México de mentiras
México de mentiras
«Mentimos por placer y fantasía, sí, como todos los pueblos imaginativos, pero también para ocultarnos y ponernos al abrigo de intrusos».
-Octavio Paz, Máscaras mexicanas
Solo queda el ansiado tres. ¡Cántalo, arbitro! ¡Dínoslo de una vez! Que nuestros intentos no sean en vano; que México salve su conciencia. ¡Conquistemos la felicidad! ¡Que termine la búsqueda eterna!
Arte que representa nuestro mayor triunfo: el deporte de la falsedad.
Es, en realidad, un paisaje sonoro. Dominan los gritos de una audiencia en éxtasis.
«¡Pégale con ganas!» «¡Ya no chilles!»; se les suman anuncios de vendedores bien intencionados: «¡CERVEZA! ¡CERVEZA! ¡LLEVE SU CERVEZA!». Como una descarga eléctrica, todo pega en el instante que entras. La esencia de un país adentrándose por tus venas.
«¡Lucharán a dos de tres caídas sin límite de tiempo!». Los anuncios reglamentarios; procesión introductoria. Eucaristía en la Ciudad de México. Entran lentos los luchadores hacia el cuadrilátero anunciado.
Cuando un luchador somete a otro, aparece el árbitro para contar de inmediato. ¡Uno!
Es este el secreto de la nación. Nos mentimos y lo sabemos; nos mentimos y sonreímos.
Aprendimos de Ícaro. Sabiendo que el sol puede quemar nuestras alas y el agua destrozarlas con sus olas, permanecemos en puntos medios que garantizan felicidad momentánea.
Es propio, dados mis esfuerzos, rescatar una metáfora bien conocida del maestro Paz. Pasa, que somos criaturas de mentira. Solo faltaba entender el motivo. Nos ponemos máscaras; fingimos la felicidad aún sabiendo lo que yace debajo de esta tela.
Por algo, las luchas libres fueron tan buen ejemplo. Como los luchadores que admirábamos sentados en butacas de plástico, usamos máscaras para perpetuar la farsa.
Enmascarados, salimos al mundo sabiendo que otros hacen lo mismo. Admiramos las máscaras ajenas como evidencia de una felicidad en tregua por sobre desdichas eternas.
El mexicano finge; obtiene alegría de por medio. Una obra cotidiana de la que queremos ser parte. ¿Por qué? Muy sencillo. Solo así sonreímos.
Cada diez minutos, tiran a un adversario fuera de sus cuerdas. Brincando de una esquina, el peso del luchador tritura al oponente contra la frialdad del suelo. Ni siquiera las reglas intuitivas perduran. Un deporte como nuestros compatriotas; un deporte de mentiras.
La habilidad de ser feliz que tanto admiramos. ¡Que el mundo lo sepa! ¡Que el árbitro lo cante al fin! El mexicano vive enmascarado, pero, en sus disfraces, vive feliz.
















