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En la Italia renacentista, entre las bulliciosas plazas de Venecia y las ferias itinerantes que recorrían la península, nació una forma de teatro que no solo entretuvo a las masas, sino que también dejó una huella imborrable en la historia de las artes escénicas: la “Commedia dell’Arte”.
Surgida a mediados del siglo XVI, esta expresión dramática se distanció del teatro cortesano para abrazar la espontaneidad, la crítica social y la conexión directa con el público. Era el teatro del pueblo y para el pueblo, donde la risa se convertía en un acto de rebelión y reflexión. Aunque algunos remontan sus orígenes a las farsas romanas, la “Commedia dell’Arte” floreció como una amalgama de tradiciones carnavalescas y elementos del teatro renacentista. Sin embargo, fue en el barroco cuando alcanzó su apogeo, y aunque su popularidad disminuyó hacia el siglo XVIII, su influencia terminó perdurando hasta la actualidad en las obras de autores como Dario Fo, quien rescató sus elementos, reinventándolos, para abordar las problemáticas de nuestra época con el mismo espíritu irreverente y provocador de sus antecesores, haciendo de sus personajes arquetipos insuperables de inspiración.
De ahí que la Commedia dell’Arte además de ser eco del pasado, sea celebración viva de la creatividad, de la crítica social y de la conexión humana más profundas. Un recordatorio de que el teatro es, en su esencia más pura, un espejo que refleja las luces y sombras de la sociedad; una mezcla única de humor y verdad; un teatro que, a través de las máscaras y los personajes que un día llenaron de vida las plazas de Venecia, sigue conmoviendo al mundo contemporáneo.
Ahora bien ¿qué la distingue de otras formas teatrales? Ante todo, su inconfundible mezcla de máscaras, improvisación y crítica mordaz de las costumbres sociales, porque ellas son simples disfraces: herramientas simbólicas que permiten a los actores representar paradigmas sociales con una contuntente claridad satírica. Personajes que, al ser reconocidos al instante, provocaban en el público la inmediata risa a partir de reconocer sus propios defectos y los de su entorno. De ahí que la improvisación haya sido el alma de la “Commedia”, pues aunque los actores trabajaban con “canovacci”, es decir “esquemas argumentales básicos”, la mayor parte del diálogo y la acción eran creados en el momento, adaptándose al humor del público y a las circunstancias del lugar. Dinamismo que convertía cada representación en un evento único e irrepetible.
La razón de ello: cada personaje era un reflejo de las tensiones y contradicciones sociales de su época. A través de sus trajes, máscaras y comportamientos, estos arquetipos revelan una profunda comprensión de la naturaleza humana. Arlequín, el más conocido de todos, encarnaba al sirviente travieso y astuto. Su vestuario era de rombos multicolores y su máscara negra tenía cejas arqueadas, reflejo de su agilidad mental y física. Era el maestro del enredo, siempre listo para burlarse de sus superiores y salir indemne de cualquier situación. Pantaleón, el mercader veneciano avaro y lujurioso, era el epítome del burgués ridículo. Su máscara negra con nariz aguileña y su vestuario rojo y negro, subrayaban su codicia y torpeza, pues cuando intentaba cortejar a mujeres jóvenes, terminaba humillado, lo que provocaba la risa del público a expensas de su vanidad.
Pulcinella, originario de Nápoles, era una figura contradictoria: astuto pero ingenuo, cínico pero entrañable. Igualmente de máscara negra con nariz ganchuda y traje blanco, era una figura muy característica. Es el alma del pueblo napolitano, con su capacidad para enfrentar la adversidad con humor y filosofía. Colombina, la sirvienta vivaz y coqueta, fue de los pocos personajes femeninos que rara vez usó máscara, permitiendo así una mayor expresividad facial. Su vestuario era sencillo pero colorido y reflejaba su ingenio y autonomía. No sólo fue un personaje cómico, sino también una figura que desafió los roles tradicionales de género. “Il Dottore” Balanzón, era médico o jurista de Bolonia, la caricatura del erudito pedante. Con su verborrea interminable y su tendencia a mezclar el italiano con frases latinas, terminó siendo blanco de la burla popular. Su traje negro con un gran cuello blanco y su máscara parcial reforzaban su imagen de autoridad ridiculizada.
Una característica fascinante de la “Commedia dell’Arte” fue su diversidad dialectal. Cada personaje tenía su acento y sus modismos, reflejos de su origen geográfico.Arlequín y Briguela hablaban en el dialecto de Bérgamo; Pantaleón en veneciano; Balanzón en boloñés y Pulcinella en napolitano. Riqueza lingüística que aportó autenticidad a las representaciones y que dio pábulo a la crítica de las costumbres de cada región. De ahí que más que un vestigio del pasado, fue celebración de la creatividad y la crítica social, siendo sus máscaras reflejo permanente de nuestras virtudes y defectos, tanto ayer como hoy, pues al final, todos somos actores en el gran escenario de la vida. (Continuará)