La amenaza se registra ante el rechazo de los demócratas por financiar el Departamento de Seguridad Nacional después de que dos ciudadanos de Minneapolis murieran por disparos de estos
La Presidenta subrayó la vigencia de principios como la igualdad ante la ley, la separación entre Iglesia y Estado y la defensa de la soberanía frente a intervenciones extranjeras
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Del embrujo al exterminio.- Consumada la abducción moral del ciudadano, el régimen necropolítico no se ocupa más de justificar sus actos: los ejecuta en nombre del bien. Con ello, hace de la destrucción un acto de reparación y del desmantelamiento institucional una obra salvífica.
Sin embargo, cuando una nación se degrada a tal punto que festina su propia ruina, su sociedad está ya atrapada en lo que denominaron Sigmund Freud la “pulsión de Thanatos”: la renuncia a la autonomía individual en aras de poder formar parte de algo más grande; Eric Fromm: “la necesidad de escapar de la libertad”, ante el miedo a ser libre, y lo que otros han bautizado como “el síndrome de Estocolmo”, no otro que la subyugación de un individuo ante su agresor, extensivo al político y al régimen opresor.
En este punto de la historia, dicha nación ya no requiere de verdugos: ella misma es su propio verdugo, al permitir que la mentira oficial se convierta en dogma de fe, que toda acción destructiva a cargo del poder sea percibida como “virtuosa”, y que todo exterminio institucional se conciba como “eficiencia moral”, hasta arribar finalmente la necropolítica a su forma más peligrosa: la normalización. Es por eso que muchos caen bajo su embrujo sin darse cuenta y al principio solo los más perceptivos la identifican, y para cuando los primeros comienzan a despertar, es ya demasiado tarde.
Porque la necropolítica es todo menos que una llamarada intempestiva. Los antiguos dirían que es una hidra de infinitas necrocabezas partenogénicas. Los modernos sabemos que es una praxis largamente concebida, elaborada e instrumentada a través de innumerables acciones y desgastes. ¿Ejemplos? La eliminación de un fondo, la mutilación de una ley, el silenciamiento de la verdad. De ahí que existan tantas modalidades de eliminación como necesidades que de ello tenga el necrorégimen: jurídica, institucional, social, cultural, económica, moral, entre otras. A continuación, procede realizar un intento de inventario sobre el despojo que, en nuestra realidad, pueda servir de recordatorio pretérito sobre lo perdido, pero también de futuro por cuanto a todo lo que debería recuperarse si el país tuviera la oportunidad de salir de su trance. Una especie de autopsia de lo desaparecido, mutilado o degradado bajo el signo de la redención.
Muere el derecho cuando los poderes públicos deciden unilateralmente desconocer la naturaleza del amparo porque se ha convertido en “incómodo” al poder, cuando los jueces son perseguidos por sus decisiones, cuando la ley se somete a una única voluntad y se pulveriza el respeto a la norma. En ese momento el Estado de Derecho ha muerto.
Muere la democracia cuando se subordina o desaparece a los órganos antes autónomos, cuando se estigmatiza y persigue a la crítica, cuando se pretende desde el poder controlar a las elecciones, cuando el voto deja de ser libre y secreto, o cuando se instaura el “estado de excepción permanente”, como dijo Giorgio Agamben en su obra Homo sacer: cuando el poder soberano captura la vida para gobernar sobre una comunidad que, lejos de deliberar, solo obedece.
Muere el Estado social cuando se provoca el desabasto y abandono estructural de la red hospitalaria, cuando se precipita el colapso del sistema de seguridad social, desnaturalizando y desapareciendo a sus principales instituciones —qué decir de su incierta e inequitativa próxima fusión—, pero dejar que la gente enferme y muera, es una de las manifestaciones más criminales y perversas de toda necropolítica.
Muere el conocimiento cuando la necropolítica intelectual mata al discernimiento para reinar sobre la confusión y cuando en la educación la verdad se vuelve sospechosa, la crítica peligrosa y la ignorancia mérito patriótico, requiriendo todo régimen necropolítico sepultar a la libertad de cátedra para sofocar cualquier conato de crítica opositora. Sí, la libertad de cátedra que desde la fundación de nuestra Máxima Casa de Estudios, la Universidad Nacional Autónoma de México, ha sido —más allá de toda filiación y fobia política e ideológica— ejemplar eje axial de su esencia educativa con impacto fundamental en la construcción de nuestra Nación.
Muere la seguridad cuando el Estado permite que la criminalidad tenga secuestrada a una nación, dictando las reglas, cobrando tributos, imponiendo candidatos, haciendo de la impunidad y del terror y del obedecer para sobrevivir el nuevo lenguaje del poder.
Muere la economía, cuando so pretexto de austeridad moral se persigue al emprendedor, se ahuyenta la inversión, se tolera la injusticia tributaria fomentando la informalidad e instaurando una política fiscal confiscatoria, punitiva e invasiva, fuera de todo marco constitucional y convencional.
Muere la cultura cuando se castra su conciencia crítica e imponen patrones ideológicos afines a la necropolítica. Roberto Esposito lo dijo: sin cultura libre, no hay defensa frente a la barbarie. Muere la diplomacia cuando una nación que fue referente, termina degenerada en pedestre refugio ideológico, como diría Arendt: el descrédito exterior no es sino el espejo de su corrupción interna. (Concluirá)