La expulsión de lo distinto
Yanez_flor@hotmail.com
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¿Puede una persona que recibió una ofensa pretender —por el bien de la armonía del grupo— que nada pasó? ¿hasta dónde puede “ceder” sin perder la dignidad y la armonía y evitar que el silencio se convierta en cómplice?
La historia y los patrones arraigados en la sociedad, nos recuerda que los que disienten, son los primeros en ser silenciados o expulsados. Toda institución mantiene un orden interno mediante la regulación del discurso, explicó Foucault. Cuando alguien se atreve a romper ese patrón del poder, deja de ser funcional al sistema y se activan las medidas disciplinarias. El castigo por ser distinto no es físico, sino simbólico —y cruel—: se le desacredita y tilda de conflictivo, se le silencia, invisibiliza y finalmente, se le excluye. Recuerde la última vez que fue “segregado” de un grupo (trabajo, club, escuela, institución, etc.) más allá de la forma, en el fondo ¿por qué fue?
Las estructuras autoritarias no necesitan monstruos, sino gente obediente, escribió Hana Arendt en la Banalidad del Mal, por eso es más peligroso una persona “normal” en un puesto obedeciendo ordenes, que un psicópata asesino en la calle. Ese “Mal” ocurre cuando las personas dejan de pensar por sí mismas y se amoldan al grupo por miedo a sobresalir o discrepar; es la famosa excusa de “tan sólo hice mi trabajo”.
Quién se adhiere al grupo se le da protección, pero si se atreve a pensar libremente sin someterse a la estructura, se le percibe como amenaza. En la mitología griega es la “cama de Procusto” que muestra una alegoría de la violencia contra la diferencia: Si el huésped era más alto que la cama, le cortaba las piernas. Si era más bajo, lo estiraba hasta que encajara. Las camas “modernas” de hoy son de ideologías, pertenencia y corrección. Sheinbaum desacredita a la “opinocracia” diciendo que hablan mal de ella y de la 4T porque están en un grupo de WhatsApp donde se les da “línea” de ir en contra. Los que contradicen al régimen son adversarios, enemigos, neoliberales fifís y mentirosos.
El “nuevo” PAN en su reciente relanzamiento, se ha mostrado abierto e incluyente, pero por el momento, sólo se ha enfocado en reajustar su forma (logo) y no realmente el fondo y su estructura. ¿Será que las viejas formas de poder y pensamiento continuarán bajo un espejismo nuevo? ¿Será que realmente aceptarán algo distinto a su ideología? En ambos extremos se repite el mismo patrón de Procusto: ajustar al que no encaja o mutilar simbólicamente al que piensa diferente. Esto no es único de la política, sino de casi cualquier grupo donde la dinámica es la misma: si alguien piensa libremente, no es manipulable o no se somete a la norma tácita, se le convierte en amenaza.
Primero se le señala, luego se le desacredita, y finalmente se le aísla o expulsa. Simone Weil dijo que “El individuo libre termina siendo sacrificado en nombre de la unidad”. Cuando el grupo o el Estado exige sumisión total para ofrecer pertenencia, se vuelve idolatría colectiva. Es una constante espiritual y política.
En ese sentido, tanto el país como cualquier grupo humano enfrentan el mismo reto: no seguir ajustando a los demás al tamaño de su cama, sino ensanchar el lecho de la conciencia para que quepa en él la pluralidad, la crítica y la libertad.