Hojas de papel | Terror con terror se paga
O acaso valdría la pena repetir aquella historia oral de mi pueblo que, por otras razones relaté aquí mismo hace tiempo:
Resulta que cada noche, por la calle de Unión, por entonces de tierra y sin alumbrado, se escuchaba el crujir de las ruedas de una carreta. Era la media noche y avanzaba muy lentamente por aquel camino bordeado de cercas de carrizo.
Era el crujir de ruedas de madera que retumbaba por todo el pueblo.
Dos hombres de campo comentaban una tarde aquel extraño fenómeno. Al paso una mujer envuelta en rebozo les dijo que si en verdad quieren ver de qué se trata aquello, deberán ponerse unas lagañas de perro negro en los ojos y esperar a que pase, así podrán verla.
Y avanzaba la carroza, con aquel crujir que producía terror. Ya la podía ver por la luz que salía de los huesos-cirios y porque era noche de luna llena. Los búhos entonaban su canto tétrico en los árboles cercanos.
Ya frente a él la carreta se detuvo. El carretero volteo con toda lentitud hacia aquel que se puso las lagañas de perro negro. Apenas se podían ver las cuencas de sus ojos.
--Buenas noches… qué quieres… por qué te atreves a ver lo que los seres humanos no tienen permitido…
--Sentí curiosidad y quería saber qué es lo que resuena todas las noches por aquí…-- contestó temblando.
--Pues ahora ya lo sabes, y así es por la eternidad… Pero ya que estás aquí y te interesa saber qué significa esta presencia, toma esa caja que está ahí, llévatela y mañana por la noche la abres, cuando me aproxime. Y así sabrás el secreto de la eternidad…
--Sí, así lo haré –dijo el hombre de las lagañas—y bajó la caja de madera. Entró en su casa y todo siguió igual, el sonido aquel y el frío que helaba la sangre.
Pasó todo el día inquieto, nervioso, sin ganas de comer… Estaba a la espera de que oscureciera y que se acercara la carreta misteriosa para abrir la caja…
Al comenzar a oír aquel sonido de ultratumba el hombre abrió la caja. En su interior había huesos humanos y polvo y unos andrajos… Al abrir, aquel polvo se levantó y le dio en la cara; aspiró aquel aroma a muerte… Sintió un vahído y de pronto nada…
El nuevo carretero que habría de recorrer aquella calle, todas las noches, por la eternidad era él mismo. Aquel atrevido sería el nuevo carretero y aquella sería su tarea por la eternidad.
(¡A verdad?)
En “Las aventuras de Arthur Gordon Pym”, el gran Edgar Allan Poe relata:
‘Con temor nos acercamos a aquella barca perdida mar adentro. Nos aproximamos y aquel hombre mantenía su risa. El ambiente era terrorífico. Neblina. Casi oscuridad a pesar de ser día…
‘Al fin llegamos junto al barco abandonado… Aquel hombre que parecía sonreír todo el tiempo era un esqueleto que estaba atado al mástil principal, y su sonrisa no era más que los labios que habían sido cercenados por las aves, exponiendo su dentadura cadavérica.’
Hay un género en literatura que tiene millones de adeptos. Es la Literatura del Horror. Es una especie cuyos autores buscan el impacto en los lectores; propicia el miedo, el horror, el terror y a veces hasta el repudio. Y tiene sus orígenes en tiempos inmemoriales.
Es parte de la naturaleza humana y, sobre todo, de sus temores. Pero también es parte de la cultura de cada pueblo. De sus creaciones imaginarias o ciertas, pero expresadas de forma tal que conducen a uno de los elementos que más caracterizan al ser humano: el miedo.
Pero nada, ya sabe, a leer un buen libro de terror una noche serena y oscura… y como dice el Monje Loco: “Apague la luz… y escuche…”.

















