Hojas de papel volando / Yourcenar: Un ramalazo de locura
Con frecuencia, hoy, el pasado se politiza y se le achacan todos los pesares y defectos del presente, a pesar de que hubo tiempo para solucionarlos.
“… Lo que me contagiaste, Max, lo que contagiaste a todos, fue tu mala suerte. Tu malísima, pésima, perra mala suerte”.
Es el caso de otra obra excepcional por su arte literario, por su grado de intensidad, por su sentido poético del pasado, su sentido artístico de la idea y la palabra; la erudición y la composición…
Así que en Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar expone la vida y muerte de una de las figuras más importantes del mundo antiguo, el emperador romano Adriano.
Porque lo que relata es una historia que es tan presente en sus emociones e intensidades que parece ser escrita hoy mismo, y parece referir vidas y gobierno como si estuvieran ahí aun, a la vista.
Recibió un gran número de reconocimientos literarios mundiales y fue la primera mujer elegida para formar parte de la Academia Francesa:
“El hábito precoz de la soledad es un bien infinito. Enseña, hasta cierto punto, a prescindir de las personas. Enseña también a querer más a las personas”.
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónHay distintas formas de ver al pasado. Una es para conocerlo y saber lo que hemos sido y lo que hemos hecho como individuos y como sociedad. A veces lo vemos por el sólo gusto de saber lo acaecido; cómo era aquello y qué fue lo que pasó en tales o cuales momentos o cómo fueron aquellos personajes.
También otra forma de entender el pasado es conocer el pensamiento de aquellos hombres y mujeres que vivieron otras épocas y otros modos y cómo es que las entendieron y cómo se entendieron en ello. Cuáles eran sus modos de vida, de vestir, de sonreír, de amar, comer o degustar; de ganar o perder, de triunfar o fracasar; de decir verdad o mentir…
Y hay en todo conocimiento del pasado una cierta forma de nostalgia, por más científico que sea ese mirar y entender; aun con la historiografía y El oficio de historiar que dijera don Luis González y González. Es esa nostalgia la que nos envuelve al volver la vista atrás.
Los aciertos. Los errores. Las luchas. Los sueños. La ilusión por un mundo mejor. Pero también la destrucción de ese mundo que vivieron otros y que sufrieron por nosotros. A la mayoría de los seres humanos nos gusta el pasado, quizá para no cometer los mismos errores, parafraseando a Heródoto, o para huir de este presente tan cargado de incertidumbres.
Un recurso adicional a la investigación histórica, seria y rigurosa como es, es la novela histórica. Un género literario muy a tono con ese gusto por el pasado pero en el que el autor-escritor detalla los hechos y a los que agrega su punto de vista y la imaginación por lo que pudo haber sido ese personaje o ese pasado.
Así han nacido obras sublimes del género “novela histórica”, por ejemplo Guerra y paz, de León Tolstoi; Los miserables, de Víctor Hugo; Sinuhé, el egipcio, de Mika Waltari… Y qué tal Yo, Claudio, de Robert Graves, en la que narra la vida del emperador romano Claudio, desde la perspectiva de un hombre que sobrevivió a las intrigas y traiciones de la corte imperial…
Y está, sin ninguna duda, la obra colosal de nuestro Fernando del Paso: Noticias del Imperio. Un libro que nos relata al detalle, paso a paso y con una prosa estupenda, ágil, arte hecho ideas y palabra, el imperio de Maximiliano y Carlota en México durante el siglo XIX y la lucha de Juárez y su gente por recuperar al país y sobrevivir a los embates internos y, sobre todo, externos:
“En 1861, el presidente Benito Juárez suspendió los pagos de la deuda externa mexicana. Esta suspensión sirvió de pretexto al entonces emperador de los franceses, Napoleón III, para enviar a México un ejército de ocupación, con el fin de crear en ese país una monarquía al frente de la cual estaría un príncipe católico europeo. El elegido fue el archiduque austriaco Fernando Maximiliano de Habsburgo, quien a mediados de 1864 llegó a México en compañía de su mujer, la Princesa Carlota de Bélgica…”
Memorias de Adriano no es un libro cualquiera. Es el resultado de diez años de investigación, de reflexión, de adentrarse en el sentido ético del poder, pero también en las traiciones, los devaneos, las venganzas, la incomprensión, la fuerza del poder imperial…
Las primeras lecturas como una segunda patria, el amor materno… y el amor…, el otro amor, el amor intenso e interminable, el amor profundo y su inmortalidad: todo junto en una novela que es un poema y un registro extremadamente detallado del momento histórico y su interpretación.
“Una parte de cada vida, y aun de cada vida insignificante, transcurre en buscar las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes. Mi impotencia para descubrirlos me llevó a veces a las explicaciones mágicas, a buscar en los delirios de lo oculto lo que el sentido común no alcanzaba a darme. Cuando los cálculos complicados resultan falsos, cuando los mismos filósofos no tienen ya nada que decirnos, es excusable volverse hacia el parloteo fortuito de las aves, o hacia el lejano contrapeso de los astros.”
La obra está escrita en modo epistolar. Es una larga carta del emperador a su nieto adoptivo de diez y siete años y su futuro sucesor, Marco Aurelio. Adriano le explica su pasado, describiendo sus triunfos y su filosofía, pero sobre todo su amor por Antínoo y el dolor inmenso que le causó su muerte: “Los que mueren jóvenes son los amados de los dioses”.
“Si hubiera que definir su obra con una sola palabra, elegiría ‘grandeza’, por su universalidad, su hondura, su imaginación y su rigor. La belleza de su prosa está tanto en esa exactitud como en su inconfundible cadencia de períodos largos.
“Toda esa sabiduría, esa meditación, esa fuga a los territorios mitológicos o de la Antigüedad, o de episodios europeos ya lejanos no la vuelven nunca abstracta o distante, porque luego está su amor a la vida, a la vida concreta, placentera y dulce de los árboles y las plantas, de pájaros y perros, de la cocina y el hogar, de la sociabilidad de las ceremonias y la buena vecindad”.
A la lectura se percibe que Marguerite Yourcenar escribe con lentitud, suavemente; se involucra en cada palabra, cada idea, cada expresión del pensamiento. “Adriano” es el resultado de muchas horas de arduo trabajo, de introspección, de comprensión del pasado pero ese pasado a disposición de presente.
La autora es directa, firme en su camino narrativo, detallado hasta el límite; cada palabra tiene su propio sentido y en conjunto hacen una prosa literaria de hondura y sigilo…: arte. Es de tal forma su escritura que el lector no se siente agobiado por su erudición pero sí se siente inmerso en un mundo que le es propio porque es parte del pensamiento y la naturaleza humana… del factor humano, de sus hechos, puestos en poema e historia.
Por supuesto Memorias de Adriano tuvo y tiene un impacto fenomenal desde su aparición. Luego de esos diez años de investigación y reflexión, fue escrita entre diciembre de 1948 y diciembre de 1950 y aunque en un principio se publicó por entregas en la revista francesa La Table Ronde, fue hasta ese 1951 cuando apareció como libro, con un éxito inmediato.
Pero no fue la única obra de la escritora. Opus Nigrum es otra de sus obras sobresalientes, como también Fuegos. Autora de ensayos, poesía, traducciones meticulosas como la que hizo de la obra de Virginia Woolf.
Nacida en Bruselas, Bélgica en 1903, y fallecida en Maine, Estados Unidos en 1987. Huérfana de madre, su padre, un aristócrata belga le da una educación esmerada, nunca en la escuela, siempre con preceptores que le enseñaron latín, griego y lecturas interminables. Desde los ocho años, por impulso de su padre, leyó con atención a Racine, Rilke y Aristófanes.
Si bien Adriano es la cúspide de su obra, tiene en su haber novelas como Alexis o el tratado del inútil combate, su primera novela publicada con su seudónimo en 1929. Y es que a partir de 1919 deja su apellido real y empieza a firmar como Marguerite Yourcenar.
Luego de muchas vicisitudes y salidas de Bélgica a Inglaterra, siendo muy niña, luego Francia…, al final y por temor a la Segunda Guerra Mundial se fue a vivir a Maine, Estados Unidos, en 1939, a invitación de su pareja, la traductora estadounidense Grace Frick a la que había conocido en París en 1937 y con quien vivió hasta la muerte de Grace en 1979.