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A finales de 1885, en el tercer piso del nuevo edificio de “Le Chat Noir” ubicado en la rue Laval, George Auriol (1863-1938) y Henry Somm (1844-1907) comenzaron a presentar las primeras funciones de un teatro de marionetas, pero no tuvieron gran éxito.
Sin embargo, esto inspiró al empresario Rudolphe Salis a impulsar al joven grabador, pintor, fotógrafo y litógrafo Henri Rivière, -que desde 1882 era integrante de la revista sabatina que publicaba el cabaret- a materializar, inspirado en el arte del Extremo Oriente, un nuevo proyecto artístico. Un espectáculo que habría de revolucionar el devenir del cenáculo cultural de la próxima década (1887-1897) y, al poco tiempo, el nacimiento del cinematógrafo. Sí, se trataba del teatro de sombras chinescas (“ombres chinoises”).
Para dar vida a esta nueva concepción dramática, Rivière recurrió a láminas de zinc pintadas en tonos de gris y negro, a la par que se les aplicaban barnices que permitían suaves efectos de colores tenues, lo que dotaba de gran originalidad al espectáculo, que consistía en la sucesión narrativa de dichas láminas empleando retroiluminación, esto es, con una pantalla blanca iluminada por detrás. Tal y como describía el propio Rivière su funcionamiento: “la luz oxhídrica que uso quema como una llama abierta, sin reflector, a unos tres metros de la pantalla. Antes de llegar a ella, la luz atraviesa tres estructuras en forma de jaula, compuestas por soportes y con ranuras. Encarcelada así, debe atravesar este túnel antes de iluminar la pantalla”. Éste era el secreto.
En cada función, ofrecida para un público que llegaba a los 150 espectadores, llegaban a participar cerca de treinta colaboradores, entre los que destacaban Caran D’Ache y Adolphe Willette, así como los pianistas que acompañaban con su música las representaciones. Era el caso de Eric Satie, así como de Claude Debussy (1862-1918), quien también era un asiduo visitante del cabaret. Entre los temas que desarrolló el teatro de sombras sobresalen los mitos, historias bíblicas, pasajes históricos, cuentos de hadas, relatos basados en la “Commedia dell’Arte”, escenas humoristas y sátira política. De sus primeras obras así representadas figuraron “La tentación de San Antonio”, de dos actos y cuarenta tablas, de la autoría de Rivière, con música del pianista Albert Tinchat. Pieza teatral que fue estrenada el 28 de diciembre de 1887. Otras fueron “La edad de oro”, “El hijo del eunuco” y “La Epopeya” (1888) -inspirada en las batallas napoleónicas-, con diseño de d’Ache, así como “Marcha a la estrella” (1890), de corte simbolista, concebida también por Rivière. A una década de su existencia, se habían presentado medio centenar de obras distintas, con paisajes crecientemente detallados, cada una más ambiciosa, impactante y, en ocasiones, estridente que la anterior, como en el caso de “Pierrot pornógrafo” (1893), en la que Pierrot es enjuiciado por pintar un cuadro al desnudo de su amada Colombina.
Para 1893, se transforma la decoración del cabaret. Las paredes del teatro alojan ahora cuadros y páneles decorativos de Edgar Degas (1834-1917), Claude Monet (1840-1926), Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901), Jules Chéret (1836-1932), Briton Rivière (1840-1920), Louis Morin (1855-1938) y Auriol, en tanto que en las de la escalera podían encontrarse diversos objetos, desde antigüedades hasta máscaras japonesas, así como buena parte de los dibujos que adornaban a su revista, muchas de ellas de Théophile Alexandre Steinlen. Prueba por demás ilustrativa de que el cabaret era, en esos momentos, el mayor espacio de expresión artística del París de fin de siglo.
Sin embargo, el creciente éxito de “Le Chat Noir”, de su música y creatividad se interrumpieron. Salis percibía que la inocencia de Montmartre ya no existía y decidió realizar una gira a San Petersburgo, pensando a su regreso reabrirlo pero la muerte le sobrevino el 19 de marzo de 1897 y ésta se lo impidió. El teatro de sombras fue subastado. “Le Chat Noir” y sus varias vidas murieron con él.
Al paso de las décadas, en otros países su leyenda -no conocida por todos- se multiplió dando nombre a nuevos cabarets (comprendida la Ciudad de México), pero nunca volvió a existir otro de su envergadura cultural, pues como bien lo describió el escritor simbolista Jean Lorrain (1855-1906): “era un caldero de todos los estilos y todas las extravagancias, el taller del artista chatarrero, de todo un barrio de pintores frustrados y poetas, un museo pintoresco y barroco de las elucubraciones de los scapigliati [despeinados] que llegaron a parar allí durante veinte años, de todos estos despojos: el mal gusto junto a deliciosos artificios, vuelos de desnudez frágiles y perversos, latigazos de rosas y nimbos dorados, búhos disecados, hierros forjados y gatos de mayólica...”.
Y así como Montmartre sepultó al arte oficial, al desaparecer “Le Chat Noir”, se perdió también una parte esencial de la identidad bohemia parisina que hizo a Francia un referente cultural en el que la irreverencia, creatividad y libertad expresivas encontraron su más genuina encarnación.