Hojas de papel | “Donde música hubiere…”
Estamos hechos de un sonar de cascabeles. A la menor provocación los seres humanos encontramos música y ritmo a lo largo de esta vida pasajera.
Las que escuchamos desde párvulos, en la infancia, en la juventud, en la madurez y ya, cuando somos cascaritas, hacemos la recopilación que nos emociona.
Y claro, hay diferentes tipos de música. Los hay para todos los gustos y para todos los sabores: “… Para abril o para mayo veré, que me ofrezcas la primera prueba de amor…” (¡Órale!)
Está bien. O lo dicho: En gustos se rompen géneros, y los hombres y mujeres se han atrevido con música que para algunos fue irreverente, como cuando surgió el vals por ahí del siglo XVIII pero se hizo famoso en el siglo XIX --waltz-dar vueltas—…
Pero, bueno, al grano. Uno de los géneros supremos en la música es la llamada “clásica” o música sinfónica o de cámara…
Es una música sí, excelsa por muchas razones y en muchos casos. Es un tipo de composición musical que para muchos resulta complicada de comprender o, incluso, algunos dicen que les produce “somnolencia”. Falta de costumbre, pues.
Y también falta de ganas de acercarse a esta música que es una ventana que nos permite ver al mundo entero en sus mejores aspectos; es una música que nos brinda lo mejor del ser humano puesto a disposición de todos nosotros.
Una obra de esta naturaleza es el muy popular “Bolero” del francés Maurice Ravel (1875-1937).
La obra que nació en 1928 a petición de la bailarina rusa Ida Rubinstein. Ella le pidió a Ravel que compusiera una partitura de ballet transcrita de “Iberia”, un conjunto de piezas para piano del compositor español Isaac Albéniz.
“La reiteración obsesiva (ostinato) de la melodía principal hace inconfundible al famoso Bolero”, que crece en la medida que avanza hasta llegar a un clímax en el que toda la orquesta emite una despedida al mismo tiempo dolorosa como intensa y amorosa.
Otra obra indispensable en el repertorio musical del mundo, y que al mismo tiempo está en el ánimo popular porque, precisamente, surgió de las voces populares en Italia, es el “Capricho Italiano” del ruso Piotr Ilich Tchaikowsky (1840-1893).
La obra fue compuesta entre enero y mayo de 1880 y estrenada en Moscú en diciembre de ese mismo año. El Capricho está cargado de ricas melodías italianas que el autor anotaba durante su viaje a Roma y Florencia.
La obra consta de un solo movimiento y tres secciones independientes. Pero sobre todo es una expresión de gratitud y de alegría, de sol siempre presente y de una musicalidad radiante; una melodía pegajosa, justamente porque no se puede olvidar una vez que se le escuchó.
Otra obra asimismo intensa pero también de enorme accesibilidad al público todo, es la “Canción de Cuna”, de Johannes Brahms. La obra está escrita para voz y piano. Se estrenó en 1868 y es una de sus canciones más populares.
La canción de cuna fue interpretada por primera vez en público el 22 de diciembre de 1869 en Viena. Inmediato consiguió un enorme éxito, el que persiste hoy.
Muchas otras piezas musicales son de gran divulgación, y se escuchan por todos lados, aunque con frecuencia el público no conoce ni su origen ni su importancia e intensidad en la historia de la música y en el acceso de todos a la gran música:
El chiste es gustar de toda música, porque en ella radica una aportación del alma humana a otras miles de almas humanas que se entienden en ese único lenguaje que toca nuestro músculo más sensible: el corazón.
Y lo dijo Cervantes, en capítulo XXXIV de la segunda parte del “El Quijote”: “Donde música hubiere, cosa mala no existiere”.















