Hojas de papel volando | El ‘celular’ nos alcanzó
Al principio –en México- fueron armatostes Ericsson del tamaño de una plancha. Esto por ahí de los noventa. Era como traer un zapato tenis en la mano y pegado a la oreja para oír y contestar luego.
Durante los años ochenta se había probado con aquellos teléfonos móviles. Esto porque se conectaban mediante una cuota jugosa a una señal y se instalaban en el vehículo particular.
Ven las cartas del menú. Al poco tiempo piden cada uno su selección. Todos se miran y no conversan entre sí. La abuela los mira y comienzan a comer. Silencio. Alguno que otro intercambio mínimo-monosilábico.
El teléfono celular es al mismo tiempo un invento supremo, como también una extrema desvinculación humana, depende de la manera como se use o se le preste atención y cuidado.
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEl teléfono celular llegó al mundo como por arte de magia. Y por supuesto a México. ¡Quién lo iba a creer! Tener un teléfono en las manos, chiquito, del tamaño de un bolillo pequeño, con botones y teclas maleables, con bocina, cámara y grabadora en tan sólo un pequeño espacio: Lo inaudito.
Con el teléfono celular, o móvil, podríamos comunicarnos a distancias considerables y recibir llamadas de quien fuere y como fuere en cualquier lugar –donde hubiera señal de telecomunicaciones, por supuesto-; Era cosa de no entender. ¿Quién inventó tal portento de comunicación humana?
Eran artefactos pesados aquellos y cuya carga energética duraba unos cuantos minutos, aunque habría que recargarlos durante toda la noche. No obstante eso de la telefonía portátil era como la señal de un mundo ajeno al nuestro, al de a los de a pie; al de los de la torta de tamal verde y atolito champurrado, mañaneros.
Es el caso que ocurrió en 1985, entre la temblorina del susto y el azoro. Jacobo Zabludowsky, el periodista emblema de Televisa por entonces, transmitió en vivo, desde su teléfono vehicular, los pormenores de la tragedia del sismo de 1985. Verlo ahí, hablando por teléfono parado junto a su automóvil con la puerta abierta y transmitiendo en vivo lo que ocurría fue sorprendente, y estaba bien en medio de aquel caos, dolor, tragedia nacional.
Poco a poco ese sistema inalámbrico de telefonía fue evolucionando. Aunque al principio nadamás lo portaban aquellos “ricos fufurufos” que podían pagar el aparato –carísimo-, como el contrato por recibir la señal y poder hablar y contestar. Para muchos aquello era inalcanzable.
Pero sí: la vida habría de transformarse con la llegada masiva del teléfono celular. A fines de los noventa la redacción de El Financiero habría de ver ese cambio. Los reporteros, editores, diseñadores, correctores, editorialistas, jefes y todo mundo tenían ya un teléfono celular.
Uno por el cual podía comunicarse con quien quiera a la hora que fuere… Era la apertura de puertas a un mundo nuevo del que ya nunca jamás habría regreso y por el que, con los avances tecnológicos de hoy, la gente vive archicomunicada con todo el mundo, pero también aislada, perdida en sí, entregada a sí y a su teléfono. El mundo cercano ha desaparecido, o casi.
Es el teléfono celular es el que manda y erige su mandato en la mente humana... Las redes sociales a la mano. La mensajería. La imagen. Los cabrones ciberdelincuentes también hacen de las suyas… Todo ahí en esa minicajita mágica y trepidante. Los seres humanos –millones de ellos- viven en su celular. Es su vida. Su presente y su futuro. Su karma. Su pecado y penitencia.
Un restaurante en Oaxaca hace unos meses. Un ambiente agradable. Un servicio de primera. Mesas que dan a un balcón desde el que se admira el paisaje oaxaqueño incomparable. Viento fresco bajo una terraza cubierta; abajo, en la calle, los copos de las jacarandas, los laureles, los tulipanes…
Mesas distribuidas en el gran salón con comensales aquí o allá. Todo a tope y en buen momento. En una esquina del balcón, una gran mesa, son doce o más personas. Adultos y jóvenes vestidos de domingo. Mujeres y varones. Encabeza una mujer que parece ser la abuela de la familia. Festejan su cumpleaños y los ahí presentes son su familia, al parecer hijos y nietos.
Aun sin terminar de comer, poco a poco sacan sus teléfonos celulares y comienzan a “chatear” (platicar) con alguien remoto. Sonríen cada uno en silencio. Inclinados ven su celular, todos. No existe el mundo ni su familia. Están ellos y su aparatito mágico. La abuela come. Los mira en silencio. Ninguno voltea hacia arriba. Todos están con las manos en las teclas y la vista fija en el teléfono.
Pasa el tiempo. Y todo igual. Nadie se comunica entre sí, pero se comunican con ese alguien que está ahí dentro del teléfono. No se miran. La abuela bosteza. Luego a poco más de una hora piden la cuenta. La traen. Alguno de ellos la paga. Se levantan del lugar. Dejan en pausa el celular. Abrazan a la abuela y se van yendo. Fue la celebración para la abuela.
Como también, el celular salva vidas. Ayuda en casos de urgencia o peligro. En la relación familiar. O cuando se quiere un momento de solaz, también. Durante la pandemia trágica, el teléfono fue de extrema utilidad y vínculo para la comunicación humana y para pedir ayuda.
A saber: Se dice que quien creó el primer celular fue Martin Cooper. Fue el 3 de abril de 1973. Por entonces era socio del directivo de Motorola. Ahí ese día presentó un nuevo equipo de comunicación tecnológica al que llamó Motorola Dynatac 8000x. No obstante el primer celular salió al mundo el 13 de marzo de 1983 y su costo de venta fue de 3,995 dolarucos.
El tal Morotola DynaTAC 8000X pesaba 800 gramos y medía 33 centímetros de alto, 4.5 de ancho y 8.9 de gordo. (Hoy los celulares pesan entre 150 y 200 gramos) y habría que cargarlo por 10 horas para un uso máximo de veinte minutos. En todo caso sí se vendieron unos 300 mil de estos aparatos en el mundo.
“Se llama celular porque el usuario tiene en las manos una conexión inalámbrica desde un teléfono hasta un transmisor cercano; el término “celular” es porque el área de servicio está dividida en múltiples “células”. Al moverse el usuario de una célula a otra del área, la llamada es transferida al transmisor local” –lo dicen los libros-.
Pero fuera de los datos técnicos lo cierto es que para bien o para mal ahí está el celular. Desde que surgió como alternativa de comunicación humana se ha desarrollado de manera vertiginosa y hoy pocos en el mundo no cuentan con un aparato para uso personal, de cualquier clase social o en cualquier lugar, siempre y cuando haya recurso de transmisión.
Ya lejos aquellos días de la llegada del teléfono en México en 1878 y cuyo primer enlace fue del centro de la capital a Tlalpan. Y ya lejos de la llegada del teléfono masivo, que aun así era un lujo para quienes podían pagar la conexión a dos empresas que monopolizaban la telecomunicación: Ericsson y Mexicana. El usuario tenía que escoger alguna de ellas y solicitar la llamada mediante una operadora.
Y mucho tiempo después ya se podía tener teléfono en la casa. Teléfonos negros y pesados aquellos en los que para hacer llamadas se tenía que dar vuelta al disco con los números deseados. Las cuotas mensuales no incluían las llamadas de larga distancia, que se cobraban aparte y eran en realidad costosas. “Habla rápido porque nos va a salir muy caro” se decía. O las casetas en las calles, con llamadas de a 20 centavos tres minutos.
Pero de pronto miles teníamos aquellos aparatos que había que presumir. Porque al principio ‘no culaquierucho’ podía tener un “celular”. Era un privilegio. Era un ‘estatus’. Era mostrar al mundo que “sí se puede”. El celular cambio la vida de la humanidad, quiérase o no.
Hoy la inteligencia humana ha creado teléfonos celulares cada vez más ‘inteligentes’ y cada vez más manejables. Empresas, comercio, negocios, relaciones humanas, amistades lejanas hoy cercanas, familiares distantes cada vez más en nuestra cotidianeidad. Los amores y desamores a través de celulares que son nuestros cómplices.
Para el periodismo es un instrumento indispensable. Lo dicho: las redacciones se poblaron de celulares y se poblaron de inmediatez. Se solucionaron distancias y el minuto a minuto. Lo que pasa y lo que ocurre en el mismo instante en que se tiene a la vista, y además con imágenes del instante mismo. Es un descubrimiento ferozmente humano, pero también, inhumano. Depende.