¡La noche mágica!...
La idea que los Reyes de oriente que adoraron al recién nacido en el pesebre el cinco regalarán obsequios. Es creencia que desde siempre enraíza en todos los estratos; ricos y pobres.
Esa esperanza nos hace construir una dimensión a la medida de nuestros deseos. Desde siempre, las noches invernales son gélidas y en ese hielo nocturno miramos a los cielos y como nunca destellan las estrellas.
Atisbamos lo infinito, soñamos y así sucede que magia y sueño se conjuntan y entrelazan. Soñar, es tener el permiso de la noche, para asomarnos a los cielos y a sus inmensidades.
O como cuando tatuamos con los labios el primer beso en la boca de la mujer soñada. O cuando la tersura de su mano se rosa con la nuestra. O la primigenia entrega sexual en que inauguramos el panal de los amores corporales.
Nos asienta en la materialidad de un mundo en el que, si queremos alcanzar la felicidad, con esfuerzo y ahínco, hemos de construir los satisfactores mínimos que nos permitan arañar “gajitos” de ella.









