Para ayudarnos a entender el creciente problema de la ira adolescente masculina, iniciemos una conversación sobre el poder de lo que consumimos en línea
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Cuando empecé a trabajar en la serie de Netflix Adolescencia con Stephen Graham, mi conocimiento de la “manósfera” era casi nulo. Lo descarté como algo menor, un mundo ajeno a mí, lleno de gente que me interesaba poco. A través de la investigación, descubrí que había subestimado enormemente su poder y alcance.
En un principio, Stephen quería escribir una serie sobre los delitos con armas blancas en el Reino Unido después de enterarse de una serie de asesinatos en los que unos adolescentes habían apuñalado hasta la muerte a unas adolescentes; quería comprender mejor el motivo detrás de estos crímenes. Cuando empezamos el proceso de creación de nuestro personaje principal, Jamie, un chico de 13 años acusado de matar a su compañera de clase, Stephen tenía una regla: No quería que fuera el típico drama que culpa exclusivamente a los padres, que dice que Jamie hizo eso porque su madre era alcohólica o porque su padre era abusivo. En cambio, nos propusimos crear múltiples esferas de culpa —la escuela, la vida familiar, las amistades— para poder ver realmente lo que pasaba por la cabeza de Jamie y considerar una amplia gama de factores que podrían haber influido en su ira.
Pero mientras armaba e investigaba el personaje de Jamie, había algo en él que no lograba encontrar. Fue entonces cuando Mariella Johnson, mi asistente de escritura, me dijo que debería echar un vistazo a la cultura incel: una subcultura dentro de la “manósfera” de hombres “celibatos involuntarios”.
La “manósfera” es un término extraño y, como en muchos intentos de definir lo que ocurre en la red, implica una uniformidad que en realidad no existe. Cómo se define depende a menudo de qué se piensa del concepto. Quizá la mejor definición sea una ambigua: un conjunto de comunidades en línea que se centran en cuestiones relacionadas con la masculinidad. En ella se pueden encontrar activistas por los derechos de los hombres (que creen que las mujeres los oprimen), especialistas en “seducción” (que enseñan a los miembros cómo coaccionar a las mujeres para que tengan relaciones sexuales con ellos) y, quizás, incels (hombres que creen que las mujeres los privan deliberadamente de sexo). Digo “quizás incels” porque a muchos miembros de la comunidad incel no les gustan otros miembros de la manósfera, y a muchos miembros de la manósfera no les gustan los incels. Pero, en realidad, el rechazo es generalizado entre las subcomunidades que podrían agruparse bajo el término “manósfera”.
En cuanto encontré una estadística que respalda la ideología incel —que el 80 por ciento de las mujeres se sienten atraídas por el 20 por ciento de los hombres— supe que la manósfera sería un elemento fundamental para descubrir quién era Jamie. Pensé que esta idea me habría impactado mucho de niño, cuando era un chico impresionable y solitario de 13 años que tenía mucho miedo de que la “vida normal” estuviera fuera de su alcance.
Y aunque no creo que Jamie se volviera violento simplemente por consumir esas ideas, y tampoco creo que la serie de “Adolescencia” lo sugiera, sí creo que se alimentó de contenidos dañinos que se convirtieron en parte de lo que era y es.
Después, pasé mucho tiempo investigando los contenidos incel mientras trabajaba en la serie. Leí todos los libros que pude sobre el tema y hablé con jóvenes adultos. También exploré lugares menos conocidos en las redes sociales. Andrew Tate y los miembros más destacados de la manósfera no me interesaban tanto porque creía que no le interesarían a Jamie. Ellos están, por así decirlo, en la cima de la cascada. De ellos se derraman todo tipo de personas que crean contenidos menos populares, y yo buscaba el punto medio de la cascada.
Los adolescentes varones que hacían videos sobre sus vidas, hablaban de videojuegos, técnicas de ejercicio o películas, y que luego también hablaban de mujeres: ahí era donde pensaba que Jamie estaría en línea, ahí es donde los jóvenes me dijeron que iban. Mientras navegaba, me di cuenta de que el envoltorio de sus videos decía una cosa, pero dentro se encontraba algo completamente diferente. Estos jóvenes hablaban de su día a día y, dentro de eso, descargaban sus frustracionessobre las mujeres. Lo que parecían ser consejos informales sobre cómo mejorar el físico se convertía en diatribas misóginas llenas de dudas y odio que me parecían extremadamente perturbadoras.
Después de pasar tiempo en escuelas tanto antes como después, no creo que todos los chicos hayan resultado perjudicados por su consumo de contenido en línea como en el caso de Jamie, en ningún grado, pero algunos sí se vieron afectados. He hablado con chicas adolescentes que me han dicho que no hablan en clase porque hay un grupo de chicos que las intimidan. He hablado con maestras preocupadas por su propia seguridad, que han sido víctimas de maltrato verbal y físico por parte de esos mismos chicos. Soy padre de un niño de 9 años, y me da miedo el entorno en el que se ha visto inmerso.
He tenido muchas discusiones sobre cuál es la respuesta adecuada a todo esto. Como dice Stephen, lo más importante es el diálogo, y las mejores respuestas que hemos recibido han sido de amigos o desconocidos que nos han dicho que, después de ver la serie, han podido hablar con sus hijos sobre lo que consumen en internet. Personalmente, iría aún más lejos y cuestionaría la idea de que los jóvenes estén expuestos a las redes sociales.
¿Por qué? En una reunión de Smartphone Free Childhood a la que asistí, nos sorprendieron con unas estadísticas impactantes: en el Reino Unido, el Servicio Nacional de Salud ha registrado en los últimos 10 años un descenso del 70 por ciento en los accidentes que sufren los jóvenes en el exterior, mientras que en la misma década se ha producido un aumento del 93 por ciento en los incidentes de autolesiones. Tres cuartas partes de los niños británicos pasan ahora menos tiempo al aire libre que los reclusos.
Países como Australia, Francia, Brasil y Corea del Sur están tratando de limitar el acceso de los jóvenes a los teléfonos mediante la promulgación de leyes. No se trata de restringir las libertades, sino de decir que tal vez la plasticidad del cerebro adolescente no está del todo preparada para las cualidades adictivas de las redes sociales.
Pero no escribimos Adolescencia para dar respuestas; no somos políticos ni polemistas. Escribimos la serie porque creíamos en la historia y queríamos generar una serie de preguntas sobre las formas de abordar el problema contemporáneo de la adolescencia masculina. Espero que sea algo que la gente siga debatiendo, porque si no lo hacemos, creo que el problema de la ira masculina solo va a empeorar.