En México, entre murmullos y flores, una voz antigua nos susurra: la muerte no es el cierre, sino una permitida visita, una cita sagrada entre la ausencia y la presencia.
Decimos: la muerte tiene permiso. Pero en realidad, es la vida quien lo otorga. Y en ese gesto radica nuestra sabiduría ancestral: aceptar lo inevitable sin rendirnos ante la nada.
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Cuando se acercan los primeros días de noviembre, el país entero parece suspender el paso. La tierra se viste de naranja, el viento trae el eco del copal y las lápidas se encienden con la luz trémula de las velas.
Así como en el cuento de Edmundo Valadés, La muerte tiene permiso (1955), donde la voz campesina de Sacramento pide justicia al dar “permiso” a la muerte, nuestra tradición concede un gesto similar, pero invertido: no es la muerte quien pide, sino la vida quien invita. Cada altar es una asamblea íntima de los vivos con sus muertos, un pacto secreto que restituye el equilibrio. Allí donde el dolor encuentra su forma, la memoria se enciende.
En el relato de Valadés, el permiso es un reclamo de dignidad, una exigencia moral que devuelve voz a lo que fue negado. La muerte no es un fin, sino una frontera simbólica donde lo justo se reencuentra con lo humano. De manera semejante, el Día de Muertos convierte esa metáfora en ritual: el permiso que damos a los difuntos es un acto de amor y reconocimiento.
Ya en el México de los pueblos originarios, la muerte era tránsito y transformación. Los antiguos mexicas creían que los destinos del alma dependían de la forma en que se moría, no de cómo se vivía. La muerte era una estación más del viaje cósmico, y su entendimiento impregnaba cada gesto ritual: los ciclos agrícolas, las ofrendas a los dioses, los entierros acompañados por flores, jade o maíz. En ese universo, morir era volver a la tierra, a la lluvia o al fuego, según la vocación de cada vida.
Con la llegada de la Colonia, ese orden simbólico se vio sacudido. El pensamiento cristiano introdujo la idea del pecado, del juicio y del miedo al más allá. Pero las raíces indígenas resistieron y dialogaron con las nuevas creencias, dando origen a una espiritualidad híbrida impuesta que aún camina en los pueblos de México. En ese sincretismo forzado, la muerte dejó de ser condena para volver a ser reciprocidad: el alma se transforma, pero no desaparece.
Hoy, las fiestas dedicadas al culto a los muertos están extendidas por todo el país. Lo vemos en los altares familiares con fotografías, velas, flores y los alimentos predilectos del difunto; en los panteones donde se canta y se vela; en los desfiles multitudinarios que recorren la Ciudad de México. Sin embargo, como toda tradición viva, corre el riesgo de desfigurarse en la rutina o el espectáculo.
Cada vez es más común ver pequeños altares en bancos, oficinas, centros comerciales. La presencia es entrañable, pero también invita a la reflexión: ¿qué sentido guarda un altar sin silencio?, ¿qué memoria puede florecer cuando el símbolo se vuelve decorado? La ofrenda no es adorno: es lenguaje, puente, comunión. Al banalizarla, corremos el riesgo de que el copal se diluya en el aire acondicionado y el pan de muerto se convierta en simple mercancía.
El desfile anual del Día de Muertos —con carrozas, máscaras y catrinas que iluminan el asfalto capitalino— es una expresión fascinante de esta tensión entre la solemnidad y la fiesta, entre la raíz y el artificio. La fiesta colectiva es legítima, pero debería recordarnos que el origen no está en la escenografía, sino en el acto interior de recordar.
Eduardo Matos Moctezuma lo ha dicho con lucidez: en el pensamiento prehispánico, la tumba era también una casa. En esa casa simbólica caben los dioses, los abuelos, los amigos, los ausentes. Allí la historia no se escribe en mármol, sino en flor. Pero conviene no idealizarlo. Algunos autores —de Octavio Paz a ciertos ensayistas contemporáneos— han sugerido que el mexicano “se ríe de la muerte”, que la enfrenta con un gesto desafiante. Matos, en cambio, nos devuelve a la realidad: el mexicano le teme a la muerte, como cualquiera. Lo que nos distingue no es el valor ante ella, sino la manera en que la domesticamos a través del rito, haciendo del miedo una estética, del dolor una forma de comunión.
Freud explicó que el duelo permite elaborar la pérdida, mientras la melancolía la convierte en parte del yo. En México, ambas se confunden con naturalidad: el duelo se baila, la melancolía se ilumina. Aquí, la tristeza no se oculta; se viste de papel picado, se endulza con calaveritas, se canta con guitarra. Jean Allouch diría que en esta práctica el muerto no se va: habita otra presencia.
Cuando encendemos la vela en la ofrenda y decimos “te nombro”, estamos ejecutando un acto de lenguaje y de política. Recordar es resistir. Nombrar al ausente es desafiar el olvido. En tiempos de desapariciones, guerras y migraciones, el altar se convierte también en testimonio ético: en ese pequeño espacio de luz, el país dialoga con sus heridas.
Vivimos en un tiempo de velocidad y consumo, donde el minuto se devora a sí mismo y la memoria dura lo que tarda en actualizarse un feed. Frente a esa inercia, el Día de Muertos ofrece un antídoto: la lentitud del rito. Armar un altar requiere paciencia, tacto, memoria: recoger flores, pulir marcos, preparar el pan, escuchar las historias. Es un acto deliberado contra el olvido.
Las nuevas generaciones celebran a su manera: crean ofrendas virtuales, comparten recuerdos en redes, organizan desfiles comunitarios. Todo ello es valioso, pero plantea una pregunta: ¿puede un clic sustituir al aroma del copal?, ¿puede una imagen digital contener el silencio de una oración? Tal vez el desafío sea no renunciar al símbolo en la era de lo inmediato, no dejar que la pantalla reemplace al fuego.
Por eso, propongo: que cada altar tenga un instante de quietud; una canción que se cante sin grabar; una conversación con los que no pueden responder. Que cada flor conserve su peso y cada nombre su eco. Solo así la tradición seguirá siendo práctica viva, no recuerdo fosilizado.
El Día de Muertos no es una nostalgia del pasado, sino una pedagogía del presente. Nos enseña a mirar la pérdida sin negar su belleza, a reconocer que recordar es también una forma de justicia. Entre el aroma del cempasúchil y el murmullo del copal, comprendemos que el amor vence a la muerte porque la nombra, la invita, la ilumina.
Que este Día de Muertos 2025 nos encuentre despiertos y atentos al latido de quienes se fueron; que cada altar nos recuerde que la memoria no es archivo, sino presencia que transforma. Porque en México, la muerte no clausura: abre una puerta. Y cuando apaguemos la vela, que quede encendida la pregunta que nos acompaña a todos: ¿cómo seguirás recordando mañana?