personas fallecidas en lo que va del mes por ataques en el Pacífico
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Este lunes estudiantes caminaron sobre la autopista México-Querétaro para tomar la caseta de Tepotzotlán y exigir atención a casos de corrupción al interior del plantel.
Esta línea ferroviaria que conectará a la CDMX desde la terminal ferroviaria de Buenavista con el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles comenzó su construcción en 2021
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Cuando hablamos de tecnología en México pensamos en celulares nuevos, televisores que parecen ventanas al futuro o en la inteligencia artificial que hasta hace tareas. Pero hay otro México, uno que rara vez aparece en los anuncios o en los foros de innovación: el de las comunidades donde lo urgente no es el último gadget, sino simplemente poder conectarse.
Hace poco se publicó un reportaje en El País titulado “Justicia social: elemento clave para la transformación digital en la educación en México”, que habla de El Mezquital, Durango, una de las zonas indígenas con más rezago del país. Aquí, mientras muchos seguimos la conversación sobre el metaverso, la prioridad es otra: que los niños puedan estudiar sin que la falta de internet o dispositivos los deje fuera.
En El Mezquital viven casi 49 mil personas; de ellas, 74 por ciento habla al menos una lengua indígena, siendo el tepehuano del sur el más hablado, con más de 31 mil 500 hablantes. Es también el segundo municipio más extenso de Durango, con más de 91 por ciento de la población en situación de pobreza, y 65.5 por ciento en pobreza extrema. Además, un preocupante 33.9 por ciento enfrenta carencias por rezago educativo, y apenas 2.6 por ciento tiene acceso a internet, 4.5 por ciento a una computadora y 29.6 por ciento a un celular.
Durante la pandemia, cuando medio país se adaptaba a clases en línea, miles de niños de El Mezquital simplemente se quedaron desconectados. No porque no quisieran aprender, sino porque la red no llegaba, ni había dispositivos, ni los materiales consideraban su lengua o su cultura.
En lugar de llegar con soluciones empaquetadas desde la capital se hizo un diagnóstico participativo: preguntar primero a maestros, alumnos y familias qué necesitan, qué les sirve y qué no. Parece obvio, pero pocas veces se hace.
De esas conversaciones salieron ideas simples pero poderosas: estrategias de educación híbrida que funcionan aunque la señal sea débil; contenidos que respetan el idioma local; materiales que tienen sentido con la vida diaria de la comunidad. Así, la tecnología deja de ser algo ajeno y se convierte en una herramienta que la propia comunidad ayuda a construir.
Lo de El Mezquital nos recuerda algo básico: la verdadera innovación no se mide por la computadora más potente o la red más rápida. A veces está en diseñar un modelo que respete, que incluya y que sea sostenible y, sobre todo, construida desde y con la comunidad.