Hojas de papel | Acuérdate de Acapulco
Pero lo dicho es cierto: “No hay plazo que no se cumpla ni fecha que no se llegue”.
Éramos cuatro los pasajeros emocionados: dos imberbes en eso de conocer el mar. La mar. Había temor. Pero nada. Era cosa de esperar un poco.
Era la espera emocionada por llegar para conocer Acapulco. Pero sobre todo su mar. Ese mar prometido, de aguas azules, tibias y generosas, quietas y abrazantes…
Y así fue, de pronto por ahí de las 6 de la mañana comenzamos a percibir un olor que siempre habría de acompañarnos. Que siempre habría de acompañarme: el aroma al mar.
Ese peculiar perfume a sal y a humedad, ese sentido de que ahí hay vida y que esa vida nos mandaba la señal de que al final habríamos de encontrarnos aunque sólo fuera por unos instantes, por un momento, por un día o dos… una eternidad, ahora.
Llegamos a un hotel en la Costera Miguel Alemán. Nada lujoso. Sí pulcro y cómodo. Y en el patio central había una alberca color del azul añil.
Acapulco era entonces y ha sido así por muchos años, el lugar en el que nos refugiamos los que tenemos que decirle algo al mar. Y estar a su lado. En una ciudad en la que todo está dispuesto para que uno sea feliz y al alcance de las posibilidades de cada quien.
Por supuesto los muy ricos acudían a lugares archi-exclusivos y lujosos. Pero también había y hay hoteles de cinco estrellas, o de cuatro o tres o dos… o acaso hoteles de un pico de estrella, porque también los había y hay.
El 25 de abril de 1528 por orden del Rey Carlos I de España, Acapulco pasó a poder directo de la corona tomando el nombre de “Ciudad de los Reyes”.
Siempre ha sido vanagloriado por su excelente ubicación geográfica frente al océano Pacífico, que es la mar calma que se asienta en sus playas de arena como pan molido.
A partir de los años 40 y 50 del siglo pasado comenzó un auge de crecimiento y turístico del puerto. A él llegaban personalidades de todo el mundo para descansar, hacerse al sol, disfrutar las fiestas y la algarabía a la que invitan el mar y sus pescaditos.
“Acuérdate de Acapulco, de aquellas noches, María Bonita, María del alma. Acuérdate que en la playa, con tus manitas, las estrellitas las enjuagabas…”















