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El estudio de los pueblos indígenas en México ha sido iluminado por la labor de académicas y académicos —historiadores, antropólogos y arqueólogos lingüistas— cuya profundidad interpretativa ha permitido reabrir los sentidos del pasado indígena con una mirada crítica y sensible. Entre ellos destaca la figura de Alfredo López Austin, cuya erudición y compromiso intelectual han legado una comprensión más honda y matizada del pensamiento mesoamericano. A las nuevas generaciones de académicos, señala él con claridad, les corresponde una doble tarea: estudiar rigurosamente estas interpretaciones y, al mismo tiempo, hacerlas accesibles a jóvenes y niños, sembrando conciencia histórica desde las primeras etapas de la formación ciudadana.
En una entrevista publicada por La Jornada el 14 de noviembre de 2021, titulada La fundación de México-Tenochtitlan, López Austin ofrecía una clave esencial para entender no solo la arquitectura física de la ciudad mexica, sino también su organización simbólica y espiritual. “Como otros muchos pueblos —afirmaba—, los mexicas trataron de reproducir en México-Tenochtitlan las características que atribuían a su lugar mítico de origen”. La fundación de la ciudad respondía, así, a un mandato cósmico: levantar el templo central al dios patrono, acompañarlo con un juego de pelota cargado de significación ritual, y erigir un tzompantli donde se exhibieran los cráneos de los enemigos, como representación del ciclo vital y de la victoria ritual sobre la muerte.
Lo más revelador es, sin embargo, el trazo geométrico que daba forma a la urbe: una cruz que no remite a los significados cristianos posteriores, sino al símbolo mesoamericano de la tierra como espacio sagrado, sostenido por cuatro pilares en los extremos del mundo. Esa cruz era, para los mexicas, el modelo mismo del universo ordenado. Fundar Tenochtitlan fue, entonces, más que establecer un asentamiento: fue plasmar en la tierra una réplica del cosmos, un acto político, religioso y mitológico a la vez.
A partir de esta visión, se hace evidente que la historia de México no puede comprenderse sin atender a la densidad simbólica de sus mitos fundacionales. Al recordar los 700 años de la fundación de Tenochtitlán, evocamos el surgimiento de una ciudad y recuperamos una memoria que sigue latiendo en el subsuelo de nuestra identidad colectiva. Volver a Tenochtitlán no es un gesto arqueológico: es una forma de regresar a nuestras raíces para, desde ellas, proyectar un futuro distinto.
En el entramado denso del tiempo, donde se confunden los ecos del pasado y las urgencias del presente, la conmemoración de los 700 años de la fundación de México-Tenochtitlán emerge no solo como una efeméride, sino como una invitación a interrogar la historia desde nuevas coordenadas ontológicas y simbólicas. Bajo las losas del Zócalo capitalino, donde hoy palpita el centro político del país, yacen los vestigios de una ciudad que fue el corazón de una de las civilizaciones más complejas y vigorosas del continente: la mexica. Recuperar su memoria es, en este tiempo, un acto que desborda la nostalgia y el romanticismo; es un gesto de afirmación, una forma de resistencia y una posibilidad de reimaginar el proyecto nacional.
Todo pueblo necesita una historia de origen. Más que un simple relato cronológico, el mito fundacional opera como brújula colectiva: da sentido al presente al narrar un pasado compartido. En el caso de México, ese mito se encarna en la visión que llevó a los mexicas a fundar su ciudad donde el águila devoraba a la serpiente, posada sobre un nopal. No importa cuánto se desdibuje la línea entre historia y leyenda: lo relevante es que ese relato ha sostenido, durante siglos, una identidad. Sin embargo, en su versión más difundida, este mito ha sido frecuentemente apropiado por discursos nacionalistas que lo desvinculan de su raíz indígena para convertirlo en un símbolo no siempre homogéneo de unidad nacional. Hoy, el desafío es otro: devolver al mito su potencia originaria, no como decoración del presente, sino como puerta hacia un entendimiento más profundo de la pluralidadcultural que conforma a México.
El término memoria histórica ha cobrado especial relevancia en las últimas décadas, tanto en América Latina como en otras regiones marcadas por procesos de violencia y exclusión. A diferencia de la historia académica tradicional, que busca una pretendida objetividad, la memoria histórica nace desde el reconocimiento del trauma, desde la necesidad de las comunidades de ser escuchadas, de que sus vivencias sean incorporadas al relato común.
En el caso mexicano, la memoria histórica no puede construirse sin reconocer la herida colonial.La conquista de Tenochtitlán en 1521 no fue simplemente el “encuentro de dos mundos”, como quiso narrar durante mucho tiempo la historia oficial, sino el inicio de un proceso sistemático de violencia, imposición cultural y destrucción de lenguas, símbolos, sistemas de gobierno y espiritualidades. La memoria histórica exige mirar de frente esa herencia para no repetirla, para abrir camino a la reparación simbólica y, sobre todo, para dignificar a quienes históricamente fueron reducidos al silencio.
La conmemoración que se lleva a cabo en 2025 tiene, por tanto, un carácter profundamente político. El actual gobierno ha planteado con claridad su intención de romper con ciertas visiones heredadas del colonialismo, poniendo en duda los relatos establecidos desde la metrópoli europea y reclamando el derecho a narrar la historia desde una perspectiva propia. No se trata de ajustar cuentas con el pasado, sino de reivindicar una memoria larga que ha sido sistemáticamente invisibilizada.
Conmemorar los 700 años de la fundación de México-Tenochtitlán no debe entenderse como un cierre de ciclo, ni como una celebración atrapada en la nostalgia de un pasado glorioso. Muy por el contrario, esta efeméride ofrece una oportunidad crítica y urgente para reimaginar el proyecto nacional desde sus raíces más profundas, reconociendo que el origen de México no se halla exclusivamente en la narrativa del mestizaje ni en los valores republicanos del siglo XIX, sino también —y cada vez con mayor claridad— en los sistemas de pensamiento, organización y simbolización que forjaron los pueblos originarios mucho antes de la llegada de los europeos.
La ciudad que alguna vez fue el ombligo del mundo mexica, imagen terrestre del cosmos trazada sobre el lago de Texcoco, continúa siendo hoy un espacio vivo y conflictivo, cargado de tensiones y posibilidades. Bajo el asfalto de la modernidad y el ruido del tráfico urbano, laten los cimientos de una historia más antigua y más profunda, una que nos interpela desde la raíz. No es casual que el Zócalo capitalino —la antigua plaza ceremonial de Tenochtitlán— se convierta hoy en escenario de escenificaciones culturales y rituales de recuperación simbólica. Sus capas, visibles y soterradas, recuerdan que la historia no es lineal, sino palimpséstica, y que el relato nacional debe ser continuamente reescrito desde sus múltiples memorias.
Uno de los intelectuales que resulta fundamental rescatar es Miguel León-Portilla, humanista mayor de nuestro tiempo, quien dedicó su vida a estudiar, traducir y reivindicar la palabra de los pueblos nahuas. Su obra más conocida, el gran bestseller de la historiografía mexicana La visión de los vencidos, abrió una fisura definitiva en la historia oficial al hacer audible la voz indígena en sus propios términos, a través de los textos de los tlacuilos y sabios del siglo XVI. León-Portilla nos enseñó que la derrota militar de los mexicas no significó el fin de su pensamiento, y que en sus cantos, códices y crónicas subsiste una filosofía profunda, una poesía de la resistencia que ha atravesado los siglos. Su legado constituye hoy una piedra angular para toda relectura crítica del pasado originario y del presente indígena.
Recuperar el legado de Tenochtitlán implica, en este contexto, más que rendir tributo a una civilización antigua. Significa poner en duda de forma frontal las estructuras coloniales que aún persisten: el racismo estructural, la exclusión lingüística, la apropiación simbólica y la marginalización territorial de los pueblos originarios. La historia no solo debe ser contada de otro modo, sino desde otros lugares: desde las lenguas que resisten en los rincones del país, desde las pedagogías comunitarias que desafían el modelo escolar hegemónico, desde las organizaciones indígenas que exigen respeto, autonomía y reparación.
Así, la conmemoración cobra un sentido de futuro. No se trata de mirar atrás con romanticismo, sino de tomar conciencia de que el pasado indígena no es una reliquia, sino una raíz viva que sigue nutriendo el presente. Tenochtitlán no es únicamente un sitio arqueológico o una ciudad extinta: es una fuente de pensamiento, una cosmovisión aún palpitante en la espiritualidad, la medicina, el arte y la organización social de numerosos pueblos del México actual. Como escribió León-Portilla, “mientras existan quienes recuerden, quienes transmitan la palabra, los antiguos cantos no han muerto”.
Por ello, más que cerrar un ciclo, este aniversario debe abrir un horizonte. Uno en el que se reconozca que la soberanía no es solo territorial, sino también cultural; que la independencia no puede ser plena sin memoria histórica ni justicia epistémica; y que la identidad nacional no se edifica desde el olvido, sino desde la escucha activa de todas sus voces. Volver a Tenochtitlán, en este sentido, no es regresar al pasado, sino construir un porvenir donde la raíz indígena no sea solo recordada, sino reconocida como fundadora y vigente.
Uno de los aspectos más significativos de esta conmemoración es la manera en que el arte y la cultura se convierten en vehículos de la memoria. La puesta en escena de la ópera Cuauhtemóctzin, interpretada en lengua náhuatl, representa mucho más que un homenaje artístico. Es un acto de resistencia cultural, una afirmación de una lengua que fue reprimida durante siglos y que hoy resurge en los espacios de mayor prestigio artístico del país.
Asimismo, la realización de un funeral simbólico en honor a Cuauhtémoc, último tlatoani de Tenochtitlán, no es un simple gesto ceremonial. Se trata de una reivindicación del héroe indígena, no desde la mirada romantizada de la historia liberal del siglo XIX, sino desde una reinterpretación que lo coloca como símbolo de la lucha contra la dominación extranjera. Monumentos, danzas, representaciones escénicas y rituales públicos transforman el espacio urbano y lo convierten en un territorio de disputa simbólica, donde se juega también el sentido profundo de lo nacional.
Celebrar siete siglos de la fundación de Tenochtitlán no es una mirada melancólica hacia un pasado idealizado. Es, más bien, un acto de siembra. La historia, cuando se articula desde la memoria crítica, tiene la capacidad de proyectar un futuro distinto. En ese porvenir, el reconocimiento de los pueblos originarios no debe limitarse al ámbito cultural o folclórico, sino traducirse en justicia social, inclusión política, pluralidad lingüística y educativa.
Las actividades programadas —que incluyen a miles de participantes, danzantes, actores, músicos y académicos— muestran que la memoria no está confinada a los libros o a los museos. Está viva: se baila, se canta, se representa. Y, sobre todo, se transforma. Hoy, más que nunca, México tiene la oportunidad de repensarse desde la raíz, de mirarse al espejo del pasado no para anclarse en él, sino para comprender la complejidad de su identidad y la potencia de su diversidad.
Recordar no es un acto pasivo. Es una forma de liberación. En un mundo que tiende al olvido como mecanismo de control, el ejercicio de la memoria histórica adquiere un carácter profundamente emancipador. Los 700 años de Tenochtitlán nos llaman a no olvidar, pero también a imaginar: imaginar un país donde el pasado indígena no sea solo motivo de orgullo estético, sino de transformación estructural; donde los mitos fundacionales no sean instrumentos de homogeneización, sino fuentes de diversidad y conciencia.