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Vivimos en una época en la que el poder ha cambiado de fisonomía. Ya no requiere de tronos y uniformes que revistan su fuerza visible ni de autoridades que protejan o inspiren, ahora actúa simplemente a través de la administración, del discurso y de la indiferencia, erigido en un descarnado mecanismo que impulsa la muerte en todas sus formas: la física, la institucional, la moral, la intelectual, entre otras.
Achille Mbembe (1957), historiador y filósofo camerunés, uno de los pensadores más lúcidos del presente, lo advirtió con una frase estremecedora: “La expresión última de la soberanía reside ampliamente en el poder y la capacidad de decidir quién puede vivir y quién debe morir”. Sentencia que resume la esencia misma del poder contemporáneo, desde el momento en que gobernar ya no significa necesariamente preservar la vida, sino más bien determinar qué vidas son prescindibles. De ahí que las nuevas formas de dominación no necesiten hoy en día de campos de exterminio ni de dictaduras sangrientas.
Su “modus operandi” se fundamenta en la cooptación mediante la omisión, indiferencia, desprecio, descomposición y deconstrucción deliberada de las instituciones y, con ellas, de todo lo que daba sentido y sostén a la vida pública. Así, en nombre del bienestar, se producen carencias; en nombre del pueblo, se silencia al pensamiento y asesina a la educación; en nombre de la austeridad, se destruyen las instituciones; en nombre de la seguridad, se legitima la violencia; en nombre de la justicia, se legaliza la impunidad; en nombre de la moral, se persigue la diferencia; en nombre de la soberanía, se censura la crítica; en nombre del amor, se predica el miedo; en nombre de la unidad, se promueve la obediencia; en nombre de la libertad, se vigila la intimidad; en nombre de la transparencia, se oculta la verdad. En pocas palabras, a cada palabra de presunta redención, le sucede un acto de plena destrucción, haciendo de la muerte la política oficial de nuestro tiempo.
En los años setenta, Michel Foucault había ya anunciado el surgimiento de la biopolítica a partir del modo en que los Estados modernos comenzaron a ejercer el poder gestionando la vida mediante el establecimiento de hospitales, escuelas y fábricas. El Estado moderno era, para la visión foucaultiana, una especie de máquina para hacer vivir. Sin embargo, Mbembe comprendió que esa maquinaria también podía invertirse cuando la misma estructura que organizaba la vida, comenzaba a organizar la muerte. En ese momento, al estar en posibilidad la maquinaria de determinar quién podía o debía morir, ya fuera por hambre, abandono, guerra o simplemente por desprecio institucional, nació una nueva estrategia de poder: la necropolítica.
Necropolítica que, más allá de ser un concepto, es en realidad una radiografía del presente, emanada de la estrategia invisible de gobiernos que se alimentan de la ruina y la carroña, que glorifican la escasez, que exaltan la obediencia de los pobres y el sacrificio de los vulnerables. Necropolítica que es la lógica del poder que convierte la desigualdad en destino y la resignación en virtud cívica, a tal grado que en su versión más sofisticada, no necesita matar directamente: sólo deja morir, y con ello logra que el morir parezca natural. Así, la muerte se vuelve parte del paisaje, un “daño colateral”, una consecuencia inevitable del “progreso”.
Pero no se trata solo de una muerte física. Hay otras muertes, probablemente más lentas y devastadoras, que cimbran a la sociedad, como la muerte del pensamiento cuando el saber se sustituye por la consigna, el debate por la fe, la inteligencia por la fanática obediencia; la muerte institucional, cuando las universidades son asediadas, secuestradas, asfixiadas y silenciadas, cuando los tribunales pierden independencia, cuando los centros culturales se vacían y los hospitales se caen a pedazos. Existen también la muerte de la compasión, cuando el dolor ajeno deja de conmovernos y las tragedias se convierten no solo en entretenimiento sino en “áreas de oportunidad” para los distintos poderes fácticos; la muerte jurídica, cuando las leyes ya no protegen, sino que legitiman la arbitrariedad y el fin de los derechos humanos, y la muerte de la esperanza, cuando una generación entera aprende a vivir sin futuro y sobrevivir sin sentido.
Y si no bastara, todo poder necropolítico desarrolla también discursos de redención en los que proliferan palabras como “pueblo”, “justicia”, “amor”, “transformación” y “soberanía”, aunque sepa que solo vale la vida en la medida en que le es útil al poder, ya que quien no sirve, está de sobra. Derivado de ello, los necrogobiernos terminan por lograr lo impensable: que los ciudadanos celebren su propio despojo creyendo que obedecen a una causa superior. Al llegar a este grado de abducción, la necropolítica ha alcanzado el punto máximo de la perversión del poder moderno: ha transmutado a un ciudadano sujeto de derechos en un dócil adepto agradecido, cadáver moral que sonríe a su mesías verdugo y llama redención al acto de su aniquilación. (Continuará)