El director general de HSBC México, Jorge Arce, asegura que la economía mexicana mantiene fundamentos sólidos y oportunidades de crecimiento, incluso ante la incertidumbre comercial
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Lo que ha ocurrido en México en los últimos años es tan fuerte como para que se discutiera cada elemento: desmantelar órganos autónomos, pasar de una Corte designada de forma indirecta a una electa directamente, pero con alta posibilidad de influencia del gobierno en turno, y, pronto, cambios radicales al sistema de partidos.
Eso que se ha llamado “Plan C” no tuvo discusión de fondo ni el consenso de varias fuerzas políticas, sino el músculo de una sola, y específicamente de su líder moral. El Plan C es la estrategia para concentrar todo el poder hegemónico en una fuerza política.
Dado que no hubo discusión, lo que debió suceder fue un referéndum. De un lado, las fuerzas que apoyaban el Plan C; del otro, las que no. Eso buscaron tres partidos y diversos grupos de la sociedad. Eso no buscó Movimiento Ciudadano; optaron por el “soy diferente” y, por estrategia, por conveniencia y/o por esquiroles: se dedicaron a cachar votos.
Desde la “4T”, quienes nos opusimos al Plan C somos simplificados como PRIAN. Mi rol en la campaña fue no partidista, pero tras la elección opté por regresar al PAN, donde milité en mi juventud. Aun así, soy distinto como para participar en un partido demócrata cristiano y al mismo tiempo creer abiertamente en el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. Esa particularidad puede no ser sólo mía; cualquier militante ha de discrepar de ciertas posturas, incluso dentro de su afinidad ideológica.
El PRI y el PAN son partidos con mucha historia. El PAN mantiene una continuidad ideológica de 86 años, aunque en tiempos recientes haya sido más pragmático. El PRI proviene de dos partidos con ideología en torno a la Revolución Mexicana y las fuerzas triunfantes, pero en las últimas décadas sumó élites técnicas que modernizaron su forma de gobierno.
A lo largo de mi vida, el partido por el que más he votado ha sido el PAN, pero también he dado votos al PRD, e incluso en menor medida a MC, PRI y Morena. Son distintos, claramente. Sus militancias también. Nadie tiene la razón absoluta, y así tendríamos que verlo los demócratas. Meter a distintas militancias en una sola bolsa es negarles su pluralidad.
Este lunes, luego de un cambio en el dictamen para extinguir el Instituto de Transparencia de la Ciudad de México, diputados del PAN tomaron la tribuna del Congreso local. La respuesta de dos diputadas de Morena fue la agresión; Yuriri Ayala jaló el pelo y golpeó a Daniela Álvarez. No es la imagen que queremos del Legislativo. Podemos oponernos a la “toma de tribuna” como un recurso de minorías frente a abusos de la mayoría. Morena traicionó un acuerdo, el PAN respondió con una acción política y Morena contestó con violencia. MC, desde su curul, comió palomitas y en redes sociales cachó el momento: “A falta de argumentos, propuesta e ideas, las y los diputados de Morena y el PRIAN se agarraron a golpes”, dijo Patricia Urriza. Argumentos del PAN había de sobra. No se agarraron a golpes: una diputada de la mayoría jaló y golpeó a una de la minoría.
A MC le resulta cómodo mantener el discurso reductor del “PRIAN” y simular una política distinta. En CdMx se venden como “progres”, acorde con una urbe pluricultural y cosmopolita. Obvio, en Jalisco y Nuevo León estos temas van sin lactosa. Pero justamente por progres no pueden repetir un discurso que discrimina la pluralidad. No somos PRIAN. Existen PRI, PAN y un arcoíris de pensamiento y militancia. Decía Hannah Arendt: “El primer paso hacia la dominación total es eliminar la pluralidad de perspectivas”. De parte de Morena, se entiende. No lo esperaría de MC… salvo que sí sean esquiroles.