El intelectual liberal: entre la soledad y la adaptación
Por qué leer a Vargas Llosa hoy
Presencia, lógica, legado
Su legado es vasto y vivo. No se resume en una lista de obras, sino en una forma de entender el arte, la política y la palabra. Siempre necesitaremos autores así: que incomoden, que iluminen, que desafíen.
Queda aprobado en lo general y particular y pasará a ser discutido en los Congresos locales, con lo que una vez aprobado en 17 de estos regresará al Congreso de la Unión para ser declarado constitucional.
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El 13 de abril de 2025 marca posiblemente el fin de una era. Con la muerte de Mario Vargas Llosa, se cierra un capítulo clave de la literatura y el pensamiento hispanoamericano del siglo XX y XXI. Pero más que despedir al hombre, su partida nos convoca a repensar lo que dejó escrito —y dicho— con una claridad, pasión y lucidez que raras veces convivieron de forma tan intensa en un solo autor. La luz de la prosa y la oscuridad del poder.
Mario Vargas Llosa fue un escritor total. Su obra desafía categorías simples. Novelas tan distintas como La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo o La fiesta del Chivo construyen un arco literario donde el poder, la libertad, la violencia y la utopía dialogan con la historia, la psicología y la política. Su prosa, exigente y elegante, se convirtió en una herramienta para entender las entrañas del ser humano y las trampas de la sociedad.
Desde su gran inicio en 1963 con La ciudad y los perros, quedó claro que Vargas Llosa no buscaba la complacencia del lector, sino su complicidad crítica. Denunció la brutalidad del autoritarismo en los colegios militares, narró los laberintos de la corrupción política en Perú en Conversación en La Catedral, y exploró el delirio mesiánico en La guerra del fin del mundo. Su literatura siempre fue un instrumento de indagación sobre el poder: cómo se ejerce, cómo se sufre, cómo se justifica. Pero su compromiso no se limitó al espacio narrativo. En cada una de sus etapas como escritor, Vargas Llosa hizo del lenguaje una herramienta de desmontaje. No temía lo incómodo. Su escritura se volvió, en muchas ocasiones, un espejo impiadoso para América Latina, al punto que muchos preferían mirar hacia otro lado.
Como figura clave del Boom latinoamericano, Vargas Llosa fue parte de una revolución literaria que transformó las letras del continente y les dio visibilidad mundial. Si Gabriel García Márquez llenó de magia la historia, Vargas Llosa le devolvió la crudeza y la complejidad. Frente al realismo mágico, su apuesta fue el realismo crítico y estructurado, que bebía de Flaubert, Faulkner y Sartre, pero también del periodismo y del ensayo político.
A lo largo de su vida, defendió la idea de que la literatura no es un adorno del espíritu, sino un instrumento para pensar el mundo. Su participación en el Boom no fue sólo un tema de talento —que lo tenía de sobra— sino de una visión compartida: que el escritor debe hablar desde su tiempo, sin miedo y sin concesiones.
Tal vez una de las facetas más discutidas de Vargas Llosa fue su marcha política. De simpatizante de la revolución cubana en los años sesenta, pasó a ser uno de los críticos más feroces del autoritarismo de izquierda. Su giro hacia el liberalismo clásico lo hizo blanco de ataques, pero nunca fue oportunista. Creía profundamente en la democracia representativa, en el mercado como motor de progreso y en la libertad individual como valor supremo. Su coherencia fue incómoda para muchos, pero fue precisamente eso lo que lo convirtió en una voz necesaria.
Desde su fallida candidatura presidencial en Perú en 1990 hasta sus polémicas columnas en la prensa internacional, Vargas Llosa mantuvo un perfil público activo, lúcido, incluso combativo. Fue un intelectual que eligió no replegarse a la torre de marfil, sino discutir las ideas en la plaza pública.
En un tiempo donde la polarización reemplaza al debate, y la consigna al argumento, leer a Vargas Llosa es un acto de resistencia. Porque su obra literaria nos recuerda que el poder necesita ser narrado para ser comprendido. Y su obra ensayística, que las ideas tienen consecuencias, y que la libertad no se defiende sola.
Leer a Vargas Llosa es volver al centro de un cierto humanismo moderno: el individuo, la razón, la historia, el deseo, el error. Es también leer a un hombre que vivió con intensidad su tiempo, y que no temió ser contradictorio, porque entendía que pensar no es repetir, sino arriesgar.
Vargas Llosa fue congruente incluso en su evolución. Nunca dejó de escribir, nunca dejó de pensar. Su presencia en la vida cultural fue ininterrumpida por más de seis décadas. Ganador del Nobel en 2010, fue quizás el último escritor de lengua española cuya voz era escuchada tanto por novelistas como por presidentes, tanto por lectores como por adversarios.
Hoy despedimos a Mario Vargas Llosa, pero leemos con más urgencia que nunca al escritor que nos pretendió mostrar que la libertad —como la literatura— no es una comodidad, sino un riesgo necesario que siempre queda inconcluso. Mañana seguiremos pensando y escribiendo sobre Mario Vargas Llosa. Valga por hoy este primer apunte.